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¡Primarias, primarias, primarias!

por 23 mayo, 2013

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En Chile, con particularidad en los actores políticos, hay expresiones que se tornan comunes elección tras elección, son ideas que generan ciertos consensos transversales, los que muchas veces más que por convencimientos profundos, se producen porque teóricamente si no se adhiere a ellos se genera una distancia con la ciudadanía, finalmente con el electorado.

Fue así como hace algunos años y tras el paulatino descenso de los inscritos en los registros electorales, se instaló en nuestra clase política, principalmente en Renovación Nacional y la mayoría de la Concertación la idea de que se generaría mayor participación si se abría paso una inscripción automática y al voto voluntario, cuestión que se materializó reformando la Constitución Política de la República en marzo de 2009. Sin embargo, sólo tuvo su debut en las elecciones municipales de 2012. Poco tiempo pasó, para que se comenzara a instalar en nuestra clase dirigente la convicción de que lo realizado había sido un fracaso, de hecho, un ex Presidente de la República asume como un error haber impulsado tal iniciativa. Para saber la magnitud del fracaso tendremos que esperar un tiempo mayor y evaluarlo con el resultado de las elecciones presidenciales y la gobernabilidad que exista. Sin embargo, es posible observar, como dato duro, que hay alcaldes y concejales que están sustentados por una minoría al verificar el número de ciudadanos habilitados para sufragar, el número que efectivamente sufragó y los votos obtenidos, por ende la legitimidad es al menos feble. Debe ser difícil encontrar en la ciencia política otro ejemplo en el que buscando una mejor y mayor representación de los ciudadanos, se produzca como efecto de las modificaciones realizadas, uno que se encuentra en las antípodas, en una posición diametralmente opuesta. Como dato electoral baste recordar que el presidente Salvador Allende fue electo con un tercio de los votos, el presidente Piñera fue electo con el 28 %.

En medio de todo lo anterior, nos presentan las primarias como mecanismo destinado a superar la deslegitimación del sistema político, como promotor de la participación ciudadana, como atenuador del sistema binominal y eliminador o corrector de las arbitrariedades de las decisiones cupulares de los partidos políticos.

Las primarias existen como mecanismo en Estados Unidos y responden a la tradición política norteamericana.

En la Concertación las primarias fueron utilizadas con voto ponderado y previo sistema de inscripción en 1993 para dirimir entre Ricardo Lagos o Eduardo Frei como candidato presidencial. Luego en 1999, previo sistema de inscripción para resolver el candidato presidencial del conglomerado, Andrés Zaldívar o Ricardo Lagos. Y finalmente, en 2009 para dirimir el candidato presidencial entre Eduardo Frei y José Antonio Gómez, en algunas regiones de Chile y que los mismos dirigentes concertacionistas calificaron como “truchas”. Estas primarias han sido lo que hoy se denomina convencionales. En la derecha no se ha usado este mecanismo.

Durante el año 2012 y previo a las elecciones municipales, hubo primarias para dirimir candidatos a alcaldes. El caso más patético fue el de Valparaíso, donde Hernán Pinto obtuvo el triunfo con un “acarreo” –facilitación de transporte de electores, como lo llamó el candidato– sin precedentes, incluyendo hasta buses. La contienda terminó con fuertes recriminaciones y acusaciones de falta de legitimidad del ganador. Finalmente, en las elecciones de octubre Pinto fue ampliamente derrotado por el candidato UDI.

No obstante los procesos anteriores, la ley de primarias debutaba este año, con la posibilidad de que por este mecanismo se resolvieran candidatos presidenciales y al Congreso. Y es este mismo momento en que comienzan los problemas. ¿Por qué? Porque en la Concertación no fueron capaces de superar la lógica de la negociación para repartir los cupos, por lo que no harán primarias para resolver las disputas para el Congreso. Al tiempo que en el oficialismo la UDI las descarta y resuelve “dedocráticamente” como ha sido habitual y Renovación Nacional, por su parte, sólo someterá 10 distritos a primarias de los 60 y ninguno de los que se resolverá por este mecanismo son los más apetecidos como Santiago centro, Ñuñoa–Providencia, Valparaíso, ó Viña del Mar.

La razón de que esto ocurra es muy simple y se puede sintetizar en lo siguiente:

1) Los actores políticos estaban más preocupados de hacer un ritual político más que avanzar en un mecanismo participativo de selección de candidato o de confrontación de ideas.

2) Las primarias son un acto voluntario que los partidos si quieren se someten a él.

3) El costo económico de las campañas en primarias lo asumen los propios candidatos, lo que encarece el sistema. Peor aún cuando se usa como filtro previo la acción de la Democracia Cristiana que elige a sus candidatos que van a primarias mediante elecciones partidarias que establecen otro mecanismo que encarece el sistema.

4) Quienes resuelven si se someten a primarias o no a primarias, son las dirigencias de los partidos políticos, no intervienen en dicha decisión ni sus militantes, ni menos aún sus adherentes.

5) No existe propaganda gratuita en medios de comunicación.

Ahora bien, de mantenerse el sistema actual de primarias como ha sido desarrollado, se corre el riesgo de atomizar las militancias partidarias, al punto de que sea totalmente irrelevante formar parte de un partido político, pues la resolución de quiénes serán candidatos se resolverá por la lógica del mercado, en donde más que militantes informados y adoctrinados, se necesitarán consumidores de marketing político, que más que preocupados de propuestas programáticas estarán imbuidos del cosismo o de la cuña ante los medios de comunicación.

En conclusión, lo ofrecido hoy no es bueno, no fomenta la participación ni el someterse a primarias, tampoco soluciona la designación de candidatos, que más pasa por la capacidad económica que por hechos políticos.

La solución que algunos han encontrado para esto es someterse a “primarias convencionales”, lo que se traduce en que se vuelve al pasado y que a pesar de lo avanzado, si es que se ha avanzado, no se valida como progreso.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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