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Esa falacia llamada chilenidad

por 16 octubre, 2014

Somos un país perplejo. Apelamos a un pasado rancio para no hacernos cargo del presente, de las heridas que llevamos a cuestas. Es un error no conmemorar alguna fecha que recuerde a los mártires de la dictadura. Podríamos establecer un Día del Nunca Más. Hoy no existe, es decir, se intentó esconder bajo la alfombra, se pretendió obviar y olvidar su importancia, con la excusa de la división nacional. La historia oficial ha querido reducir la memoria a los memoriales como una forma de otorgar un lugar al recuerdo. Pero ese esfuerzo, al mismo tiempo, segrega y aísla.
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Año Nuevo, Viernes Santo, Sábado Santo, Día Nacional del Trabajo, Día de las Glorias Navales, San Pedro y San Pablo, Día de la Virgen del Carmen, Asunción de la Virgen, Independencia Nacional, Día de las Glorias del Ejército, Encuentro de Dos Mundos, Día de las Iglesias Evangélicas y Protestantes, Día de Todos los Santos, Inmaculada Concepción, Navidad.

Estos son nuestros feriados oficiales. Estas son los días que celebramos o conmemoramos.

Siendo sinceros, poco y nada nos dicen estos feriados. No pasan de ser días de celebración y descanso para la mayoría de nosotros, islas en un mar de cansancio. Muchos de estos días los marcamos en el calendario sin tener idea del motivo que celebran. Probablemente ocurre que las fechas que conmemoramos son sólo eso, fechas, no hitos.

Cualquier observador lejano se asombraría del patriotismo y religiosidad del pueblo chileno. Con excepción del Día de los Trabajadores, Año Nuevo y el (indignante) Día de la Raza, todas nuestras celebraciones son de origen nacionalista o religioso.

Si aquello que un pueblo celebra y recuerda refleja, al menos en parte, su raíz cultural, su identidad; si es verdad que los ritos tienen una función catalizadora, transformadora y cohesionante, ¿será que nuestra historia, nuestra cultura, nuestro ethos, nace en la Conquista y se detiene en la Independencia?

Somos un país perplejo. Apelamos a un pasado rancio para no hacernos cargo del presente, de las heridas que llevamos a cuestas. Es un error no conmemorar alguna fecha que recuerde a los mártires de la dictadura. Podríamos establecer un Día del Nunca Más. Hoy no existe, es decir, se intentó esconder bajo la alfombra, se pretendió obviar y olvidar su importancia, con la excusa de la división nacional. La historia oficial ha querido reducir la memoria a los memoriales como una forma de otorgar un lugar al recuerdo. Pero ese esfuerzo, al mismo tiempo, segrega y aísla.

Las fiestas y días festivos debieran poder hablarnos de lo que somos, de aquello a lo que damos importancia, en lo que nos reconocemos. No hacerlo es perder la oportunidad de descubrirnos. Está bien el descanso, la fiesta. Son necesarios. Pero tal vez ya sea tiempo de una actualización histórica, de una introspección política, espiritual y valórica, que apunte a nosotros mismos. ¿Somos acaso lo que fuimos hace más de un siglo? ¿Es que no hemos cambiado nada? Ni siquiera podemos definirnos sin caer en los lugares comunes: ladinos, tímidos, guerreros, desconfiados, solidarios, buenos pa’ la talla.

Pareciera que nuestro “origen” sociocultural nos marca, pero no nos define. Quiero pensar que somos menos déspotas, religiosos, chovinistas y belicosos que antes. Que a pesar de que sectores conservadores impongan, cada vez con menos éxito, una visión anclada en la Colonia, la gran mayoría del país está en otra. Pienso que somos más abiertos y libres de lo que generalmente creemos.

En esta misma línea, no deja de ser curioso que Chile, con algunas excepciones locales, sea el único país en Latinoamérica que no celebra el carnaval. Tal vez porque la conquista del territorio mapuche duró siglos e impidió el sincretismo detrás de las fiestas que unen, por ejemplo, a la Pacha Mama con la figura de la Virgen. Esa dualidad, propia de los carnavales. Su dinamismo y poder radican en la trasfiguración, en la superposición e intercambio de roles. Es el arriba y abajo, lo femenino y masculino, el movimiento. ¿Y si hemos perdido el rito a cambio de estabilidad? ¿El bullicio en favor del silencio? ¿Será que la ausencia de catarsis nos ha llevado a acumular tensión?

En el carnaval son las barriadas las que se toman las avenidas. En Mamiña, al interior de Iquique, los de arriba bajan por los caminos y los de abajo suben en un coro de bronces y tambores para terminar todos en la plaza de pueblo, compitiendo primero y luego al unísono. En la Fiesta de San Pedro de Cochoa, en Con Con, los pueblos del interior, del campo, bajan a celebrar el San Pedro de los pescadores. Ellos forman el coro de flautas y bailes. En agradecimiento, los pescadores ponen mantel largo y sientan a sus invitados en largas mesas para servirles las riquezas del mar. Ese día, campo y mar se abrazan tras la figura de San Pedro, que simboliza, silenciosamente, la celebración del alimento.

Con todo, muchos sólo podemos ser testigos de estas fiestas. Con excepción de los resabios de la chingana trocada por el 18 de septiembre, observamos por lo general desde afuera. Me atrevo a decir que un pueblo vivo es aquel que se siente formando parte de algo. Al mismo tiempo, vemos que cada vez existe más interés en los actos culturales masivos y celebraciones públicas. Hay un espejo allí donde podemos mirarnos. Nos faltan celebraciones que nos integren, que nos renueven y vinculen, que hablen de nuestra historia y logros recientes, que hagan justicia a los grandes ausentes de un panteón ya descolorido.

Nuestra deuda con las culturas originarias es infinita. Celebramos el 12 de octubre como el encuentro de dos mundos, cuando lo cierto es que se inició el más despiadado despojo y aniquilación del que tenga memoria la historia. Tal día es una vergüenza, no un día de celebración. Como mínimo debiéramos remplazar ese día por el solsticio de invierno común a todos los pueblos indígenas, el momento en el que el sol comienza su regreso iniciando una nueva etapa: desde el We Tripantu de los Mapuche hasta el Inti Raymi Quechua. En los pueblos que todavía habitan las costas, montañas y llanuras de América, mucho antes que arribara Colón, podemos hallar nuestro principio, nuestras raíces extensas y comunes.

Otra deuda la tenemos con la cultura y el arte. Se dice que este es un país de poetas, pero un país que celebra sus batallas por sobre los logros artísticos es un país condenado a repetir la historia. La poesía, la pintura, la música, el arte, nos inundan de vida mucho más que la Santísima Concepción, o que la Asunción de la Virgen, o que el Día de Todos los Santos.

El Día de Todos los Artistas debiera existir en Chile. ¿Por qué no celebrar el Natalicio de la Violeta como homenaje a todos ellos?

Somos un país perplejo. Apelamos a un pasado rancio para no hacernos cargo del presente, de las heridas que llevamos a cuestas. Es un error no conmemorar alguna fecha que recuerde a los mártires de la dictadura. Podríamos establecer un Día del Nunca Más. Hoy no existe, es decir, se intentó esconder bajo la alfombra, se pretendió obviar y olvidar su importancia, con la excusa de la división nacional. La historia oficial ha querido reducir la memoria a los memoriales como una forma de otorgar un lugar al recuerdo. Pero ese esfuerzo, al mismo tiempo, segrega y aísla. Pierde el sentido reformador del hito o la tragedia que debiera estar presente y ser común a Chile entero, para que no vuelva ocurrir.

Si hoy nada nos lía al estrato más profundo de nuestra tierra, si tampoco creemos en una maduración como República, si la cultura y conquista de libertades sociales e individuales nos parecen insuficientes, bueno, entonces sigamos remontándonos a la raíz patriotera y devota para pensar Chile. Si, por el contrario, creemos y queremos habitar un país distinto, más libre, integrado, respetuoso e inclusivo, ¡marquemos los hitos que lo celebran y conmemoran! Tal vez nos haga bien creer que sí, que está bien querer refundar Chile, que ya va siendo hora.

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