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La calidad de la inclusión: ¿le suena esta manera de entender la dignidad?

Pablo Walker S.J.
Por : Pablo Walker S.J. Capellán del Hogar de Cristo
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Cuando es Darwin y no Jesús quien define quiénes entran a un colegio, el esfuerzo «educativo» se transforma en una farsa. No se «saca fuera» el potencial diverso, se entrena y se doméstica. Si seguimos legitimando colegios «selectos» o «exclusivos», seguimos fabricando exclusión y, por ende, pobreza. Hoy sabemos que la pobreza no es sólo la insatisfacción de ciertas necesidades básicas. Mucho más profundamente es el desprecio del hombre por el hombre…


En los últimos meses los colegios católicos fuimos sacados al pizarrón. No porque hayamos hecho poco por la educación de los más pobres sino porque hoy sabemos que no se puede tener una educación de calidad sin desarrollar habilidades para la inclusión social. Si la formación inclusiva es exigible de cualquier colegio cívicamente responsable… ¿cuánto más es requerida de aquel establecimiento que se dice inspirado en el Evangelio de Jesús? A la hora de admitir a un colegio, ¿no sería coherente poner en práctica lo de la carta a los Romanos? «No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; todos son uno en Cristo Jesús».

En el Chile de los casi 20 mil dólares per cápita, el mismo de los más altos niveles de segregación y desigualdad de oportunidades, nos debemos un debate sobre qué significa «educación de calidad». Este debate implica preguntarnos también qué país queremos construir. Los que trabajamos en pobreza sabemos que un país así de segregado es inviable. No sólo es una fábrica de pobreza: es subdesarrollado. Al descubrir el sentido relacional de la pobreza (el ser parte de la OCDE nos lo exige) aprendimos que la pobreza no es sólo la carencia de un determinado nivel de ingresos, sino el abismo y la desconfianza crónica entre los que sufren la acumulación de privaciones y los que concentran la totalidad de las oportunidades. Ese abismo hace moralmente subdesarrollado a un país y debe ser reparado por hombres y mujeres con una nueva inteligencia y libertad. Ya no sirve educar autómatas capaces del más alto puntaje PSU si ellos son ineptos para vivir en sociedad. Está pendiente la otra inteligencia, la del que sabe reparar los vínculos, la del que aprendió a cultivar el sentido comunidad y no sólo a consolidar los guetos o a trepar en alguno de ellos.

Las habilidades inclusivas y reparadoras se aprenden. Los desprecios también se aprenden. Los desprecios tienen sus genealogías de familia y de clase, de credo y de raza, entre ricos y pobres, entre derechas e izquierdas… Ramón Griffero los resumió brillantemente en su «salón de las frases». Un pueblo es el resultado de las frases que se les enseña a los hijos: «La india pa fea… qué roto más bruto, qué picante tu junior, qué viejo ordinario, qué chula la mina, qué charcha tu amigo… Qué gente más regia, qué niño más lindo, amoroso tu yerno… qué espanto el país, qué rico tu postre, qué pena los pobres, qué atroz la miseria…».

[cita] Cuando es Darwin y no Jesús quien define quiénes entran a un colegio, el esfuerzo «educativo» se transforma en una farsa. No se «saca fuera» el potencial diverso, se entrena y se doméstica. Si seguimos legitimando colegios «selectos» o «exclusivos», seguimos fabricando exclusión y, por ende, pobreza. Hoy sabemos que la pobreza no es sólo la insatisfacción de ciertas necesidades básicas. Mucho más profundamente es el desprecio del hombre por el hombre…[/cita]

Probablemente para Jesús una persona «bien educada» es aquella que es libre de esos desprecios y autodesprecios, diestra para hermanarse con el débil y con el fuerte porque se reconoce venida de un Padre común, con una dignidad igualmente trascendente. Libre del secuestro que impone tanto la pobreza sin oportunidades como la riqueza sin horizontes. Cuando se reemplaza la novedad del Evangelio por la ley del mercado todo se desvirtúa: la educación se transforma en una pista de atletismo, los colegios en “gimnasios de alto rendimiento” y los alumnos en «clientes». Se vive seleccionando al que es rankeado como «menos» porque es una amenaza para el que es supuestamente «más». Pasa en la población y en el barrio alto, pasa en los colegios de iglesia y en los colegios laicos. Pasa también en los colegios jesuitas, para no mirar para el lado solamente…

Cuando es Darwin y no Jesús quien define quiénes entran a un colegio, el esfuerzo «educativo» se transforma en una farsa. No se «saca fuera» el potencial diverso, se entrena y se doméstica. Si seguimos legitimando colegios «selectos» o «exclusivos», seguimos fabricando exclusión y, por ende, pobreza. Hoy sabemos que la pobreza no es sólo la insatisfacción de ciertas necesidades básicas. Mucho más profundamente es el desprecio del hombre por el hombre… Quienes legítimamente defienden el derecho a la libertad de elección del modelo educativo y se acercan a los colegios de Iglesia para encomendarles la formación de sus hijos, tienen en Jesús un buen modelo para entender el sentido más auténticamente cristiano de la libertad: elegir formarse para servir más y para honrar una dignidad trascendente.

Es razonable que Chile espere que los colegios de iglesia terminen con la práctica de la selección y que abran las puertas a todo aquél que adhiera a su proyecto educativo. Es razonable que espere que innoven para que el costo de la matrícula no sea impedimento a la diversidad socioeconómica que es propia de lo genuinamente «católico». Es razonable que espere que sus modelos pedagógicos sean señeros en la inclusión social y cultural mucho más allá de lo que les exige la ley. ¿No fue lo que hizo Jesús, nuestro Maestro? Es razonable que espere que los padres y apoderados que se digan creyentes no busquen para sus hijos una cartera de contactos comerciales sino un lugar para la formación de la libertad. Supondrá la formación de una identidad que se acredita en habilidades inclusivas y no en desprecios de clase. Supondrá ayudar a formar una generación capaz de valorar como auténticos pares a personas con potencialidades diversas y con un valor exactamente idéntico. Supondrá las transformaciones para que puedan crecer juntos niños y niñas con necesidades educativas diferentes, hijos de papás migrantes y chilenos; hijos de casados, solteros o separados; jóvenes con capacidades y orígenes socioculturales diversos… llamados a ser parte de un sólo país y no de algún gueto en particular.

Difícilmente hoy la trascendencia se entiende sin apertura reverente a la diversidad. Efectivamente se trata de una transformación cultural relevante. La cultura es siempre la alternativa a la barbarie y en esto Jesucristo nos propone los más altos estándares. Eso lo que celebramos en este Mes de la Solidaridad 2014: Solidaridad es inclusión que repara lo injusto y hace de Chile “una mesa para todos”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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