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No hay salud

por 17 junio, 2015

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Así parece, lector y lectora. No solo no hay salud en la salud –valga la redundancia–, sino tampoco en el subsistema económico, en el político-administrativo y, al parecer, poca también en el espacio de la educación y la vida cotidiana. Aunque, hay que decirlo, la actitud de estudiantes, profesores, pescadores artesanales, trabajadores de distintos sectores abren una luz de esperanza. Esas expresiones –claro, con sus ripios y todo– muestran una lenta recuperación de nuestra dignidad perdida como sujetos y ciudadanos. Dignidad perdida a manos del consumismo, de las tarjetas de débitos, de la acumulación de mercancías que brillan y atan la humanidad esencial de cada humano, para volverlo hosco, agresivo, competidor, insolidario, encerrado en sí mismo, cuando no, nihilista.

Es uno de los subproductos que hemos heredado y arrastrado desde los tiempos de Augusto I y de la adopción no participada y debatida del capitalismo mercadista como modelo de economía y de sociedad. Aunque algunos miembros de la elite intentaron convencernos de que el mercadismo supuestamente libre de ataduras no afectaría ni lo político, ni la educación o la cultura, ya vemos lo que ha sucedido.

Uno de los rasgos marcantes del ethos heredado desde la dictadura y lamentablemente continuado después, es la impunidad. Hemos sido indolentes como sociedad para hacer justicia, para hacer verdad, y para reparar tanto daño causado a tantas personas inocentes durante todos esos años. Para saber algo del paradero de los aun “desaparecidos”. Hemos sido indolentes y reacios a hacernos justicia a nosotros mismos, cuando un buen grupo de empresas chilenas, financiadas por todos nosotros y desarrolladas durante años, fueron traspasadas impunemente a manos privadas. Además, a vil precio. Entre ellas, Soquimich, Endesa y Chilectra. Ahora mismo se está negociando un tratado económico (Acuerdo Transpacífico, creo, lo llaman), que nos dejará –por lo poco que se sabe–, con menos margen de soberanía como país. ¿Para qué? Para cedérsela a las multinacionales pues, cómo no.

Fíjese que el “pobre” Sr. Ponce Lerou no podrá seguir ganando 104 millones mensuales. Sólo podrá recibir unos 11 millones. Así como a nuestros parlamentarios no les basta con ganar entre ocho y 14 millones mensuales, de seguro será “poco” para el estilo de vida de nuestras elites. Por mientras, la mayoría gana un promedio entre 300 y 500 mil pesos mensuales. Qué ético todo esto, ¿no le parece? Impunidad, secretismo y cooptación por el mercado han estado en la base de los sucesos actuales.

 Por eso podemos decir que no se trata de situaciones meramente personales, o de la actuación de algunos grupos o instituciones. Estamos viviendo un proceso de crisis de legitimidad creciente, tanto del modelo económico (que favorece, hay que saberlo, al 1% más rico), así como también del tipo de política y sociedad a que da lugar el predominio de una ideología y práctica neooligárquica.

Por eso podemos decir que no se trata de situaciones meramente personales, o de la actuación de algunos grupos o instituciones. Estamos viviendo un proceso de crisis de legitimidad creciente, tanto del modelo económico (que favorece, hay que saberlo, al 1% más rico), así como también del tipo de política y sociedad a que da lugar el predominio de una ideología y práctica neooligárquica. Y, por tanto, es la crisis al mismo tiempo de las elites económico-financieras, políticas y del poder armado, que sostienen este modelo de economía y sociedad. Por supuesto, no será fácil que esas elites lo reconozcan. Ya lo hemos visto: están algo ciegas y algo sordas respecto a su entorno. Demasiado engreídas en sus intereses de poder o en su vanagloria academicista.

Por lo mismo, también, es que muchos sostenemos que necesitamos una nueva Constitución. Pero no cualquiera y de cualquier modo. Es fundamental que sea producto de una elaboración participada y debatida. Que las decisiones de los ciudadanos sean, además, vinculantes. Todo eso permitirá ir elaborando paso a paso una nueva legitimidad, un nuevo compromiso ciudadano en pos de una sociedad en la cual quepan todos: los niños, los jóvenes, las personas de tercera y cuarta edad, los más pobres, pueblos originarios y diversas comunidades. Una sociedad en la cual por fin el humano, cada persona, la vida, el bien común, sean más importantes y tengan más valor que lo que “diga” el mercado, los inversionistas, los indicadores de riesgo, los de la Bolsa, los expertos, los índices de crecimiento, o la opinión de la OCDE y el Departamento de Estado. ¿No cree que ya basta de abusos o es esto sólo un sueño utópico, lector y lectora?

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