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Oriente Medio, los malos y los buenos

por 11 agosto, 2015

Turquía hará todo lo posible por mantener asegurados sus límites, pero –y ahí reside el peligro- avanzando más allá de sus límites. En estos mismos momentos, asentamientos poblacionales kurdos de Siria e Irak están siendo bombardeados por aviones turcos. EE UU mira hacia el lado y la EU, como siempre, no sabe que hacer frente a esos cientos de familias kurdas que avanzan hacia Europa dejando detrás de sí a sus pobres tierras arrasadas.
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Quienes hacen seguimiento a la política internacional del presidente turco Recep Tayyip Erdogan, notan que hay un punto en el cual no se diferencia de sus predecesores. Ese punto dice: el principal enemigo de Turquía es el separatismo kurdo.

Los kurdos –un 25% de la población- pueden según Erdogan existir, pero no como pueblo pues todo pueblo tiene un territorio. A lo más que pueden aspirar es llegar a ser una etnia folklórica. Ese ha sido el objetivo perseguido por Erdogan en las mal llamadas conversaciones sobre la paz, mantenidas con el Partido de los Trabajadores de Kurdistan (PKK).

Los aguerridos kurdos, a su vez, han logrado constituirse en el principal obstáculo que encuentran los ejércitos del Estado Islámico (ISIS) en Irak y Siria. Esa es la razón por la cual EE UU y la EU los han apoyado, hecho que naturalmente ha sido desaprobado por el gobierno turco el que, por razones estratégicas, lo menos que desea es tener en el norte de su país a ejércitos kurdos.

Por otra parte, los conflictos que mantiene el gobierno Erdogan con el ISIS son mínimos y su renuencia a embarcarse en una guerra dirigida por los EE UU e Irán ha sido notoria. Por primera vez en mucho tiempo Turquía ha dejado de ser un aliado estratégico seguro dentro de la OTAN.

Erdogan representa a los sectores más conservadores del Islam turco y, aunque no es posible nominarlo como fundamentalista, hay razones para suponer que sus desavenencias religiosas con ISIS no son demasiado profundas.

Más allá de cuestiones doctrinarias lo que separa a Erdogan de ISIS parece ser la ocupación de Irak pues en tanto ISIS continúe ahí, Irán deberá combatirlo y por lo mismo ocupar zonas iraquíes, hecho que por supuesto no conviene en nada a la geopolítica turca. La única manera de evitarlo es que Turquía y no Irán, Turquía y no los kurdos, se haga cargo de la contención militar del ISIS.

En otros términos, Erdogan exige a los EE UU retirar su apoyo a los kurdos a cambio de un mayor compromiso turco en la guerra en contra del ISIS. Para que el mensaje sea claro ha desatado una guerra paralela en contra de los kurdos e ISIS. De ese modo EE UU y la EU han sido neutralizados.

EE UU por su parte no oculta sus esperanzas relativas a que después del acuerdo nuclear sea Irán y no Turquía el país que asuma un lugar decisivo en la guerra en contra de ISIS. Por lo menos en Irak. Pero si así sucede, importantes cambios aparecerán en el orden estratégico del mundo islámico. De hecho ya están teniendo lugar.

Erdogan, a diferencia de administraciones anteriores, ha dejado de lado la esperanza de ingresar a Turquía en la EU. En cierto modo Turquía ha redescubierto el Oriente Medio. Sobre todo le atraen los “vacíos” dejados por una Siria destruida por los islamistas y un Irak arruinado por Bush tras su nefasta intervención imperial.

Entre una Turquía convertida en apéndice europeo y una Turquía militar y económicamente hegemónica en el espacio islámico, Erdogan parece haber elegido la segunda alternativa. El problema es que si esa vía es transitada, Turquía se convertirá en el principal competidor económico y militar de Irán en la región. Ahí ya se anuncia un conflicto que difícilmente podrá ser resuelto solo por vías diplomáticas.

Tres puntos tienen en común Turquía e Irán. Primero, ambas son naciones con grandes expectativas de desarrollo. Segundo, ambas atraviesan por un periodo de occidentalización tecnológica. Tercero, ninguna de las dos son naciones árabes, hecho este último que limita los proyectos de ocupar un rol hegemónico desde un punto de vista político (y religioso). Y bien, en este último punto es donde aparece el tercer actor: Arabia Saudita, el mejor socio comercial de los EE UU y a la vez la nación en donde anida el fundamentalismo más sectario y fanático de la región.

Fue quizás el peligro saudí la razón por la cual EE UU, alterando la propia doctrina de no intervención proclamada por Obama, apoyó el golpe militar laico (2013) en contra de los salafistas egipcios quienes a través del gobierno de Morsi –con pleno apoyo de Arabia Saudita- estaban en vías de alcanzar el poder. En cierto modo - ahora lo sabemos- el golpe militar egipcio conducido por el cruel general Abdelfatah Al-Sisi –legalizado omo presidente en las elecciones de Junio del 2014- fue realizado en contra de una posible vinculación del islamismo saudí con el salafismo egipcio y con los ejércitos del ISIS.

Vista esta constelación, Turquía hará todo lo posible por mantener asegurados sus límites, pero –y ahí reside el peligro-  avanzando más allá de sus límites. En estos mismos momentos, asentamientos poblacionales kurdos de Siria e Irak están siendo bombardeados por aviones turcos. EE UU mira hacia el lado y la EU, como siempre, no sabe que hacer frente a esos cientos de familias kurdas que avanzan hacia Europa dejando detrás de sí a sus pobres tierras arrasadas.

¿E Israel? Por primera vez tienen lugar en el Oriente Medio conflictos políticos y militares en los cuales Israel no juega ningún papel predominante. Quizás eso es lo que más preocupa a Netanjahu. De otra manera no se explica su obsesion por hacer política exterior en el interior de los EE UU. Hay políticos que no conciben la política si no están situados en el centro.

¿Quiénes son los malos y los buenos en esta historia?

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