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El suicidio de un humorista y la salud mental en Chile

por 14 agosto, 2014

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El suicidio de un maestro en el arte de hacer reir, como fue Robin Williams, deja perplejos a quienes fuimos testigos de su talento. A primera vista nos deja atónitos la relación entre la alegría de su humor y la tristeza de la muerte, ambas fusionadas en las miles de fotografías del artista que desde ayer circulan por la red. Para salir al paso de esta perplejidad citamos diálogos de las películas más recordadas o buscamos imágenes de sus personajes entrañables: el muerto empieza a hacerse inmortal y su transcendencia se viraliza rápidamente por las redes del mundo global.

Mucho se ha especulado en estas pocas horas sobre las causas de su suicidio, pero pienso que más importante que eso es lo que nos pasa a nosotros cuando nos enteramos de la noticia. ¿Por qué reaccionamos con perplejidad? ¿Cuan incongruente nos resulta la idea del suicidio de un humorista? ¿Cuánto dice nuestra reacción sobre la función que el humor -representado en la figura del fallecido actor- cumple en nuestra vida y sociedad? Pienso que bastante.

Freud decía que el humor nos permite sortear la censura casi natural a la que somos expuestos desde niños, desahogando lo reprimido a través del liberador acto de la risa. Gastamos tanta energía cotidianamente reprimiendo nuestros deseos -desde los menos intensos como decir un garabato en un lugar formal hasta los más profundos como el deseo sexual hacia un otro- que la risa facilita, en algunos casos, ahorrarnos ese gasto energético. En esa dinámica, el humorista cumple un rol fundamental: es el arquitecto de nuestra liberación ante la censura impuesta por la represión, el que rápidamente nos presta la escalera para subir ese muro que muchas veces puede ser nuestra moral, el amigo que nos muestra un atajo para adelantarnos a nuestro propio super-yo.

Por eso, por ejemplo, un chiste repetido no siempre nos parece gracioso. Apenas acontece la risa generada por el humorista, las fuerzas de la censura toman nota de ese camino y colocan sobre él obstáculos infranqueables. Como en el juego de pac-man donde el jugador debe evadir a los fantasmas que le persiguen, del mismo modo el humorista busca por diversos medios, tanto verbales como no verbales, sortear a los guardias de la censura mental para llevar a su audiencia el placer estático de la risa. De ahí que ser humorista nos parezca la más noble y amable de las profesiones. A diferencia de otros trabajos y oficios, la esencia de quien trabaja con el humor es entregarle placer a su público, sin más.

Nuestras versiones locales más conocidas, Alvaro Salas y Coco Legrand, exponen con ciertos matices, la misma dinámica. “El rey del chiste corto” entretuvo por largos años a la teleaudiencia a través de improvisaciones en programas estelares, atreviéndose a decir lo que todos pensábamos pero nadie se atrevía a través de ingeniosos chistes, provocando carcajadas de risa. Legrand, por otra parte, profundizó en la llamada “crítica social” haciendo que hasta los propios políticos y la clase alta estallara en risas cuando éste, con la genialidad que lo caracteriza, denunciara frente a sus propios ojos lo ridículas que resultaban algunas de sus conductas, con célebres alusiones a la religión, la medicina y la política.

Pero ¿podemos vivir exclusivamente del humor? Si Freud tiene razón acerca de la función que cumple el humor para nuestra salud mental -y Chile es un país que sabe de represiones y censura-, pensemos en el éxito del Jappening con Ja durante la dictadura militar- éste corre el riesgo de transformarse en una peligrosa plataforma para evadir uno de los problemas más fundamentales de nuestra sociedad. La proliferación de programas como Morandé con Compañía y otros similares es a mi juicio un síntoma social que debe interpretarse con cuidado. No estoy diciendo que no deba existir el humor ni que las personas no necesitemos reírnos para aliviar muchas veces la injusticia y otros sentimientos cuya carga hace más pesada nuestra vida, sino que pongo sobre la mesa la posible correlación entre los dispositivos humorísticos que emergen en la sociedad y la falta de políticas públicas serias respecto a la salud mental, que a todas luces y a diferencia de otros ámbitos de la salud, es un problema más complejo de abordar.

Esta complejidad radica principalmente en la dificultad del autodiagnóstico. Ante un corte profundo en la mano, un accidente vascular o una fractura nadie dudaría en acudir al servicio de urgencia más cercano. Cuando hay evidencias de un daño a nuestra salud física no dudamos que existe un problema, mas no así con nuestra salud mental. Basta con encender la televisión y reírnos con la dra. Polo, el concierto de chistes de Iván Arenas, el vejamen cotidiano a la vedette de turno en Morandé con Compañía, alguna genialidad de Stefan Kramer -que a mí más que hacerme reír me conmueven- o alguna rutina desclasificada de los archivos del humor de antaño. Así de fácil.

Por eso, perder a un humorista equivale en cierto modo a perder a nuestro médico de cabecera, quizás el más importante, que si bien no sanaba las raíces de nuestros síntomas, si los aliviaba de manera genial. Y perderlo nos duele. Nos duele y nos asombra. Nos deja perplejos la forma en que lo hemos perdido. Quizás nadie hacía reír a Robin Williams. Quién sabe.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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