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Brasil y la rebelión de las clases medias

por 25 junio, 2013

en Chile como en otros casos, se trata de estados de privación que ya no son muchas veces de “pobreza dura”, pero que sin embargo generan inestabilidades que están poniendo en jaque a varios gobiernos en diversos lugares del planeta. Las protestas sociales son en definitiva un llamado a las elites para que reaccionen a tiempo, y no obstaculicen reformas indispensables para asegurar sociedades más justas y cohesionadas
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La extendida protesta social que hemos visto en Brasil los últimos días, no es algo excepcional, sino que un fenómeno que parece extenderse cada vez más en diversas latitudes de nuestro planeta. El ex director de la revista “Foreign Policy”, Moisés Naím, señalaba hace poco que los conflictos sociales que estamos viendo alrededor del mundo están cada vez más determinados, no tanto por diferencias étnicas o civilizatorias (aunque pueden tener un ingrediente de lo anterior) sino por una suerte de “insurgencia” de las clases medias, frente a las incertidumbres y frustraciones que están generando las transformaciones económicas a nivel global.

Y es que si bien estas manifestaciones públicas tienen su propias especificidades locales, y siempre hay un factor puntual que las gatilla, lo cierto es que cuando se ven las protestas en Chile (2011), México (2012) o Turquía y Brasil este año, un rasgo en común, es que los manifestantes son jóvenes que provienen en su gran mayoría de los “sectores medios”, y que ven hipotecado su futuro como resultado de los abusos, exclusión social y beneficios altamente desiguales que perciben en la sociedad en que viven.

Por cierto, la creciente interdependencia global ha permitido que en países emergentes cientos de millones hayan salido de la pobreza, pero este proceso también ha creado un nuevo mundo de “ganadores y perdedores”, una concentración de la riqueza como nunca antes en la era moderna, una expansión de la criminalidad y corrupción a gran escala, y un deterioro en los servicios sociales básicos y en la calidad de vida de vastos sectores que sin embargo, tienen ahora una amplia conciencia de sus derechos, así como expectativas de movilidad social que muchas veces se ven truncadas por estructuras institucionales incapaces de responder a estas demandas.

En Chile como en otros casos, se trata de estados de privación que ya no son muchas veces de “pobreza dura”, pero que sin embargo generan inestabilidades que están poniendo en jaque a varios gobiernos en diversos lugares del planeta. Las protestas sociales son en definitiva un llamado a las elites para que reaccionen a tiempo, y no obstaculicen reformas indispensables para asegurar sociedades más justas y cohesionadas.

La pérdida de credibilidad de “la política” tiene también que ver con esto. En vez de ser los protectores y representantes de los que no tienen voz, el ciudadano común percibe con frecuencia una “connivencia” entre los políticos y poderosos grupos que imponen su intereses sobre el resto de la sociedad (a través de la acción de los lobbistas y la relación espuria que existe en muchas partes entre el dinero y la política) y de aquí entonces, el creciente descrédito que tiene esta actividad en la época actual. Vivimos entonces también en este mundo emergente (y no sólo en los países desarrollados que están en crisis) lo que el sociólogo Ulrich Beck ha llamado “la sociedad del riesgo”, es decir, vivir con el miedo a volver a la pobreza, a hijos sin futuro profesional, a caer en la cesantía, a enfermarse y carecer de protección adecuada, o simplemente, a ver como “el desarrollo” pasa frente a nuestra puerta sin poder acceder a las “promesas” que la publicidad le ofrece a los ciudadanos en las actuales economías de mercado (donde el máximo símbolo de éxito son las posesiones materiales que se tienen).

Una reciente “radiografía” a nuestro país, confirma por ejemplo, que sólo poco más de un 5 % de la población pertenece al ABC1, un 12 % al C2, mientras que el restante 82% forma parte de lo que popularmente se conoce como clase media baja y sectores populares. Al mirar este cuadro, no es difícil entender la sensación de “precariedad” en que vive una mayoría. Ahora, en Chile como en otros casos, se trata de estados de privación que ya no son muchas veces de “pobreza dura”, pero que sin embargo generan inestabilidades que están poniendo en jaque a varios gobiernos en diversos lugares del planeta. Las protestas sociales son en definitiva un llamado a las elites para que reaccionen a tiempo, y no obstaculicen reformas indispensables para asegurar sociedades más justas y cohesionadas (la presidenta Rousseff de Brasil entendió esto rápidamente, que diferencia con respecto a nuestras actuales autoridades). No es posible seguir sosteniendo por ejemplo, como lo hacen sectores conservadores aquí en Chile y en el exterior, que será el crecimiento económico (si bien indispensable) lo que eventualmente resolverá la mayor parte de las tensiones sociales hoy existentes. Y es que la experiencia internacional demuestra que aún con crecimiento, en muchas partes se han profundizando las desigualdades y concentración de la riqueza (el caso de nuestro país o Estados Unidos por ejemplo, mientras que a nivel global, el 2 % de la población concentra hoy el 50 % de la riqueza mundial).

En definitiva, “la torta” está muy mal repartida en muchas partes, pero los actuales “sectores medios” (ya mayoritarios en muchos de estos países) descubrieron que las protestas son una forma eficaz de presión sobre las clases dirigentes para asegurar derechos y beneficios de los cuáles hoy  están excluidos. Esto facilitado además, por el uso extensivo de las redes sociales, que hace crecientemente difícil mantener (como siempre le ha gustado a los que detentan el poder) en la opacidad por mucho tiempo, situaciones que vulneran los derechos de las mayorías. Crecientemente compleja entonces, será la labor de gobernar en este siglo que vivimos.

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