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El mito de la equidad en la política

por 31 mayo, 2014

Por supuesto que el sistema de cuotas propuesto no soluciona el problema de fondo, el problema de fondo se soluciona abriendo los espacios, para poder algún día eliminar estos mecanismos que garantizan la participación de una “minoría” que, curiosamente, representa a poco más de la mitad del padrón electoral, en efecto, se trata del 51.3% del total de electores. Podría pensarse que esta participación no se traduce en militancia política, pero tampoco es así, ya que en la Alianza por Chile el 56% de los militantes son mujeres y, en la Nueva Mayoría, el 48%.
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No siempre las mujeres hemos estado vinculadas a lo público en primera persona, basta mirar un poco la historia y, sin mucho esfuerzo, encontraremos una larga lista de influyentes mujeres que han sido siempre “el poder en las sombras”.

La participación electoral de la mujer en Chile se remonta, en primera instancia, a 1935 para elecciones municipales y a 1952 para elecciones presidenciales. Sin embargo, estas fechas no hacen justicia a la participación política de la mujer, quien, desde comienzos de siglo, busca una quimera llamada equidad, que hasta el día de hoy se hace esquiva.

El sistema de cuotas mencionado en la Reforma al Sistema Electoral Binominal, que tanto ha dado que hablar, no viene a hacer nada que no se haya estado buscando desde hace más de cien años: nivelar la cancha.

Hemos escuchado variados argumentos que afirman que un sistema de cuotas no soluciona la raíz del problema de la desigualdad, que vienen a suponer que las mujeres, para conseguir un espacio en la vida pública, deben ser apoyadas por un “bastón legal”, que va en desmedro de la siempre bien ponderada meritocracia, que a las mujeres no les interesa la política y, finalmente, el infaltable argumento de que en Chile aún no estamos listos para tener políticas del primer mundo, por tanto, sería un completo fracaso.

Por supuesto que el sistema de cuotas propuesto no soluciona el problema de fondo, el problema de fondo se soluciona abriendo los espacios, para poder algún día eliminar estos mecanismos que garantizan la participación de una “minoría” que, curiosamente, representa a poco más de la mitad del padrón electoral, en efecto, se trata del 51.3% del total de electores. Podría pensarse que esta participación no se traduce en militancia política, pero tampoco es así, ya que en la Alianza por Chile el 56% de los militantes son mujeres y, en la Nueva Mayoría, el 48%.

Pero frente a cada uno de estos argumentos, los datos arrojan una respuesta.

Por supuesto que el sistema de cuotas propuesto no soluciona el problema de fondo, el problema de fondo se soluciona abriendo los espacios, para poder algún día eliminar estos mecanismos que garantizan la participación de una “minoría” que, curiosamente, representa a poco más de la mitad del padrón electoral, en efecto, se trata del 51.3% del total de electores. Podría pensarse que esta participación no se traduce en militancia política, pero tampoco es así, ya que en la Alianza por Chile el 56% de los militantes son mujeres y, en la Nueva Mayoría, el 48%.

En datos duros, para las elecciones de 2013, el 80.4% fueron candidatos y el 19.6% candidatas, en la Cámara hay 19 diputadas y 101 diputados, en el Senado hay 6 senadoras y 32 senadores y sólo, a modo de ejemplo, en las elecciones municipales de 2012, se lograron 170 candidatas a alcaldesas versus 1.011 candidatos a alcaldes.

La efectividad electoral de hombres y mujeres es muy parecida. En el caso del Partido Socialista, bordea el 30% para ambos. La diferencia entre la cantidad de hombres y mujeres electos tiene relación directamente con las barreras que se deben sortear para poder llegar, finalmente, a tener un cupo en una lista y que, por encima de todo, permita tener posibilidades reales y no se trate de una operación para la sumatoria de los votos del candidato más fuerte.

El mensaje es muy claro, dice que la fórmula para que ninguno de los dos géneros supere el 40% en candidaturas es transitoria y debería tener su vencimiento el año 2029. Lo que se espera entonces es que, de aquí al 2029, se haya roto aquella muralla que nos impide llegar a noviembre, que por fin se nos deje de mirar con recelo por irrumpir en un mundo que no fue diseñado para nosotras, pero donde tampoco tuvimos parte en el diseño original.

La feminización de la política es parte del desarrollo integral de la democracia: sin mujeres, no hay revolución.

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