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Chile: la hegemonía del capital financiero y la crisis del trabajo

por 10 mayo, 2013

Ese sistema, que dista mucho de ser un sistema de seguridad social (cada $ 20 millones acumulados se obtiene una pensión de menos de $ 108 mil, según Cenda), fue creado para ingresar grandes sumas de dinero al mercado de capitales e inyectar la liquidez necesaria a una economía financiarizada. El circuito de los fondos de los trabajadores, una vez en la tómbola, dice más o menos así: son puestos en créditos u otros instrumentos financieros (que le sacan una tajada al trabajador/consumidor cuando consume) o bien son inyectados en las empresas contrayendo un lazo patrimonial (y en las empresas se le saca otra tajada al trabajador). Todo, con el dinero de los propios trabajadores y trabajadoras.
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Chile es el país con mayor desarrollo financiero en Latinoamérica en el ranking del Foro Económico Mundial del año 2012. Además, el sector financiero es el sector que más aporta al PIB chileno, superando por primera vez el histórico lugar de la minería.

La liberalización financiera, la instauración del sistema de AFPs, las nuevas leyes de sociedades anónimas, la ley de bancos, las facilidades de crédito, entre otros, fueron legados de la dictadura que pavimentaron el desarrollo de un espléndido mercado de capitales en el país.

En los '80s y '90s, la inyección de capitales —listos para el préstamo— a través de las AFP, el relajamiento de las exigencias crediticias y el surgimiento de las tarjetas de crédito y tarjetas de casas comerciales, impulsaron la primera expansión del crédito y el manejo de carteras masivas por parte de las entidades financieras. El crédito se masificó a tal punto que, al año 1995, el 66 % de los deudores eran de sectores populares (cálculos de Tomás Moulián en su libro "Chile actual: anatomía de un mito").

Luego, en pleno siglo XXI, momento en que la propiedad financiera se concentra y trasnacionaliza, el negocio alcanza su mayor auge. Hoy 3 de cada 4 hogares tiene deudas (EFH, 2009) y las empresas de la "economía real" se ven envueltas en el complejo financiero de múltiples formas: se financian con créditos comerciales, sus acciones se transan en la bolsa y complementan sus productos con productos financieros, siendo apenas distinguibles de la "economía ficticia".

Ese sistema, que dista mucho de ser un sistema de seguridad social (cada $20 millones acumulados se obtiene una pensión de menos de $108 mil, según Cenda), fue creado para ingresar grandes sumas de dinero al mercado de capitales e inyectar la liquidez necesaria a una economía financiarizada. El circuito de los fondos de los trabajadores, una vez en la tómbola, dice más o menos así: son puestos en créditos u otros instrumentos financieros (que le sacan una tajada al trabajador/consumidor cuando consume) o bien son inyectados en las empresas contrayendo un lazo patrimonial (y en las empresas se le saca otra tajada al trabajador). Todo, con el dinero de los propios trabajadores y trabajadoras.

Por otro lado, las AFP, usando las deducciones salariales de los trabajadores, son el principal capital y accionista de los grupos económicos locales. Son dueñas, por ejemplo, de entre el 15 % y 23 % de las acciones de grandes corporaciones como Cencosud, Colbún, Lan Chile, Ripley, Sonda y Masisa.

De este modo, en cosa de décadas, el mapa socioeconómico de Chile se ha visto turbado por el mercado financiero. ¿Qué relación tiene esta financiarización con la situación que se vive en el trabajo?

Ella precariza el trabajo al menos en dos sentidos.

Por un lado, para impulsar el sistema de crédito, la insuficiencia de los salarios se vuelve una condición sine qua non.El crédito tiene el atributo de sostener la demanda interna (¡al fin el capitalismo puede evitarse alzas salariales para resolver este asunto!) y acentuar simultáneamente la acumulación de capital, por lo que se resguarda cuidadosamente que haya una concurrencia continuada de público hacia el mercado de la deuda, generando un nivel de salarios que obliga a contraer deudas para subsistir.

Por otro, como los capitales se van donde la ganancia es más alta e inmediata (actividad financiera) y como el capitalismo no puede prescindir de la producción de bienes y servicios —que está a la base de la acumulación—, para atraer capitales y acumular ganancias en condiciones de rentabilidad creciente, la producción asume el estándar de "empresa mínima" o "de costos mínimos", presionando desde este otro sentido los salarios a la baja.

La externalización de actividades, las reducciones de personal, la congelación de los salarios, la polifuncionalidad, entre otros mecanismos de devaluación e intensificación del trabajo, son parte de esa desenfrenada carrera por disparar las ganancias bajo el cronómetro del capital financiero.

La financiarización afecta además los márgenes de ganancia en empresas pequeñas, que desprovistas de las herramientas de acumulación de las grandes corporaciones, dan paso a ganar competitividad principalmente por la vía del abaratamiento salarial.

Muchas cosas se comprenden mejor bajo este prisma de análisis, de la hegemonía del capital financiero y precarización general del trabajo.

El bajo nivel de los salarios en Chile puede tener mucho que ver con el excedente productivo que las empresas no remuneran al trabajador a fin de elevar sus ganancias a dos bandos: en el giro propiamente productivo (sub-pago del trabajo) y en el giro financiero (cuando el trabajador pide un crédito). El dato de la situación salarial en Chile amerita especial atención: el 50 % de los trabajadores gana menos de $ 251.000 y contando sólo los asalariados privados más el servicio doméstico, el 50 % gana menos de $218.000, muy cerca del sueldo mínimo (Casen, 2011). Ello, en un país en que estimaciones lo sitúan ya en los 20 mil dólares per cápita.

La alta concentración de la riqueza también se liga probablemente a lo descrito anteriormente. Entre 1990 y 2011, la desigualdad medida por veintiles, pasa de 130 a 257 veces (Casen). Es más, en el reciente estudio de Figueroa, López y Gutiérrez, actualmente Chile es el país donde los súper ricos se llevan el porcentaje más alto de las rentas: el 1 % más rico se lleva más del 30 % de los ingresos totales del país, la cifra más alta entre los países que disponen de estas estadísticas, como Estados Unidos, Suecia, Japón y Alemania.

¿Cómo desatar este nudo tan apretado de desposesión? El nudo tiene un punto especialmente sensible: las Administradoras de Fondos de Pensiones, que son el principal financista. En efecto, a marzo de 2013, los fondos de las AFPs equivalen a más del 60 % del PIB.

Ese sistema, que dista mucho de ser un sistema de seguridad social (cada $ 20 millones acumulados se obtiene una pensión de menos de $ 108 mil, según Cenda), fue creado para ingresar grandes sumas de dinero al mercado de capitales e inyectar la liquidez necesaria a una economía financiarizada. El circuito de los fondos de los trabajadores, una vez en la tómbola, dice más o menos así: son puestos en créditos u otros instrumentos financieros (que le sacan una tajada al trabajador/consumidor cuando consume) o bien son inyectados en las empresas contrayendo un lazo patrimonial (y en las empresas se le saca otra tajada al trabajador). Todo, con el dinero de los propios trabajadores y trabajadoras.

Cuestionar el sistema de AFP es atacar la voracidad del capital financiero en su despojo de valor del trabajo. Es arremeter contra una inminente —ya palpable— crisis laboral.

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