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La Nueva Mayoría como amenaza conservadora

por 19 diciembre, 2014

La Nueva Mayoría como amenaza conservadora
Todo hace presagiar que el 2015 estará marcado por nuevas obstrucciones a la democratización del espacio público. El riesgo no se puede descartar; la clase política tiende a neutralizar las “energías utópicas” con la prédica del realismo (gradualismo, responsabilidad, etc.). A pesar de lo anterior, más allá de las dudas razonables, el 2011 persistirá como “pantalla moral” contra los pactos de gobernabilidad que la “generación Boeninger” pretende perpetuar.
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“Me parece que no somos felices….”, escribía hace 100 años don Enrique Mac Iver. Ello en el marco de una reflexión sobre la crisis que por entonces vivía la sociedad chilena, expresada en el profundo malestar ciudadano que anticipaba la debacle de la cuestión social. A comienzos del pequeño siglo XX, nos encontramos con un cuestionamiento frontal a la institucionalidad vigente que posteriormente se expresó en un conjunto de movimientos contra el Estado oligárquico.

Cien años más tarde, y situados en otro universo histórico, el PNUD (2001) “denunciaba” nuevamente el malestar ciudadano –paradójicamente– en plena consumación de la “sociedad de consumo”. No es casual la analogía. A poco andar fuimos testigos del despertar crítico de la sociedad chilena (2011). Una proliferación de “minorías activas” trazó una extensión de la conflictividad. Como bien sabemos, una explosión de politicidad dejaba al descubierto las estéticas del consenso cultivadas por la elite política. La inflexión que todos hemos conocido dio paso a un programa de reformas que guarda una tibia similitud con el proyecto mesocrático que se inauguró a partir de 1920 (primer gobierno de Arturo Alessandri). Hemos transitado de la cuestión social a la cuestión educacional. En el contexto de los regímenes latinoamericanos los movimientos sociales son un activo de las “democracias híbridas”; la acción movimientista puede contribuir en procesos sociales más globales a través de la dispersión de fuerzas (emocionales, simbólicas, semióticas) contra los lenguajes oficiales, más aún si la acción colectiva es capaz de transgredir el institucionalismo –discursivo– del sistema de partidos.

Hemos aprendido de Touraine que los movimientos pueden articular demandas materiales del tiempo industrial, o bien, adicionar reivindicaciones postmateriales –liberales o de “cuarta generación”–. En la experiencia chilena, dada la apertura a un nuevo universo sociopolítico, no faltaron quienes catalogaron el proceso de politización del 2011 como el “mayo chileno”, cuyo emblema fue una declamación radical por la “igualdad universal”. En ese mismo contexto algunas “voces críticas” se precipitaron en interpretar velozmente este fenómeno desde la Multitud de Toni Negri (Imperio).

La disrupción del movimiento estudiantil tuvo características explosivas e inesperadas. De un lado, ningún “tecnólogo de Estado” pudo anticipar los efectos del exuberante “pensamiento utópico”; de otro, ni el más entusiasta activista podía predecir el potencial transformador que se abría durante el año 2011. Un torrente de ciudadanía con inclusión de universitarios, secundarios y sujetos sociales contribuyeron a impugnar los estrechos moldes institucionales de la modernización pinochetista. La producción de “sujetos dóciles”, en tanto expediente naturalizado en el campo de la Concertación, quedaba en evidencia.

Las dinastías clericales del centro político, el peso de la elite confesional, los enclaves conservadores de la Nueva Mayoría y la “razón” gestional que se apoderó del discurso concertacionista, obligan a las fuerzas de la reforma a una mitigación de los cambios comprometidos. Incluso, por algunos momentos, el Partido Comunista, pese a su compromiso explícito con un programa de profundización democrática –la hoz y el martillo en plena trama neoliberal–, se asemeja más bien a una corriente socialdemócrata que avanza en la dirección de un “neoliberalismo corregido”.

La irrupción de un movimiento de esta envergadura fue posible gracias a una articulación de “significantes comunes”, demandas de género, de vida en pareja, de ciudadanía, del sector público, HidroAysén, de educación de calidad, etc. Aquí la consigna se vinculaba a la necesidad de avanzar hacia reformas estructurales del sistema educativo, es decir, la gratuidad universal opera en las antípodas de la matriz que la Dictadura impuso desde 1981. Una subjetividad política distinta, otras metaforizaciones entran en escena, otros ritos y lenguajes vienen a cuestionar el lucro como eje organizador de un modelo basado en la secuencia calidad-precio, reclamando y actualizando la discusión sobre el protagonismo del Estado. De tal modo constatamos una demostración de “energías utópicas”, que pueden ser retratadas como fuerzas reprimidas en el imaginario de la izquierda chilena –pactos transicionales mediantes–. La década de los 90 concebida como un “largo bostezo” fue el resultado de las tecnologías de gobernabilidad. La izquierda concertacionista “sometida” a un proceso de derechización por el efecto de homogeneidad que genera el sistema binominal se encontró con las banderas originales del “programa abandonado” e hizo catarsis, dando rienda suelta a sus pasiones reprimidas durante dos decenios de neoliberalismo avanzado –queda pendiente su apego casi doctrinal al modelo de bienes y servicios–.

La acción colectiva ha contribuido en la configuración de redes que representan un primer activo: las redes fundan “sinergias” que movilizan a los sujetos sociales. Las redes son una manifestación que se conecta con este tiempo de esferas virtuales, la conexión es muy envolvente, y se expresa como una forma de generar opinión pública. Este es un recurso nuevo, y opera con un elemento dinamizador importante, un mecanismo movilizador que funciona desde la comunicación política. La importancia de las redes sociales (traslada el lugar de la polis al nuevo ágora medial) en los reclamos sociales con los gobiernos locales, y con los gobiernos centrales, con las empresas del retail, es un ejemplo de la relevancia de este recurso.

Tras el movimiento estudiantil comenzó a migrar la estetización de los antagonismos, se crearon hitos, relatos, performance urbana que fue un despliegue de “escenificaciones del malestar”. Todo ello cristalizó en la extensión de la protesta social. Para el anecdotario, cabe recordar una propuesta estética multitudinaria y carnavalesca, muy simbólica, como la imagen del Presidente Allende que operaba como una pantalla moral –como síntoma– de las reformas en curso. En este sentido, se instala la tesis de que el movimiento estudiantil comprende un momento de inflexión en el “paisaje neoliberal”. Otra discursividad parece imponerse con un acento en la extensión de los derechos seculares. Hay una nueva sensibilidad en la opinión pública, tanto es así que se reordena el mapa político-cultural; producción de cultura constituyente. ¿Qué profundidad tendrá esta tendencia? Es difícil pronosticar sus alcances, pero se abren “válvulas de escape”, cuya validación dependerá esencialmente de la acción colectiva de los movimientos sociales y de su interpelación al Estado. El anhelo de que el clamor ciudadano se imponga por encima del ordenamiento elitario, y la herencia censitaria, es evidentemente complejo por la inercia a transformar las aspiraciones sociales en medidas tecnocráticas que apuntan hacia una focalización de las intervenciones del Estado, y aquí, por primera vez, para el modelo neoliberal en Chile está en juego el rol que se le asigna al Estado. El contenido ideológico de las demandas será de vital importancia para los procesos sociales liderados por una sociedad civil que pulsiona por una soberanía distinta.

La “lucha de deseos” –la circulación de nuevos significantes políticos– que tuvo lugar desde el año 2011, abrió nuevos espacios en los mapas político-culturales (la reforma tributaria, la asamblea constituyente, el régimen público). La “sociedad civil” y sus ritos instituyentes vienen a redefinir nuevos objetos de politización, inaugurando un orden semiótico basado en derechos sociales. La racionalidad utilitaria del mercado es “interpelada” por una subjetividad política basada en derechos, hay una rebelión frente a los relatos dominantes, una reconfiguración de los significantes políticos. Este actor social nos devuelve la discusión de la política cuando los ‘realitys’ parecían ser la sensación de los tiempos neoliberales. Tras la larga noche del “pensamiento único”, la hora de la política tuvo un inusitado retorno, al menos como una ruptura que pone término al ocultamiento de aquellos lenguajes declarados interdictos según los códigos tecnoempresariales.

Sin embargo, y a pesar del efecto expansivo de la reforma, hemos tenido un año (2014) marcado por la “amenaza conservadora”. Hay aspectos que no podemos subestimar. Las dinastías clericales del centro político, el peso de la elite confesional, los enclaves conservadores de la Nueva Mayoría y la “razón” gestional que se apoderó del discurso concertacionista, obligan a las fuerzas de la reforma a una mitigación de los cambios comprometidos. Incluso, por algunos momentos, el Partido Comunista, pese a su compromiso explícito con un programa de profundización democrática –la hoz y el martillo en plena trama neoliberal–, se asemeja más bien a una corriente socialdemócrata que avanza en la dirección de un “neoliberalismo corregido”. El dilema mayor, la incertidumbre más radical, es por el destino final de esas energías instituyentes en los procesos de institucionalización que están en curso.

Todo hace presagiar que el 2015 estará marcado por nuevas obstrucciones a la democratización del espacio público. El riesgo no se puede descartar; la clase política tiende a neutralizar las “energías utópicas” con la prédica del realismo (gradualismo, responsabilidad, etc.). A pesar de lo anterior, más allá de las dudas razonables, el 2011 persistirá como “pantalla moral” contra los pactos de gobernabilidad que la “generación Boeninger” pretende perpetuar. En El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1854) Marx sostenía que la historia se repite dos veces, primero como tragedia –transición pactada, sociedad de consumo y gobernabilidad neoliberal– y, segundo, como farsa; es de esperar que la última parte de la sentencia ancestral no encuentre condiciones materiales en los tiempos venideros.

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