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La verdad sobre la pepa, la Michelle y los cuicos del Saint George’s

por Por María Teresa Larraín, periodista 16 julio, 2015

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Señor Director:

Hace unos días El Mostrador publicó una opinión escrita por don Jaime Retamal, titulada La Pepa, la Michelle y los cuicos del Saint George’s, que merece la pena responder y ruego a ustedes publicar.

Este agrio artículo está cargado de un tono que solo llama al odio de clases, algo que los chilenos habíamos superado, y que desgraciadamente, desde la dictadura hasta hoy, ha ido germinando. Ello debido a la tremenda frustración social que siente una gran mayoría de ciudadanos porque sus anhelos de justicia social han sido traicionados.

Es cierto que Michelle y los demás, sea por arribismo o por ignorancia, se han rodeado de un tipo de gente que ha negado su origen sociocultural. Quienes alcanzaron la máxima educación en los colegios “cuicos”, como señala el artículo, tenían como deber ser lo líderes de los cambios revolucionarios, tal como lo fue Fidel Castro en Cuba en 1959, Karl Marx, Lenin, o Trostky en otras épocas… Ellos encabezaron la mayor revolución social del siglo XX y provenían de familias de clase media alta, educados en los mejores centros de instrucción de sus tiempos.

No es bueno escribir en una lógica que hoy no nos sirve, al contrario, nos separa. Yo tengo el orgullo de haber estudiado en uno de los mejores colegios de Chile y el orgullo de mi procedencia. Nunca he negado esta cuna de oro y, por lo tanto, soy privilegiada en esta sociedad. Siempre, desde pequeña me enseñaron la “parábola de los talentos” del evangelio, o sea, había que multiplicar los talentos, y comprometerse con la sociedad donde debía desarrollarme. Muchas familias de colegios como los mencionados y quienes egresaron de allí, siguieron este ejemplo.

Estudien la historia política de nuestro país y perciban que los grandes líderes que lucharon por la cuestión social en Chile se juntaban sin preguntarse de dónde venía quién. Sigan los primeros años del padre Alberto Hurtado, de Marmaduke Grove, Luis Emilio Recabarren o Pedro Aguirre Cerda, solo por mencionar algunos de nuestros más importantes líderes sociales. Estudien el origen del Presidente mártir Salvador Allende, un hombre que dio su vida por la causa de los trabajadores. Ellos provenían de clase media y alta, y lucharon por los que no tenían nada, deseando elevar el estándar de vida de sus semejantes, creando una buena educación pública, que fue destruida a partir de 1980.

Nuestros líderes revolucionarios han sido traicionados de una manera brutal. Los actuales dirigentes políticos hacen gárgaras con estos próceres de nuestra historia social, pero no captan que les traicionan día a día con su abulia e indiferencia del compromiso social. Tanto quienes egresaron de colegios cuna de oro, como los que venían de liceos o provincias, con el éxito se olvidaron de su deber social y apoyados de la vanidad que da el poder, engrosaron sus arcas personales, tanto en sus bolsillos como en el poder que los hace ser intocables. Con ello traicionaron el único deber que esta sociedad les exigió: el deber de servir, y no ser servidos. La Iglesia católica en sus encíclicas ha denunciado esto como el mayor pecado social. Pero estos señores, la mayoría con lenguas largas el domingo comulgando, se olvidan de ese deber social y menos se confiesan de este pecado. Más les preocupa la cuestión sexual y los valores que ellos siguen a pie de juntillas guiados por una Iglesia chilena corrupta y vergonzante.

Con respecto a Michelle y a las otras señaladas en la crónica, sigo creyendo que su pasión por el poder, y cierto arribismo social, les hizo perder la brújula. Con un prisma chato y añejo han traicionado hoy lo que más anhela el pueblo: que le sirvan acorde a las demanda de justicia social, empezando por dar una auténtica educación pública y de calidad desde que el niño nace, y no llenarse la boca con anuncios que saben bien no podrán efectuar. Este populismo demagógico nos tiene a todos en la incertidumbre y en la desconfianza feroz de unos con otros. De ahí que este artículo perdió su brújula…

No se trata de colegios cuicos o de colegios de provincias, de niñitos bien con niñitos más o menos. Se trata de abordar el tema sin una frustración personal, por cuanto esto limita toda reflexión. Este país tiene una gran clase media formada por todos nosotros, al margen de nuestros orígenes. Y es eso lo rescatable.

Lo que sucede hoy es que quienes traicionaron a esta gran clase media no miran más allá de sus narices, ni menos han activado sus conocimientos en torno al compromiso social. Quizás por compartir más sus brindis en salones cerrados y sentir los aplausos del 1% de este país que es la derecha económica. La cual, por cierto, los alimenta con boletas y facturas falsas, y así los compra en este carrusel de falsedades. La líder de toda esta contumacia lanzó una frase para el bronce: "Realismo sin renuncia".

Será esto avanzar sin renunciar a ninguno de los privilegios que esta clase política ha ganado a costa del dolor y la decepción del gran pueblo chileno, incluidos ricos y pobres, cuicos y no. Todos ellos ciudadanos honestos que trabajan, pagan sus impuestos y que juntos han hecho de este país, en su historia, lo que fue hasta 1973, cuando la dictadura partió a Chile en dos y nunca más nos hemos podido encontrar como verdaderamente hermanos. Ni 25 años de democracia permitieron que el alma de Chile se recuperase. De ahí la traición recibida y la deuda que llevamos en nuestros hombros. Lo que se vive hoy es un paréntesis enquistado en un barco conducido sin timón cierto y, por ende, navega hacia su propia destrucción. Tragedia para todos los justos de este país.

Por María Teresa Larraín

Periodista

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