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¡El poder es para servir!

por 3 julio, 2015

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¿Por qué es tan difícil ponernos de acuerdo? Pese a que podamos coincidir en los diagnósticos sobre cuáles son los principales desafíos a abordar, qué debemos priorizar y cómo construir una mejor sociedad, nos topamos en las soluciones y propuestas. En el “cómo” emergen las diferencias y desencuentros. Es curioso que mientras casi todos reconocemos no ser dueños de la verdad y haber cometido errores en el pasado, igual, llegado el momento, aseguramos tener “la razón” en este tema puntual,  y que cualquier idea que provenga de la vereda contraria, no se puede mirar con seriedad y menos incluir, so pena de estar traicionando nuestras propias convicciones o el “credo” de mi grupo o partido.

Nada más nefasto para la convivencia de un país, que la prevalencia de ideologías que, con una importante carga emocional, no recogen la realidad en su complejidad, excluyendo e impidiéndonos encontrar los puntos en común. Una venda en los ojos que impide ver en el otro lado de la vereda ideológica, las propuestas sensatas, los aportes, las buenas ideas, que a veces pueden incluso coincidir con las propias.

Tanto derechas e izquierdas, casi como caricaturas, aparecen aferradas a sus espacios de poder, cada vez más disminuidos, cada vez más cuestionados, con bombas de racimo explotando por doquier, esperando que pase luego la tormenta, que la ciudadanía tenga mala memoria y que Chile gane la Copa América.

 Hoy sabemos que no existe esa mano invisible que regula la demanda y produce un equilibrio “mágico” en el mercado. Así como tampoco existe un Estado benefactor que vele por todos los ciudadanos, sin discriminar, haciendo uso eficaz y eficiente del dinero público, sin marañas burocráticas. Así como tampoco existe una sociedad civil en la que todos sus miembros se aplican por igual y nadie “se aprovecha” de los beneficios obtenidos por el esfuerzo de otros.

La Iglesia lleva más de dos mil años pregonando que el liderazgo tiene sentido solo en el servicio y que el afán de poder lleva a la corrupción del espíritu. “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mt. 20, 20 – 28).

Hace tres años, el Pontificio Consejo Justicia y Paz del Vaticano, publicó el documento “La Vocación del Líder Empresarial”, el que rescató el valor del emprendimiento y de la actividad económica, siempre y cuando esta fuera realizada por líderes conscientes de su rol social, ofreciendo al mercado productos y servicios de calidad, que satisfagan necesidades reales y no artificiales, brindando un desarrollo integral a los trabajadores, cuidando el medio ambiente y redistribuyendo las utilidades con justicia. Hoy sabemos que el mismo Pontificio Consejo está trabajando en la publicación de “La Vocación del Líder Político”, debido al fenómeno global del desprestigio y pérdida de la legitimidad de la clase política. A la Iglesia le preocupa, y mucho, que la democracia se debilite por quienes pregonan su defensa, pero que, llegado el momento, imponen al resto su forma de hacer las cosas. Le preocupa lo que ocurre en muchos países cuando quienes defienden la igualdad de oportunidades, la equidad social, la transparencia, etc., aprovechan los espacios de poder conseguidos para obtener beneficios cuantiosos, mirando la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. Tal falta de coherencia produce un daño inconmensurable a la confianza y a la paz social.

Si la inclinación al pecado no existiera, quizás funcionaría la libertad total, ya que todos tendríamos una perfecta capacidad de autorregulación, en pro del bien común. O bien, todo podría recaer, en efecto, en manos de un Estado central regulador, manejado por sujetos altruistas, íntegros, sin afán de poder sino, por el contrario, dispuestos a servir antes que todo. Pero ya sea alguien esté de acuerdo o no con la noción de pecado, tanto personal como social, todos sabemos que lo anterior es una utopía.

Lo que hemos visto es que muchos harán mal uso de su libertad, querrán acumular, se volverán codiciosos, mirando a los demás como instrumentos a sus fines. Y quienes alcancen el poder político querrán aferrarse a este y ocuparán sus talentos en estrategias para ello. “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Esta frase de John E. E. D. Acton, Lord Acton, le sirvió para argumentar las razones para eliminar la suerte de “inmunidad diplomática” que prevalecía en el siglo XIX hacia las figuras de autoridad del mundo tanto político como empresarial y también eclesial. En una época en que este tipo de cuestionamientos era una osadía impertinente, él supo ver el daño que a futuro podían hacer las elites intelectuales, religiosas, políticas o empresariales, cuando se aferraban al poder, sin rendir cuentas, aprovechando la ignorancia del pueblo, que se resignaba a su suerte.

Hoy sabemos, que no existe esa mano invisible que regula la demanda y produce un equilibrio “mágico” en el mercado. Así como tampoco existe un Estado benefactor que vele por todos los ciudadanos, sin discriminar, haciendo uso eficaz y eficiente del dinero público, sin marañas burocráticas. Así como tampoco existe una sociedad civil en la que todos sus miembros se aplican por igual y nadie “se aprovecha” de los beneficios obtenidos por el esfuerzo de otros.

Tanto el modelo económico como el sistema político, son medios, marcos para la actuación. No son fines ni verdades últimas que hay que defender a toda costa. Deben tener reglas claras, sensatas y líderes conscientes del impacto de su gestión. Líderes que se hagan los servidores de los demás. Al estilo del Papa Francisco. ¿A quiénes visita en sus viajes pastorales? Casi siempre, a los marginados, los excluidos, los sin voz. Mientras que a los poderosos no los condena, sino que los insta a estar a la altura de la posición social que detentan y les predica con el ejemplo. “El verdadero poder es el servicio”, suele decir el Pontífice, parafraseando a Jesucristo, que no discriminó al pobre, no discriminó al rico, pero sí tuvo duras palabras hacia los hipócritas que defendían una cosa en público y en privado hacían otra. Cualquier semejanza con la realidad, es mera coincidencia.

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