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Ricardo Lagos: entre bovarismo y cesarismo constitucional

por 1 abril, 2015

Ricardo Lagos: entre bovarismo y cesarismo constitucional
Vanidoso, como es Ricardo Lagos –si no creen, pregúntenle a Alfredo Jocelyn-Holt, quien en su reciente nueva edición de El Chile Perplejo lo describe “en cuerpo y alma”–, ante el cortejo presidencial, pone en ristre su cédula de identidad, pero en el acto lanza su propia y particular iniciativa constitucional. Es decir, de pronto nos encontramos con un personaje que, por una parte, dice “no, no… por favor!”, pero que, por otra, demuestra un hambre voraz por aprovechar la “oportunidad de negocios” que el “nicho constitucional” representa hoy en la sociedad chilena, oportunidad, mal que mal, sentida como una necesidad real por todos, pero que en la manos de Lagos no es más que otra carta para relanzar su vuelta al poder, ahora no sólo como una necesidad desde el seno empresarial financiero, sino que además aparentemente republicana.
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Son raros estos personajes a los que recurren de vez en vez ciertas élites nacionales. La rareza proviene más de la autoconsciencia de esos personajes, por cierto, que de los intereses de quienes –en un ejercicio arqueológico que recuerda a los mejores egiptólogos– pretenden imponer, casi por aclamación popular, el que creen es su mejor carta del momento.

En este sentido, no llamó la atención cuando hace algún tiempo Gonzalo Cordero, adalid (¿samurái?) de esos intereses de los que hablábamos, “lanzó” la idea de “Lagos Presidente”. Cuando leímos su columna hace algunos meses, varios –entre los que me incluyo– leyeron el relato y la idea de fondo sin mayor asombro, pues Ricardo Lagos es el mejor candidato de nuestro criollo y triunfal neoliberalismo postpinochetista.

Ricardo Lagos es la encarnación del “eros financiero” y de la “pulsión por los negocios”, lo sabemos; pero, al mismo tiempo, es quien lidera una especial interpretación de la socialdemocracia o lo que ellos llaman “izquierda”, que consiste en poner a la violencia y el orden del Estado a favor del mercado hasta el límite de transfigurarlo a él mismo –el Estado– en uno de corte neoliberal: todos ganan (según Lagos), todos felices. Pero esto no es lo raro, ni llama a asombro. Lagos es su mejor carta.

Lo raro es que, de tanto bombearlo, las ínfulas monttvaristas, el animus portaliano o derechamente el delirio trufado de gloria, tomen cuerpo en la autoconsciencia del personaje. ¿Cómo no percatarse de la distancia que hay entre –digamos– su sola efigie y el Chile actual? ¿De verdad alguien como él puede cometer este tan craso error?

Ricardo Lagos demuestra tener una facultad innegable de concebirse a sí mismo como no es en realidad, y peor, como efectivamente no es percibido por la ciudadanía en caso de ser nuevamente candidato a la Presidencia: es a lo que el pensamiento latinoamericano llama “bovarismo”, a propósito de Flaubert y de la fantasías idílicas de Madame Bovary, por cierto, pero, sobre todo, a propósito de ese atavismo tan propio de nuestros próceres republicanos, revolucionarios o guerrilleros.

Vanidoso, como es Ricardo Lagos –si no creen, pregúntenle a Alfredo Jocelyn-Holt, quien en su reciente nueva edición de El Chile Perplejo lo describe “en cuerpo y alma”–, ante el cortejo presidencial, pone en ristre su cédula de identidad, pero en el acto lanza su propia y particular iniciativa constitucional. Es decir, de pronto nos encontramos con un personaje que, por una parte, dice “no, no… por favor!”, pero que, por otra, demuestra un hambre voraz por aprovechar la “oportunidad de negocios” que el “nicho constitucional” representa hoy en la sociedad chilena, oportunidad, mal que mal, sentida como una necesidad real por todos, pero que en la manos de Lagos no es más que otra carta para relanzar su vuelta al poder, ahora no sólo como una necesidad desde el seno empresarial financiero, sino que además aparentemente republicana.

Nadie es tan ingenuo para no darse cuenta y menos para no advertir la treta. Lo raro, insisto, es la autoconsciencia del personaje.

Lo que de verdad sucede es que Ricardo Lagos, muy lejos de ser el político global que aspira a ser, no hace sino demostrar un “bovarismo” y un “cesarismo” típicamente latinoamericanos.

Ricardo Lagos demuestra tener una facultad innegable de concebirse a sí mismo como no es en realidad, y peor, como efectivamente no es percibido por la ciudadanía en caso de ser nuevamente candidato a la Presidencia: es a lo que el pensamiento latinoamericano llama “bovarismo”, a propósito de Flaubert y de la fantasías idílicas de Madame Bovary, por cierto, pero, sobre todo, a propósito de ese atavismo tan propio de nuestros próceres republicanos, revolucionarios o guerrilleros.

Lo interesante es que, además, esa facultad la mezcla Lagos a la perfección con otra, con una que demuestra un especial entusiasmo redentor (¿febril?) por refundar la Constitución que él mismo, con su firma y sus pactos, ayudó a anclar todavía más en el tejido social de nuestro país: es lo que perfectamente podríamos nombrar como “cesarismo”, reinterpretando al intelectual venezolano Laureano Vallenilla.

En fin, valgan estas dos metáforas para tratar de entender lo raro que está pasando. En Ricardo Lagos “bovarismo” y “cesarismo” se complementan a la perfección, pues obra como un “César” y cree ser percibido como tal, cuando en la sociedad, hoy por hoy, sólo habemos jacobinos.

Ambos, “bovarismo” y “cesarismo” conforman en él un bucle recursivo perfecto: no es necesario malgastar tiempo en pensar cuál es causa o cuál efecto. Da lo mismo: Ricardo Lagos o la facultad de concebirse políticamente diverso a como se es en realidad; Ricardo Lagos o el redentor “tapado” del “alma nacional republicana” de nuestra élite. Raro… muy raro.

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