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Acerca de liderazgos, cristología y política

por 7 julio, 2013

Bachelet es un líder político porque logra resolver, al menos parcialmente, el estado calamitoso en que actualmente se encuentra nuestra élite política. Porque logra producir identificación ahí donde prima la desconfianza, el particularismo y el intercambio instrumental.
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En una reciente entrevista replicada por El Mostrador, el analista Alberto Mayol intenta responder, desde la “sociología de las religiones” y ya no desde la política, lo que tras las primarias presidenciales para muchos se constituyó como una de las grandes sorpresas de la jornada: el millón y medio de adherentes que decidieron marcar su preferencia por la candidata Michelle Bachelet en unas elecciones primarias deficitariamente organizadas, con discreta cobertura y totalmente voluntarias, realizadas por lo demás a casi cinco meses del evento definitivo.

A la luz del dato electoral, lo que parecía una caída sostenida de la candidata una vez vuelta desde Nueva York se enfrentó a la realidad de una adhesión al parecer incombustible. El peso del voto popular expresado el 30 de junio repuso, de un plumazo, la casi plena certeza en que el próximo año tendremos nuevamente a Bachelet en La Moneda.

¿Cuál es el argumento de Mayol? “El fenómeno, dijo en CNN Chile aludiendo a un análisis del año 2006- escapa del ámbito de lo político. Es un fenómeno que podríamos llamar de sociología de la religión”. La adhesión a la candidata, por consecuencia, sería en este sentido más “cristológica” que resultante de un liderazgo político.

Bachelet es un líder político porque logra resolver, al menos parcialmente, el estado calamitoso en que actualmente se encuentra nuestra élite política. Porque logra producir identificación ahí donde prima la desconfianza, el particularismo y el intercambio instrumental.

De todos los argumentos vertidos por Mayol hay uno especialmente relevante: Bachelet no requiere de contenido –y podríamos agregar programa, doctrina o ideología- para generar la adhesión que sin lugar la encumbra como el principal liderazgo del país. Los ciudadanos la elegirán con independencia de sus propuestas, atendiendo más a su lugar imaginario de “depositario del dolor y de la cura” que a las soluciones y propuestas ofertadas para escapar del atolladero político actual.

Pues bien, efectivamente Bachelet -como dice Mayol- “representa el dolor” de los chilenos. Efectivamente, vuelve a instalarse como alternativa a un gobierno que ofreció, desde la más pura racionalidad tecnocrática, hacer frente a los desafíos y dilemas de la sociedad chilena. En esto tiene razón. Sin embargo, en lo que se equivoca el analista es en atribuirle a ello una respuesta extrapolítica, cuasi-mística, y utilizar el instrumental de la sociología de las religiones para algo que, es menester reconocer, es más bien del “reino de este mundo”: el liderazgo de Bachelet es un liderazgo ejemplar y prototípicamente político. Es más, es el único liderazgo político que se corresponde con los tiempos que corren en Chile.

El triunfo de la derecha chilena en el año 2009 representó la última repuesta programática y doctrinaria antes de la entrada a un ciclo de crisis de representación política frente al cual ni las advertencias del transversal “partido del orden” ni las ofertas maximalistas han podido dar respuesta efectiva o direccionar hacia una alternativa que dote de certezas a este tiempo altamente líquido e indeterminado. Hoy por hoy, nuestro país se enfrenta a una contingencia altamente compleja, frente a la cual no son ni las respuestas programáticas ni doctrinarias, ni menos las gastadas identidades políticas tradicionales las que podrán ofrecer una salida del desgastado y opaco clima político actual.

Michelle Bachelet, en este sentido, cumple un rol fundamental: en ella se representan, como dice Mayol, los “dolores” del país. En ella, también, la confianza en la “sanación”. Y ello, sin embargo, no tanto por sus “virtudes cristológicas” como por su capacidad de “simplificar” la complejidad del estado de cosas actual. El liderazgo de Bachelet es político por cuanto, justamente, logra representar en su figura una fuerte diversidad de anhelos, malestares, deseos y expectativas que, de no mediar su presencia metafórica, se diluirían en una heterogeneidad social difícilmente traducible. Si no es para ello, ¿para qué existen entonces los líderes políticos?

Bachelet es un líder político porque logra resolver, al menos parcialmente, el estado calamitoso en que actualmente se encuentra nuestra élite política. Porque logra producir identificación ahí donde prima la desconfianza, el particularismo y el intercambio instrumental.

La configuración de un liderazgo político como el de Bachelet, sin embargo, no es garantía de nada. El derrotero que seguirá el proceso político chileno está plenamente abierto, a la espera de la capacidad que este liderazgo tenga de hacerse cargo del cúmulo de demandas y malestares que afligen nuestra escena. A la espera de lo que, en política, es probablemente lo más importante: la capacidad de decidir sobre un terreno abierto e indeterminado.

Tal como en países vecinos como Venezuela, Bolivia, Argentina y Ecuador a inicios del Siglo XXI, Chile se encuentra ad portas de decidir la resolución de su crisis política. Y para ello, cuenta con un liderazgo político aún abierto. Si ese liderazgo es invertido en la reproducción de lo dado, en la normalización institucional y la eficiencia tecnocrática, o si por el contrario es utilizado para conducir un proceso de escape definitivo de la herencia neoliberal-pinochetista, está por verse. No serán, sin embargo, señales divinas las que resuelvan esta interrogante.

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