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Incentivos para una nueva Carrera Docente

por 17 septiembre, 2014

Es indispensable comenzar por mejorar la formación de los profesores, junto con modificar las normas que rigen a los profesionales de la educación, conocidas como “Estatuto Docente”. En formación pedagógica hemos retrocedido, hasta hace pocos años era normal la existencia de programas “flash” de pedagogía los fines de semana y nadie se escandalizaba. ¿Podrán los niños recibir una educación de calidad con las actuales cifras de los aspirantes a pedagogía, cuando en Finlandia por una vacante de admisión a pedagogía postulan 5 personas?
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La calidad docente es, según las mejores investigaciones científicas, después de los padres y el hogar, el factor que más impulsa aprendizajes en los alumnos. Por mucho que exista claridad al respecto, y un cierto consenso transversal sobre el rol que juega el profesor en una educación de calidad, hemos visto que el actual gobierno no le ha dado la verdadera prioridad que necesita. El Plan Maestro, recientemente propuesto, es un avance para mejorar la profesión docente, pero llama la atención que una reforma a la Carrera Docente haya estado ausente del debate durante el primer semestre del gobierno, en favor de materias que, dada su complejidad, merecen una discusión más prolongada.

Las cifras que justifican la prioridad de esta reforma son elocuentes. En 2012, el 34,6% del total de matriculados en pedagogía no utilizó el puntaje PSU para ingresar a la carrera. Se estima que de los últimos resultados de la prueba INICIA, casi el 50% de los egresados no alcanza una nota 4. Y, en términos de valoración social, no estamos mucho mejor. Según la encuesta Adimark del 2009, sólo el 34% de las personas señala que estaría muy interesado (los encuestados o sus hijos) en estudiar pedagogía. También sólo un 34% piensa que los profesores tienen buenas remuneraciones.

Hasta el momento, se han propuesto distintas alternativas, entre ellas el proyecto de ley de Carrera Docente del gobierno anterior ―retirado por la administración actual, cuando se podría haber aprovechado su avance legislativo―, el que apuntaba, principalmente, a crear incentivos para atraer a los mejores alumnos a estudiar pedagogía. Un progreso de la profesión docente pasa por generar estos incentivos externos, como mejores salarios o condiciones óptimas de trabajo en el aula, pero, ante todo, una reforma tan importante necesita de incentivos fuertes, para lograr captar a los mejores alumnos, pero que al mismo tiempo tengan vocación por la pedagogía.

Es indispensable comenzar por mejorar la formación de los profesores, junto con modificar las normas que rigen a los profesionales de la educación, conocidas como “Estatuto Docente”. En formación pedagógica hemos retrocedido, hasta hace pocos años era normal la existencia de programas “flash” de pedagogía los fines de semana y nadie se escandalizaba. ¿Podrán los niños recibir una educación de calidad con las actuales cifras de los aspirantes a pedagogía, cuando en Finlandia por una vacante de admisión a pedagogía postulan 5 personas?

Para ello, lo principal es comprender que la educación no es lo mismo que la enseñanza. El profesor tiene una función distinta, que es complementaria a la de los padres, colaborando en la formación de los niños, entregando los conocimientos y aprendizajes necesarios para su desarrollo, pero con el objetivo de crear pensamiento crítico en sus alumnos. Los sistemas educativos exitosos, como Finlandia, tienen una alta interacción entre la familia y la escuela, porque esta relación está concebida como parte de una comunidad educativa. Sin embargo, en nuestro país predomina una visión enciclopedista y memorista de la enseñanza, donde el énfasis está puesto, gracias a un engorroso y sobrepasado currículum, en los aprendizajes evaluados por las pruebas estandarizadas, en que se tiene como foco la capacidad puramente receptiva de los alumnos, no el desarrollo de sus facultades.

Por otra parte, el perfil exigido a un pedagogo hoy es mucho más diverso, y en ciertas ocasiones puede ser un desvío de su función propia: planifica clases, asume incluso la educación mínima de niños que vienen de contextos familiares vulnerables, entre otras labores. Sin embargo, no existen docentes especializados que cuenten con licenciaturas específicas sobre las distintas materias que se enseña, como ocurre en las mejores experiencias educativas del mundo. Según un informe reciente del Banco Mundial (2014), un 65% de los profesores pierde a lo menos un día completo a la semana en actividades que no son propias de su función.

Para cambiar este enfoque, es indispensable comenzar por mejorar la formación de los profesores, junto con modificar las normas que rigen a los profesionales de la educación, conocidas como “Estatuto Docente”. En formación pedagógica hemos retrocedido, hasta hace pocos años era normal la existencia de programas “flash” de pedagogía los fines de semana y nadie se escandalizaba. ¿Podrán los niños recibir una educación de calidad con las actuales cifras de los aspirantes a pedagogía, cuando en Finlandia por una vacante de admisión a pedagogía postulan 5 personas?

Se trata de una cuestión cultural. Hace poco más de medio siglo, muchos intelectuales eran educadores de profesión y no llamaba la atención que un abogado o un médico hiciera al mismo tiempo la carrera de pedagogía. Ejemplos hay muchos. Hoy los malos profesionales han empañado la gran labor de los buenos profesores, y la poca valoración de esta profesión viene desde el alumno que elige esta carrera por defecto y no por vocación. Por otro lado, el Estatuto Docente se ha transformado en una camisa de fuerza que no fomenta la excelencia académica, pues no permite la evaluación rigurosa ni el profesionalismo necesario para elevar los estándares de calidad, ni tampoco pone a los niños en el centro de la educación.

¿Qué hacer en el corto plazo? Esperar que la Política Nacional Docente anunciada por el gobierno sea el comienzo de una rehabilitación del magisterio en Chile. Lamentablemente un “pacto” con el Colegio de Profesores, como lo contempla el programa de Michelle Bachelet, hará que el trabajo realizado durante en el Plan Maestro no llegue muy lejos, pues esta entidad ha defendido sus intereses gremiales descuidando el bien común, oponiéndose sistemáticamente a estas reformas profundas. ¿Podrá el gobierno tener la responsabilidad necesaria para estar a la altura de lo que significa educar?

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