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El Golpe y el despojo económico de hoy

por 16 septiembre, 2013

La desposesión de estos 40 años no puede ser olvidada porque se actualiza en cada DICOM, en cada llamada de empresas de cobranza, cada vez que mi salario no me alcanza para comer y debo endeudarme con la tarjeta de supermercado para poder permitir la infinita circulación de las ganancias de quienes hoy dicen “Nunca Más” y piden “Perdón”.
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El Golpe de Estado y la revolución capitalista de 1973 ha tenido una inmensa cantidad de imágenes, palabras, frases y un gran mercadeo de perdones, desagravios y extensas tesis sobre lo sucedido. La élite política e intelectual, ha puesto el énfasis principalmente en aspectos políticos, ideológicos, institucionales y ético-simbólicos, se ha hablado por el socialismo, por la democracia, por la dictadura, por la locura, por los derechos humanos (sobre todo civiles y políticos ¿y los económicos y sociales?) .

Es digno de mencionar el hecho de que sea El Mercurio, el único hasta el momento, que haya planteado abiertamente la “positividad” del Golpe, la “justificación” económica y material del mismo. En la Editorial del 5 de septiembre titula “Un país diferente”, y plantea —refiriéndose a las “imágenes” de la televisión— que “más allá de uno que otro detalle en el entorno, lo que esas imágenes no pueden revelar es que el Chile de hoy es ya tan distinto del de comienzos de los años 70 como si fuese otro país”.

Con lo cual se lanza a explicar su “progreso” económico y social desde la comparación de indicadores macroeconómicos hasta la discusión de la desigualdad, que dan a entender que hoy es más baja que en aquella época, y remata con: “Las privaciones y frustraciones que sufría la sociedad chilena hace cuatro décadas ayudan a explicar las pasiones y aberraciones de la vida política de entonces, aunque no las justifican. Los progresos económicos y sociales conseguidos muestran que, más allá de errores y rudezas, las duras reformas emprendidas, algunas de las cuales aún resultan impopulares, finalmente dieron buen fruto”.

La desposesión de estos 40 años no puede ser olvidada porque se actualiza en cada Dicom, en cada llamada de empresas de cobranza, cada vez que mi salario no me alcanza para comer y debo endeudarme con la tarjeta de supermercado para poder permitir la infinita circulación de las ganancias de quienes hoy dicen “Nunca Más” y piden “Perdón”.

Es evidente que lo que se disputa es el presente y su futuro, y es evidente que el consenso cierra filas con los “horrores”, “desvaríos” y “brutalidades” de la violación a los derechos humanos. Siempre el exceso permite ocultar las razones de su realización, es decir, lo espectacular y abominable se cierne sobre lo más silencioso y permanente. El Mercurio, justamente, apela a que eso espectacular y oscuro (“errores y rudeza”) se debe someter a contextualización a partir de la mejor calidad de vida de hoy. Al igual que Stalin planteaba que el sacrificio de millones de mineros, campesinos y obreros, se debía supeditar al objetivo mayor que era el comunismo soviético.

Dejando de lado el hecho de que es El Mercurio (medio que conspiró contra el gobierno popular democráticamente elegido) y los indicadores de “progreso” que intenta demostrar, existe un ocultamiento aún más profundo que es necesario plantear. ¿Por qué a esa época se le mide con la vara de hoy? No es un ejercicio baladí realizarlo, tanto El Mercurio, como cualquier académico medianamente estudioso de la historia, comprenden que toda interpretación del pasado es disputa del hoy y del futuro. Por lo tanto, al realizar este ejercicio, el periódico nos informa cómo actuaría la élite hoy si nuevamente el pueblo y el país estuvieran bajo “las privaciones y frustraciones que sufría la sociedad chilena hace cuatro décadas”. Cuando se hacen tales declaraciones es posible entender el carácter del “perdón”, el que tanto se ha manoseado hasta no dejar ni la “p” ni la “n” en pie.

Mientras, con mucha razón, se continúa la lucha por la “memoria” y la visualización de la brutalidad organizada bajo el Terrorismo de Estado de la dictadura, El Mercurio lo acota a un período de salvajes, tanto por las “privaciones” como por “las frustraciones”. Es decir, el subdesarrollo endémico de este país, es el culpable de la división y este modelo al corregir tal subdesarrollo, corrige también la necesidad de que el pueblo se organice y participe de la sociedad, y por lo tanto, también permite que los militares no intervengan de igual forma para evitar la escalada de poder que significó aquello por parte de las masas populares. Pero como dice el Historiador Sergio Grez: “La violación a los derechos humanos son indisociables de la implementación de las reformas económico-sociales”.

La brutalidad de la tortura, de botar cuerpos a los mares, de dejarlos en el sol inescrupuloso del desierto, oculta de forma dramáticamente menos obvia, pero más profunda y actual, la transformación de la vida cotidiana de millones de hogares (hoy no son masas populares, son hogares), fueran o no militantes, fueran o no de “izquierda”, hayan apoyado o no el Golpe de Estado. Independientemente del rompecabezas ideológico (¿será tan así?), político e institucional que implicó el Gobierno Popular y su posterior derrocamiento, lo cierto es que la vida económica íntima de todos había sido transformada para siempre.

Si volvemos al hoy, si entendemos, tal cual lo hace El Mercurio, esté presente y su despliegue futuro desde el punto de vista de los “humillados”, de los “creadores de poder popular”, de los organizadores de “cordones industriales”, de los “profesores populares”, de los “pobladores auto organizados”, de la “señora Isabel que recibió leche para su hijo”, del “señor Checho que tenía el poder de dirigir y participar en la gestión de su lugar de trabajo” o “del campesino cualquiera que tenía la oportunidad de hacer rendir esa tierra improductiva en manos de los hacendados rentistas”, lo que Gabriel Salazar llamó “el hormigueo incesante (vagabundaje hecho política) del pueblo mestizo (ahora contagiado a otros “actores populares”), que cubrió como una nube cargada de electricidad social, los “patios externos e inferiores” de la política”. Comprenderemos que es lo que se anticipaba desde los tiempos inmemoriales del siglo XIX, pasando por los premios Nobel (los dos son profesores e hijos de obreros), hasta llegar a la construcción políticas más inédita de la izquierda mundial “la transición democrática al socialismo”.

El Golpe de Estado es hoy, planteaba Carlos Pérez, y la electricidad social hoy está resistiendo. Ese hoy que ha sido poco examinado desde el punto de vista de tal electricidad, y ya sabemos que  la energía no se destruye, sólo se transforma. Las “privaciones” que nos convoca como sociedad actualmente son los infrasalarios, desposesión de nuestros ahorros vía capitalización individual forzosa (único caso en la OCDE donde el empleador no aporta y las pensiones promedio son inferiores al salario mínimo mientras las grandes fortunas acumulan el PIB de Honduras y Bolivia juntos), desposesión de nuestra salud vía financiamiento estatal de los privados (de los países de la OCDE Chile es el que más aporta del bolsillo al pago de la salud, con un 36%, después de México), lo mismo en educación (un 53,4% de la subvención escolar va a escuelas particulares subvencionadas).

La vuelta a la democracia fue, en lo material, realizada por pobladores, trabajadores y estudiantes (por medio de 22 jornadas de protestas) y capturada en lo formal e institucional por las fuerzas políticas de la Concertación.  A partir de entonces, el Golpe opera en lo práctico y con engranajes institucionales actualizados (Reforma Laboral 2001, Ley de Financiamiento Compartido 1993, Reforma a la Salud 2005, Reforma a las Pensiones 2008, etc.), estableciendo mecanismos de desposesión modernos y vanguardistas (primer país en realizar reformas neoliberales en el mundo, primer sistema de capitalización individual con ahorro forzoso, etc.). El país OCDE, junto a México (compañero de ruta en la desposesión) con menor cobertura de negociación colectiva, y con el sistema más descentralizado que existe, un Código Laboral que castra la organización de los  trabajadores.

Gracias a todo este proceso hoy los hogares populares, ya no viven “privaciones”, sólo están endeudados más allá de sus posibilidades para mantener la reproducción de su familia en la precariedad de hipotecar el trabajo futuro. Viven en sus hogares íntimos con el temor viviente de cómo poder pagar esa deuda, sueñan con embargos, amenazas y llamados por teléfonos inquietantes, sueñan en como bicicletear los escasos ingresos por medio de las tarjetas plásticas que permitan que su hijo vaya al colegio con comida decente, de pagarle la universidad cuando crezca, de entregar su presente y futuro para que la siguiente generación no “sufra lo que yo sufro”.

La electricidad social está haciendo cortocircuito en un espiral incontrolable de desposesión de su energía, que nutre los cuerpos gordos y flácidos de las familias más ricas del país. Las mismas que compran canales de televisión para limpiar su conciencia y calmar las del resto mostrando a un Allende puro, decente, digno y republicano. El Golpe es hoy, lo mismo que la electricidad social es hoy. La desposesión de estos 40 años no puede ser olvidada porque se actualiza en cada DICOM, en cada llamada de empresas de cobranza, cada vez que mi salario no me alcanza para comer y debo endeudarme con la tarjeta de supermercado para poder permitir la infinita circulación de las ganancias de quienes hoy dicen “Nunca Más” y piden “Perdón”. El pueblo resiliente, observador, eléctrico está volviendo a construir sus propios interruptores, lejos ya, del triunfo de la Unidad Popular en 1970:

“Les digo que se vayan a sus casas con la alegría sana de la limpia victoria alcanzada. Esta noche, cuando acaricien a sus hijos, cuando busquen el descanso, piensen en el mañana duro que tendremos por delante, cuando tengamos que poner más pasión, más cariño, para hacer cada vez más grande a Chile, y cada vez más justa la vida en nuestra patria” (Discurso de Allende luego del triunfo electoral de la UP en la FECh).

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