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Un chileno hincha de Argentina

por 24 julio, 2015

Un chileno hincha de Argentina
En Argentina, donde viví ocho años, fui muy feliz. Nunca me hicieron sentir extranjero. Tuve un buen empleo, gocé de un Código Laboral hecho para los trabajadores, no para los empresarios. Disfruté todo lo que una ciudad cosmopolita como Buenos Aires puede ofrecer: cine a bajo precio, libros baratos, cartelera teatral interminable, y un largo etcétera que seguramente muchos de ustedes ya conocen.
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Hace algunas semanas, en la Copa América, se dio el peor final posible para mí: Chile, mi país de origen, versus Argentina, el país que amo.

Fue lo peor porque me hizo pelear con todos: mi mujer, mis amigos, mi familia, mis colegas. Todos hinchaban por Chile. Ninguno entendió por qué yo lo hacía por Argentina. Luego pasó lo que pasó: Argentina perdió. Y yo la pasé muy mal.

Aclaremos algo: no soy chileno 100%. Ni siquiera nací en Chile. Mi madre es chilena y gracias a ella me hice chileno a los 16 años, a los dos años de llegar de un exilio que se desarrolló en Alemania Oriental y Colombia. Y sin embargo, desde pequeño, cuando me han preguntado de dónde soy, siempre he dicho “soy chileno”. Era chileno en Dresde, donde los cabezas negras como yo éramos como unos extraterrestres. Era chileno en el Colegio Andino de Bogotá. Nunca dije: “Soy colombiano” o “soy alemán”. Siempre fui chileno, y eso siento. ¿Pero eso me obliga a emocionarme con la Roja o con el himno, cuando no me pasa, cuando no lo siento?

La verdad es que la pasión –o el amor– por un país lo conocí fuera de mi país. Fue en Argentina, donde en 2003 me autoexilié –a lo mejor imitando de forma inconsciente el exilio de los 70 de mis viejos– a los 27 años. Me fui asqueado de un Chile en eterna transición, aburrido de vivir siempre con tres chauchas, enamorado de una ciudad que conocí en unas vacaciones en 2001 (Buenos Aires) y de una mujer. Y más encima en Argentina, después de un inicio difícil, me fue bien, de hecho nunca había vivido tan bien.

A lo mejor eso explique por qué me enamoré de ese país. Ojo, nunca me sentí argentino, ni me nacionalicé (tendría que haber renunciado a mi nacionalidad chilena, y tampoco quería eso). Nunca diría “soy argentino”, porque no es verdad, aunque me fuera para allá para siempre. Pero sí puedo decir que esa ciudad y ese país atraparon mi corazón y mi razón, probablemente para siempre.

De los argentinos me gusta casi todo: desde los acentos hasta los paisajes diversos de norte y sur, las mujeres (ni qué decir), la comida (llegué al país indicado, siendo un fanático de la pizza y la carne), sus héroes (por algo el Che es argentino), su actitud frontal, su simpatía… Soy abstemio, pero allá nadie me cuestionaba eso. Me enamoré hasta de sus políticos: vi a Kirchner estatizar las AFP e YPF, lo vi “tomarse” la ESMA, instalar la Asignación Universal, enfrentar a Bush. Y me hice K. Soy K.

 De los argentinos me gusta casi todo: desde los acentos hasta los paisajes diversos de norte y sur, las mujeres (ni qué decir), la comida (llegué al país indicado, siendo un fanático de la pizza y la carne), sus héroes (por algo el Che es argentino), su actitud frontal, su simpatía… Soy abstemio, pero allá nadie me cuestionaba eso. Me enamoré hasta de sus políticos: vi a Kirchner estatizar las AFP e YPF, lo vi “tomarse” la ESMA, instalar la Asignación Universal, enfrentar a Bush. Y me hice K. Soy K.

Y por supuesto, también me hice hincha de su Selección. Los vi jugar muchas finales, perder algunas (Copa América, Mundial) y ganar otras (Olímpicos, Sub 20, etc.). Y me hice de Boca, que también me entregó mucha felicidad.

Como digo, en Argentina, donde viví ocho años, fui muy feliz. Nunca me hicieron sentir extranjero. Tuve un buen empleo, gocé de un Código Laboral hecho para los trabajadores, no para los empresarios. Disfruté todo lo que una ciudad cosmopolita como Buenos Aires puede ofrecer: cine a bajo precio, libros baratos, cartelera teatral interminable, y un largo etcétera que seguramente muchos de ustedes ya conocen.

Sin duda es un país que tiene defectos, muchos, pero… la mujer que uno ama también los tiene. Se dicen las cosas a la cara, tienen un sentido para disfrutar la vida –desde un simple mate hasta un asado– que probablemente viene de los italianos, igual que su sofisticación en el arte. Amé su franqueza, su pachorra, su autenticidad, que los diálogos de las películas suenen a verdad, a calle, igual que las canciones.

A lo mejor mi amor también tiene que ver con que me sentí incluido desde el principio, con que nadie me cuestionaba por ser como soy. Nunca me sentí “en proceso de admisión”, ni siquiera económicamente: aunque fuera pobre como una rata, podía ir al cine por dos pesos o a alguna obra a la gorra, o comer una pizza Ugi’s…

Si volví fue por otras razones, pero el amor está intacto. Aunque los chilenos me odien.

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