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La resiliencia como sello país

por 27 septiembre, 2015

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Los países al igual que las personas y las organizaciones aprenden de las experiencias traumáticas y de sus consecuencias. Estos aprendizajes se convierten en la mayoría de las veces en estrategias, más simples o complejas, de afrontamiento y superación de la adversidad. La noción de resiliencia es la apropiada para referir esta capacidad de absorber y transformar lo aversivo en repertorios cognitivos y conductuales útiles para la superación de los contratiempos y obstáculos. Ser resiliente implica convicción en el potencial propio.

En menos de diez años hemos debido como país enfrentar los rigores que nos impone nuestro territorio en la viva y sorprendente naturaleza que habitamos. Así desde 1907, hemos tenido una concatenada sucesión de mega-eventos naturales que ponen a prueba la templanza de nuestra población y su capacidad de respuesta y de cohesión social para superarlas.

Desde el terremoto de Tocopilla se ha debido, en menos de una década, enfrentar sucesivos eventos catastróficos, como la erupción del volcán Chaitén (2008), el terremoto del 27-F en 2010, los incendios de Valparaíso del 2014, los terremotos de Arica y Parinacota de ese mismo año, los aluviones del Norte Grande y la erupción del volcán Calbuco que han antecedido a este último sismo que aún experimentamos. Por su parte, se ha visto interpelada la institucionalidad estatal para la entrega de respuestas oportunas a los afectados debiendo resetear sus protocolos y estándares de calidad y pertinencia. Todos hemos crecido en esta experiencia abierta a la incertidumbre. Es destacable la serenidad, y la capacidad para volver de manera recurrente a retomar los parámetros de normalidad.

En tiempos en que la crispación y la queja generalizada sobre lo público se instalan como música de fondo en la conversación social, estas expresiones paradojalmente positivas, de entendimiento y serenidad en el ejercicio de una ciudadanía activa son reconfortantes como manifestación de autogestión del bien común en medio de la incertidumbre.

El terremoto afectó de manera directa a toda la población del centro-norte del país y, junto a la destrucción y desolación de localidades de la Región de Coquimbo, significó esa noche en el borde costero la evacuación de más de 600 mil personas ante la llegada de las ondas del posterior tsunami, todo con orden cívico y prestancia de ánimo. Un comportamiento ciudadano destacable. De este modo, podemos aquilatar como consecuencias positivas, nuestros recientes aprendizajes y esta orientación imperecedera, a que en medio de las convulsiones, nos permite recuperar nuestra cotidianidad y proyectos. Es destacable que las evacuaciones y procedimientos de emergencia se han producido con autodisciplina y capacidad de organización de las poblaciones afectadas que nos debe sorprender en su eficacia y aprendizaje comunitario. No colapsaron las carreteras ni los medios de transporte e incluso la telefonía, que a través del uso inteligente de las redes sociales ayudaron a mantener la calma y la serenidad.

Ayudo el uso de la mensajería SMS que triplicó su uso normal y el tráfico de Whatsapp que se multiplicó exponencialmente en esos minutos contingentes. Gran ejemplo de coordinación y de comunicación horizontal en momentos adversos.

En tiempos en que la crispación y la queja generalizada sobre lo público se instalan como música de fondo en la conversación social, estas expresiones paradojalmente positivas, de entendimiento y serenidad en el ejercicio de una ciudadanía activa son reconfortantes como manifestación de autogestión del bien común en medio de la incertidumbre.

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