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El malestar social: todavía más tesis que diagnóstico

por 5 noviembre, 2014

El malestar social: todavía más tesis que diagnóstico
También Herrera admite que es cierto que la sensación de malestar “no se extiende a la democracia en cuanto tal, ni al mercado pura y simplemente”, porque el asunto es harto más complejo, pero eso es precisamente lo que aseveraban muchos en 2011 y lo que nuestro libro pretendía rebatir, que el modelo –de democracia y de mercado– tenía las horas contadas.
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En su serie de columnas “La crisis intelectual de la derecha en sus libros”, publicada por El Mostrador, el académico de la UDP y doctor en Filosofía Hugo Herrera está haciendo el tipo de aporte que reclaman muchos de quienes rasgan vestiduras por la derrota intelectual del sector: lee acuciosamente, reflexiona y escribe, tratando de entender qué diablos pasa y compartiendo luego sus conclusiones con el público.

Que un ejercicio intelectual indispensable como éste sea la excepción, no la práctica habitual, dice muchísimo sobre los problemas que tiene la derecha para sumar puntos en la famosa “batalla de las ideas”.

En la quinta columna de su serie, el blanco de Herrera fue un libro que Eugenio Guzmán y yo publicamos a principios de 2012, El malestar de Chile: ¿Teoría o diagnóstico?, en respuesta a lo que nos parecía una interpretación voluntarista y políticamente motivada del agitado clima social del año anterior, especialmente a raíz de las protestas estudiantiles: la idea de que un conjunto muy diverso de reclamos –desde la educación a la reforma constitucional, pasando por la estafa de La Polar y el rechazo a una planta termoeléctrica– se explicaba por un profundo descontento de la mayoría de los chilenos con los fundamentos del orden social, económico y político de su país. Una tesis nítidamente reflejada en el libro El derrumbe del modelo, de Alberto Mayol, que tuvo no poca influencia a la hora de fijar un marco conceptual que rápidamente tuvo eco en los medios. Según esa mirada, “el modelo” no daba para más y la gente exigía cambios radicales en la forma en que estaba organizada su sociedad; ergo, el malestar.

Debido a lo anterior, este libro me parece distinto a otros que Herrera ha analizado en su serie –como los de Luis Larraín, Jovino Novoa o Axel Kaiser–, porque es un trabajo que le debe más al periodismo de opinión que a la filosofía política. Es por eso que, como apunta correctamente el profesor de la UDP, “no hay allí un estudio detenido de pensadores fundamentales de la política (…). Se menciona aquí y allá a intelectuales importantes, pero la verdad es que no se halla propiamente una discusión en la que se desbrocen sus argumentos”.

Como editor periodístico, me sorprendió por entonces la facilidad con que la prensa daba por buena –y hacía suya– una interpretación sociológica de la realidad del país hecha en tiempo real, a partir de sondeos de opinión, de las hipótesis de unos cuantos columnistas/expertos/académicos, y de los comentarios (nunca desinteresados) de una variada fauna de actores políticos.

Herrera tiene razón, entonces, cuando afirma que “el foco del libro, en cambio, es la actualidad, desprovista de demasiados adornos doctrinarios”. En efecto, esa fue siempre nuestra intención al escribirlo: no hacer un estudio ni una defensa del patrimonio intelectual de la derecha, sino poner en duda la lectura de las movilizaciones de 2011 que parecía instalada en el imaginario público.

Como editor periodístico, me sorprendió por entonces la facilidad con que la prensa daba por buena –y hacía suya– una interpretación sociológica de la realidad del país hecha en tiempo real, a partir de sondeos de opinión, de las hipótesis de unos cuantos columnistas/expertos/académicos, y de los comentarios (nunca desinteresados) de una variada fauna de actores políticos.

¿Cómo podía aceptarse tan de buenas a primeras, con los acontecimientos en pleno desarrollo y sin espacio para tomar distancia, que la sociedad chilena vivía un cambio de paradigma? Aun siendo así, ¿por qué había que creer que todo se debía a la súbita caducidad del “modelo” y a la imperiosa necesidad de remplazarlo por otro? ¿Y por qué casi todas las soluciones propuestas parecían convenientemente funcionales al empeño de la izquierda por volver al gobierno en 2014 sobre una plataforma de rechazo a la “democracia de los acuerdos”: más Estado, más impuestos a las empresas, fin del binominal, criminalización del lucro, democracia directa, nacionalización de recursos naturales, educación superior gratuita, etc.?

“Pero ¿no salieron los estudiantes a la calle, no se gestó un verdadero movimiento social que mantuvo en tensión a la clase política y al país entero? Los autores entienden que no”, dice Herrera. En realidad, no es tan así, y él mismo cita otra frase del libro que releva un matiz clave: lo que no existe, sostenemos, es “un malestar arraigado en la sociedad chilena, producto de la frustración de sus habitantes con aspectos medulares del sistema político y económico”, y que la haga desear un drástico cambio de modelo. Lo cual no es muy distinto a lo que ha reconocido el propio Mayol al constatar recientemente “el derrumbe del derrumbe”.

También Herrera admite que es cierto que la sensación de malestar “no se extiende a la democracia en cuanto tal, ni al mercado pura y simplemente”, porque el asunto es harto más complejo, pero eso es precisamente lo que aseveraban muchos en 2011 y lo que nuestro libro pretendía rebatir, que el modelo –de democracia y de mercado– tenía las horas contadas. Nada de esto impide estar básicamente de acuerdo con él cuando cuestiona “la versión chilena de la economía de mercado, la cual ha privilegiado el oligopolio, y la versión chilena de la democracia liberal, que ha permitido la cartelización oligárquica y la centralización de la política”, porque, tal como dice, “la oligopolización y oligarquización de la economía y la política son los peores aliados, precisamente, del mercado y la democracia que los mismos Oppliger y Guzmán quieren defender”.

Por otro lado, Herrera critica nuestro juicio de que muchas de las ideas de izquierda detrás de la tesis del malestar social son anticuadas, pues estima que eso es recurrir “a la floja táctica de la descalificación”. Yo creo que es más bien calificarlas por lo que nos parecen, ¿o acaso es una propuesta intelectual novedosa, por ejemplo, postular una remozada fe en la capacidad del Estado –alimentado con nuevos y masivos recursos financieros– para resolver problemas en una gama cada vez mayor de ámbitos? Y prometer que la democracia directa imbuirá automáticamente al sistema político de una legitimidad a toda prueba, ¿no es también una idea bastante añeja y, de paso, probadamente fallida?

Herrera concluye diciendo que nuestro diagnóstico “ha quedado en gran parte obsoleto, pero no por antiguo, sino por falta de alcance comprensivo, apenas un año y medio después de la publicación de su libro, con la apabullante victoria de Michelle Bachelet, que incluye en su programa precisamente esas propuestas mayoritarias, las cuales, aunque con errores y retrasos, ya han comenzado a ser ejecutadas por su gobierno”.

Discrepo. Ya resulta obvio que esa victoria, si bien “apabullante”, no consagró el predominio de las ideas que criticamos en nuestro libro por superadas e inconducentes: la intensidad y amplitud del imprevisto rechazo ciudadano y corporativo a aspectos medulares de las reformas más importantes de Bachelet –que tocan principios básicos, como la libertad de educación y el lucro legítimo–, junto con los escollos políticos que han enfrentado, más bien sugieren que los chilenos están muy dispuestos, incluso impacientes, por hacer cambios profundos en áreas donde saben que son urgentes, como la educación, la salud o el buen funcionamiento del libre mercado, entre otras, pero que son reacios al tipo de giro radical que los ideólogos del malestar estimaban inevitable hace apenas un par de años.

La afirmación taxativa de que las protestas de 2011 eran la expresión de un profundo malestar social, nacido de la frustración de los chilenos con su modelo de sociedad, es hoy tan voluntarista como entonces. El mensaje del libro no era que “aquí no ha pasado nada”, sino que el grueso de los cambios que los chilenos desean para su sociedad no obedece a los motivos ni va en la dirección que el discurso progresista dominante ha logrado convertir en matriz de opinión.

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