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Segregación de la riqueza como problema de desigualdad

por 31 marzo, 2014

Traer a consideración la segregación de la pobreza y la riqueza trasciende, por último, al interés por la paz social, por un mayor bienestar colectivo o por ampliar derechos sociales; es un emplazamiento también a la existencia de la democracia en contextos de desigualdad, exigiendo condiciones de diálogo, cooperación y respeto mutuo para resolver los asuntos de la convivencia, reconociendo tanto valor en uno mismo como en el otro.
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La segregación de la riqueza no es un problema sólo en Chile, sino en diversos países del mundo. Tampoco es un problema exclusivo de los grupos de altos ingresos, siendo también visible en otros estratos sociales, definido por una proximidad o aglutinación entre iguales, creándose grupos distintos pero internamente homogéneos. Por último, no es un problema sólo de recursos: si bien los movimientos sociales han destacado en especial el abismo entre el extremo superior y el resto (por ejemplo, el 1% de Estados Unidos, como muestra un informe para la Casa Blanca, o las desigualdades en los países europeos en crisis, o en Chile), incluye otras dimensiones, que permiten una reflexión más amplia.

La segregación residencial es quizás la dimensión más avanzada para estudiar la agrupación de los hogares de mayores ingresos. Siendo Chile un país donde se percibe una importante segmentación espacial, predominando el habitar entre iguales, se aprecia la ausencia de valor asignado a la heterogeneidad social de los espacios, notándose “la falta de un vínculo efectivo con el otro de condición socioeconómica distinta”, destacando la sensación de desconfianza hacia quienes son distintos o desconocidos. En particular, tres comunas de la capital sobresalen por su segregación al poseer indicadores muy distintos de calidad de vivienda, de acceso a bienes y de ingresos, siguiendo la preferencia de agruparse entre similares.

En esta discusión, la movilidad de parte de las elites a comunas suburbanas fuera del Gran Santiago, la tendencia al “encerramiento”, y los imaginarios sociales que evocan las campañas publicitarias para atraer nuevos residentes a los condominios más exclusivos, son elementos que plantean nuevas interrogantes sobre cómo la diferenciación espacial agrava o reproduce los problemas de nuestra estructura social, alertando contra “la falta de interacción normal con los distintos estratos, propio de la diversidad social de las ciudades”.

Traer a consideración la segregación de la pobreza y la riqueza trasciende, por último, al interés por la paz social, por un mayor bienestar colectivo o por ampliar derechos sociales; es un emplazamiento también a la existencia de la democracia en contextos de desigualdad, exigiendo condiciones de diálogo, cooperación y respeto mutuo para resolver los asuntos de la convivencia, reconociendo tanto valor en uno mismo como en el otro.

Lo que está en juego en la segregación residencial de la riqueza, especialmente a través de la preferencia por residir en barrios cerrados y entre iguales (por opción, y no por obligación) es la disposición genuina a la convivencia y al encuentro con otros diferentes y extraños, contribuyendo a fragmentar la ciudad y facilitando la existencia de espacios públicos de calidad radicalmente distinta entre una comuna y otra.

La dimensión tributaria en Chile también cumple una función que produce segregaciones. Su diseño incorpora un conjunto de exenciones y franquicias, así como incentivos al ahorro e inversión destinados principalmente a quienes pagan impuesto a la renta. Siendo que este impuesto es pagado solamente por el 19% superior de los contribuyentes –el otro 81% no tiene recursos suficientes para llegar al tramo mínimo, quedando exento– dichos instrumentos se convierten en beneficios directos que alivian la carga del primer grupo, restando valiosos recursos al Estado. De modo más general, las rentas empresariales reciben un trato preferencial, toda vez que pagan impuestos sólo por los ingresos retirados de la empresa y no por las ganancias obtenidas, como hacen todos los trabajadores, lo que afecta la capacidad y la equidad tributaria del sistema.

La suma de los beneficios tributarios permite que las tasas efectivas que pagan las elites sean “modestas”, sobre todo considerando la alta porción de ingresos percibida en relación al resto de los chilenos. Un ejemplo de esto lo aporta otro estudio reciente, que muestra que el 40% más pobre de Chile paga un porcentaje de sus ingresos en impuestos, en promedio, muy similar al 10% superior. Por último, la enorme creación de sociedades de inversión y la evasión del impuesto a la herencia, entre otros, revelan el interés de algunos grupos por reducir el pago de tributos de todas las formas posibles, privando de recursos al Estado a través de vacíos legales o interpretaciones sofisticadas de la legislación, aumentando la regresividad del sistema y disminuyendo su capacidad redistributiva.

Lo que está en juego en la segregación tributaria de la riqueza es la disposición de los hogares de mayores ingresos por contribuir al financiamiento del bien común, a través de recursos que significan una de las expresiones más vívidas de solidaridad social en las sociedades contemporáneas, sin que se antepongan los intereses y las preferencias individuales.

Por último, la segregación educacional ha sido tema de fuerte debate los últimos años, no sólo por las brechas de calidad y oportunidades que implican estudiar en uno u otro tipo de escuela, sino también por la capacidad de algunas instituciones para reclutar sólo a aquellos alumnos que, por motivos muy específicos, califican en su perfil de selección, estableciendo diferenciaciones de rendimiento académico, tipo de familia, orientación religiosa y nivel sociocultural que revelan discriminaciones flagrantes. Para profundizar esto baste citar parte de la argumentación que un colegio utiliza para describir sus requisitos de admisión: “Se solicita sólo para conformar cursos con alumnos y padres más similares y equivalentes".

La segregación educacional hace posible, a través de estos mecanismos, no sólo rendimientos dispares y calidades diferenciadas, sino también la preponderancia de lo que el economista James Robinson designaba como “las instituciones informales” en Chile –por ejemplo, las redes sociales generadas por un grupo de establecimientos educacionales–, que facilitan el acceso al poder político y a cargos de relevancia en la esferas pública y privada del país.

Así, lo que está en juego en la segregación educacional de la riqueza es el debilitamiento de la función integradora de la educación y el aprendizaje en un contexto de diversidad valórica, socioeconómica y confesional, todo lo cual contribuye a asignar desiguales oportunidades, trazando biografías diferenciadas desde los primeros años de vida.



La segregación espacial, tributaria y educacional de la riqueza son problemas que tienen diversas explicaciones, que incluyen factores institucionales, históricos y de prácticas sociales. Cada uno de ellos, además, representa por separado campos de estudio y discusión amplios, encarnando múltiples disyuntivas y dilemas. ¿Por qué intentar analizarlos conjuntamente?

Al igual que la segregación de la pobreza, la segregación espacial, tributaria y educacional de la riqueza son problemas concretos que interactúan con las altas desigualdades de ingreso que caracterizan a Chile. Pueden ser concebidas simultáneamente como causas y como síntomas de las grandes disparidades –a ratos potenciándolas, a ratos siendo potenciadas por ellas–, dando forma y fondo a distancias sociales, a la profundización de una cultura clasista y al reforzamiento de lógicas de integración vertical que existen en nuestra sociedad, como ha sido descrito ya por estudios previos.

En conjunto, representan también tres diferenciaciones de alta carga simbólica –un retiro del espacio común, del financiamiento del bien común, y de la formación cívica y social común–, acentuando la homogeneidad, asignando un valor muy distinto al aporte de cada persona a la comunidad, y reduciendo la convivencia en diversidad, aumentando los prejuicios, desconfianzas y discriminaciones. Asimismo, siendo la desigualdad de ingresos un fenómeno cada vez más reconocido en Chile y el mundo, el cómo afrontarla –vale decir, el paso siguiente- obliga a conocerla y analizarla en su despliegue, en sus manifestaciones y en sus relaciones con otros fenómenos. Por eso la segregación de la pobreza y de la riqueza, en todas sus formas, son también un problema de desigualdad.

Traer a consideración la segregación de la pobreza y la riqueza trasciende, por último, al interés por la paz social, por un mayor bienestar colectivo o por ampliar derechos sociales; es un emplazamiento también a la existencia de la democracia en contextos de desigualdad, exigiendo condiciones de diálogo, cooperación y respeto mutuo para resolver los asuntos de la convivencia, reconociendo tanto valor en uno mismo como en el otro.

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