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La “(des)confianza ciega” y la democracia social

por 9 julio, 2015

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La (des)confianza es muy distinta a la (des)confianza ciega. La primera es una apuesta (ex ante), un crédito, que damos a algo, a alguien, y que, una vez que evaluamos (ex post) que no nos ha defraudado, renovamos una y otra vez, manteniendo así positivamente la relación. Según ello, la desconfianza se produce ahí donde esa evaluación cognitiva nos muestra, por el contrario, que hemos sido defraudados.

La confianza supone un momento de incertidumbre sobre si nuestras expectativas serán o no cumplidas; al confiar siempre arriesgamos algo. Supone además un momento de evaluación cognitiva. Supone en fin que puede perderse o ganarse y, de perderse, que puede recuperarse, y de recuperarse, que pueda volver a perderse, etc. Sólo bajo estos supuestos tiene verdadero sentido hablar de confianza o de su opuesto, de la desconfianza.

Ahora bien, si no hay incertidumbre ni riesgo la confianza no puede perderse, se trata de una “confianza ciega”. Si no hay incertidumbre ni riesgo no puede recobrarse, se trata de una “desconfianza ciega”. En ambos casos de ceguera no hay evaluación cognitiva, sólo hay creencia y nada que ocurra, nada que se haga puede cambiar esa creencia. En ambos casos es una cuestión de certeza, de seguridad; por tanto, no puede hablarse verdaderamente de confianza o de desconfianza. No es lo mismo, por tanto, desconfiar que desconfiar ciegamente.

 La encuesta COES da buenas pistas de que el grave problema político de la desconfianza ciega no es una cuestión referida sólo al sistema político. Los problemas de la democracia política, parece ser más bien expresión de deficiencias de la democracia social, de la justicia y la cohesión social.

Así como en muchos otros países, entre los que destacan varios de América Latina, en Chile desde hace mucho que no hay una encuesta de percepción ciudadana sobre las instituciones políticas que no detecte lo mismo: una desconfianza profunda en ellas, que además (por difícil que parezca) parece empeorar día a día.

Los casos Penta, Caval, SQM y Basura, entre otros, sólo han agudizado una situación prolongada desde hace, al menos, 20 años. La reciente encuesta COES sobre confianza habla de un “efecto piso”: pese a que la tendencia es que ella siga descendiendo ya no hay más espacio para ello. Traduzco esta sostenida tendencia en que las encuestas más parecen expresar la desconfianza ciega que evaluar los grados de desconfianza.

El problema no son las encuestas, sino el tipo de fenómeno: en un caso –el de la confianza o desconfianza– se trata de una evaluación cognitiva abierta (con los ojos abiertos) al comportamiento de lo que se evalúa. En el otro caso –el de la desconfianza ciega– se trata de una creencia, que no admite evidencia a favor de la política y sus personeros, sino solo en contra: evidencia confirmatoria. En el primer caso, hay incertidumbre; en el segundo, pura certeza: las instituciones políticas no son, en absoluto, dignas de confianza, de crédito y punto, se acabó. El saber ciudadano de que la política es pequeña, miserable, no parece refutable. Ello tiene la forma de un mito. El falsacionismo de Popper falla respecto de este tipo de saber popular, que sólo se deja ratificar, y difícilmente refutar.

Si es cierto que estamos frente a un caso de “desconfianza ciega”, más que de mera desconfianza, la pregunta es ¿qué hacer frente a ella?, ¿cómo se rompe un mito?, ¿cómo se vuelve a “abrir los ojos” de cara a la política? Esto es: ¿qué puede hacerse para que la ciudadanía vuelva siquiera a desconfiar –pero de verdad, evaluativa y críticamente– de los poderes del Estado y de los partidos políticos? El gran problema es que nadie lo sabe realmente.

Las Ciencias Sociales tienen tremenda responsabilidad frente a la perplejidad que causa este fenómeno, del que se conoce poco. La reciente encuesta COES sobre confianza entrega ciertas pistas relevantes:

Primero, la desconfianza ciega en las instituciones políticas se da en el contexto de una desconfianza ciega y generalizada entre ciudadanos. Salvo en los familiares y amigos más cercanos, nadie confía en nadie, por así decir.

Segundo, de manera coherente con ello, esa desconfianza ciega se da en el contexto de que la mayoría cree que en nuestra sociedad el éxito no se logra según merecimiento en el marco de una carrera en igualdad de oportunidades. En nuestra sociedad los que ganan y los que pierden tienden a ser “siempre los mismos”.

Tercero, pese a que ella se encuentra extendida a toda la población, la desconfianza ciega se agudiza en quienes tienen menos recursos y nivel educacional; y son estos además quienes tienen mayor apatía frente a la política. La encuesta COES asocia la desconfianza ciega a una imagen del Estado de naturaleza hobbesiana, de desconfianza generalizada entre ciudadanos y de una especie de ley de la selva, en la que las instituciones políticas tienen muy poca legitimidad entre ellas, sobre todo entre los que siempre pierden bajo dicha ley.

La encuesta COES da buenas pistas de que el grave problema político de la desconfianza ciega no es una cuestión referida solo al sistema político. Los problemas de la democracia política parecen ser más bien expresión de deficiencias de la democracia social, de la justicia y la cohesión social.

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