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Es tiempo de debatir

por 17 julio, 2013

La actual democracia no resiste dilaciones, pero tampoco ambages. La crisis que se oculta detrás de nuestra siempre mentada estabilidad radica, en el nivel discursivo, en la incapacidad para enfrentar directamente una interpelación, o de expresar sin temores lo que se piensa, especialmente cuando el ábaco político indica que es mejor callar.
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Es tiempo de debatir. Pero de debatir en serio, programa en mano y, aun más importante, con una visión de sociedad nítida sobre la mesa.

Porque en un régimen con este nivel de presidencialismo, tanto como los programas importan las convicciones, que son el verdadero motor de un sistema en el que la voluntad del Mandatario ocupa gran espacio en la toma de decisiones. Convicciones que se expresen en una visión de sociedad que tenga un relato, una dirección y que nítidamente manifiesten el sentir más profundo del candidato o candidata.

Esta no ha sido la tónica en el Chile post dictadura. No lo fue durante los gobiernos de la Concertación y tampoco de la Alianza. Pero la comunicación política hizo lo suyo y nos ha hecho creer que vivimos un país de grandes relatos, un Chile épico que –en mi visión– tiene más de gatopardismo que de convicciones profundas. Un buen ejemplo es la Ley General de Educación promulgada por Bachelet (2009) y celebrada –brazos en alto– por güelfos y gibelinos. Detrás de aquella no hubo un relato ni menos una visión de país sobre la educación pública, sino una mera acción en la que el lucro, la selección de alumnos y la jibarización del sistema público encontró un terreno fértil. Todo por la falta de relato. Lo tristemente interesante, sin embargo, es que el sistema político quedó validado en su capacidad para llegar a acuerdos, como si eso fuese un fin en sí mismo, y como si la promulgación de ese marco legal contuviera una visión sobre Chile y su devenir.

La actual democracia no resiste dilaciones, pero tampoco ambages. La crisis que se oculta detrás de nuestra siempre mentada estabilidad radica, en el nivel discursivo, en la incapacidad para enfrentar directamente una interpelación, o de expresar sin temores lo que se piensa, especialmente cuando el ábaco político indica que es mejor callar.

Con ese diagnóstico, hoy exigimos transparentar la visión de país detrás de cada candidatura. De todas las candidaturas. Porque el papel aguanta todo, lo sabemos, y los programas, pese a su importancia, tienen un lugar destacado junto a los pañuelos desechables en época de gripe. El que algo esté –o deje de estar– en un programa de Gobierno no significa que contenga la convicción más profunda de un candidato respecto de un tema en particular, o que sea un instrumento vinculante para quien llega al poder.

Para transparentar, qué mejor que un debate. Qué mejor que muchos debates, en espacios diversos. Programa en mano, pero especialmente convicciones –ya lo dije– encima de la mesa. Nada de frases ambiguas del estilo “es un tema a discutir” o soluciones facilistas tipo “convocaremos a un gran diálogo social”. La actual democracia no resiste dilaciones, pero tampoco ambages. La crisis que se oculta detrás de nuestra siempre mentada estabilidad radica, en el nivel discursivo, en la incapacidad para enfrentar directamente una interpelación, o de expresar sin temores lo que se piensa, especialmente cuando el ábaco político indica que es mejor callar.

Afortunadamente, hoy la ciudadanía está más consciente y la crítica se ha instalado como un elemento que exige más de los candidatos. Los movimientos sociales han puesto de manifiesto que, como en la película de Aldo Francia, ya no basta con rezar. O mejor dicho: ya no basta con creer. Hoy la sociedad está dejando a un lado los actos de fe y espera escuchar propuestas que revelen visiones de país complejas y provistas de compromisos vinculantes. ¿Por qué no escuchar a esa ciudadanía? ¿Por qué no pronunciarse frente a sus exigencias? ¿Por qué no salir de los ambientes protegidos y dar la cara frente a la visión de país que guía cada candidatura? Negarse a esto no es otra cosa que menospreciar al electorado. Por eso: es tiempo de debatir.

 

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