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El neoliberalismo lumpeniza a la sociedad chilena

por 4 junio, 2015

El neoliberalismo lumpeniza a la sociedad chilena
La fetichización del relato nacional construye el deseo y la imagen como un signo potente, donde la lógica del éxito y el lucro se transforman en una aspiración cultural a cualquier precio. Y eso es lumpen porque no da cuenta de responsabilidad moral, sino de ganar. Las formas se hacen confusas, ya que el contenido es ganar, hacerla, no importa cómo.
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Este flaite lumpen no entiende la entrega a otros, solo entiende y descifra en su imaginario que hay malos y buenos, avivaos y giles, y que los cabros que marchan son giles que dañan la propiedad y por eso hay que piteárselos, andan puro hueviando marchando, ¡no saben que hay que hacerla corta! Para este flaite fascista la otredad no existe, no hay amigos; son traicioneros y tiranos hasta las últimas consecuencias. [

Un país donde la avivá ganadora cruza los estratos sociales, el neoliberalismo lumpeniza transversalmente a la sociedad chilena, y surgen estos vivos de cuello y corbata, con postgrado adelantado y sofisticado, pero al final da lo mismo, no hay que hacerse rollo y atinar hacia la ganancia como clave espiritual e ideológica. Es una franja elitista heredera de una filosofía de los Chicago Boys, en una versión muy chilensis. Son ejecutivos modernos que huelen a perfume caro y a truco en sus palabras, siempre van a disminuir los costos y maximizar ganancias, a costa de colusión en los precios, renegociación de créditos unilateral, estafa a las inversiones de la vivienda de años, quiebras fraudulentas, cheques sin fondo, explotación de trabajadores y la inyección interesada de recursos en la política, entre otros.

El negocio de la vida, dirán los más esencialistas, pero no un negocio responsable con el entorno humano y ambiental sino un negocio chanta, un negocio lumpen a pesar de toda la sofisticación de las oficinas y trajes. Un negocio sin fe en los trabajadores y trabajadoras, un negocio sin fe en el talento creativo porque impera una mentalidad ultraconservadora. Y ahí toda esa bipolaridad entre una modernidad prometida, tecnológica de logo retail, de mall, de técnicas de marketing psicosocial y conservadurismo beato y facho. Esta ideología tiene una bipolaridad en su seno, vende un mundo moderno y en su sustancia valórica es marcadamente retrogrado. Quién sabe si esa descompensación de litio social es parte de un contexto significativo que se entrama con la gran cantidad de trastornos bipolares en nuestra sociedad. En algún punto los contextos político-ideológicos pueden gatillar trastornos psicosociales.

Hay un facilismo en el despojo del Estado (punto cero neoliberal), empresas trasladadas a manos privadas a precios irrisorios, hay desfachatez y oportunismo. Una crueldad, técnica, fría y calculadora, esa cosa tan prepotente que tiene el discurso positivista y mercantil. Calza tan bien con la intención de despolitizar y hacerlo todo mercancía, se construye un castillo de crecimiento que nunca logra cobijar y que más bien excluye a una gran cantidad de chilenos que pernoctan en los alrededores dispersos.

Aquí hay una burguesía nueva que no surge del trabajo sino del alinearse con los milicos y toda la carga moral que conlleva, no se requiere sacrificio y creatividad sino guata y en muchos casos se aprenderá en el camino. De cualquier forma a los nuevos ricos de Chile se les parió desde el desfalco y nacieron al amparo de los verdugos. Hay una raíz ética compleja, hay un dispositivo en el terror y otro en la oportunidad de clase, en ningún caso meritocrático, es algo que se fragua entre los cortesanos de la dictadura. Weber estaría desilusionado porque nada muy bueno puede salir de una ética tan estrecha, tan sinvergüenza.

Así hay también flaites cuicos (medios lumpenizados) que son una subcultura rara, pero parte de un sincretismo muy criollo, es carrete, juventud y modismos estereotípicos. Son una moda de jeans y gorra, aros y tatuajes, un habla de jerigonza sintética y grandilocuente, diminutiva como reflejo de un espacio cultural limitado. Pero gana, gana espacios y adeptos flaites, es una manía que crece como un activo toxico, es increíble.

Como toda tribu es un paisaje que ya es parte del mobiliario urbano, sobre todo, inyectando esa dosis de reggaeton a nuestra convivencia, uno puede ver a distancia su indumentaria y sus zapatillas que son un amuleto especialmente fluorescente. Se sienten, se dejan notar en los espacios públicos, los signos de su ethos sedimenta espacios juveniles importantes. Es esta una lumpenización muy simbólica, donde todos esos modales se transforman en una costumbre urbana, que emula una vulgaridad subalterna pero que, en definitiva, se traduce en un espacio muy transversal en la sociedad.

La cultura neoliberal llega a las poblaciones y narcotiza sus pasajes y esquinas, y crea esta pequeña burguesía lumpen que consagra el derecho a propiedad como valor total. Los vivos lumpen pueden ser perfectos defensores del orden, porque ganar es la máxima, se la ganan a los giles. Cómo podrían entender el valor y la entrega de muchas víctimas de las luchas sociales, es en los valores más altos donde hay una entrega por los demás, por este próximo prójimo que definiría Benedetti.

A estos flaites inundar a su pueblo de angustia hasta la ganancia en fajos de dolor ajeno, les da lo mismo. Son pequeños dictadores en sus cuadras, donde más de alguna vez dispararon una bala loca con que hirieron a un inocente anónimo, que murió por ser pobre y vivir cercado por lo que se respira en las poblaciones de Chile, un miedo colateral que hace que la gente se entre temprano, no cruce por determinados lugares y no ocupe los espacios públicos. Todo esto se televisa porque hay un discurso mediático que monta una teleserie policial al estilo yanquilandia y se crea el discurso reaccionario de la “seguridad”. Es una política comunicacional del miedo y del culto a la seguridad. Sobre una doctrina que requiere instalar la violencia para hacer sentir la necesidad de la protección.

Este flaite lumpen no entiende la entrega a otros, solo entiende y descifra en su imaginario que hay malos y buenos, avivaos y giles, y que los cabros que marchan son giles que dañan la propiedad y por eso hay que piteárselos, andan puro hueviando marchando, ¡no saben que hay que hacerla corta! Para este flaite fascista la otredad no existe, no hay amigos; son traicioneros y tiranos hasta las últimas consecuencias.

Este fascismo tectónico, dispuesto ahí como un eje en la disputa por los principios en una sociedad, emerge como el epitafio de dos voluntades que estaban soñando un país distinto, un país de derechos, un país con reforma educacional que corrija los aspectos estructurales de calidad pero, a su vez, cambie el eje hacia la gratuidad.

Los balazos fueron certeros hacia el adentro del movimiento, porque pegarle a la carne es pegarles a los sueños. La furia lumpenezca mató a diestra y siniestra, y creyó con eso castigar, detener y confrontar a estos estudiantes que vienen recorriendo, desde el adentro de Chile, un clamor transversal.

Esta lumpenización nos inunda como el smog de nuestra ciudad, se hace microfísica, se mete en  las relaciones sociales restándole honestidad y honor al diario vivir. Se lumpeniza todo, porque todos van en el negocio, y eso se extiende como una técnica insuperable, tanto que se transforma en un conductismo social, se impone como canon.

La fetichización del relato nacional construye el deseo y la imagen como un signo potente, donde la lógica del éxito y el lucro se transforman en una aspiración cultural a cualquier precio. Y eso es lumpen porque no da cuenta de responsabilidad moral, sino de ganar. Las formas se hacen confusas, ya que el contenido es ganar, hacerla, no importa cómo. Las formas se desintegran haciendo de los contenidos una misma clave mercancía. Se instala una desconfianza como carácter de las relaciones sociales, hay una gran inseguridad social respecto a los otros. Esta lumpenización neoliberal cumple con un rol transversal que se incrusta en el tejido subjetivo de los chilenos, hasta transformarla en una identidad nacional.

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