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Chile: un problema de capital social

por 14 octubre, 2015

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Según el World Hapiness Report 2015 (WHR, por sus siglas en inglés ), la conducta pro social (como honestidad, benevolencia, generosidad, cooperación y confianza) de los miembros de una sociedad es clave para su bienestar. El capital social –entendido como la confianza generalizada, el buen gobierno y el apoyo mutuo de los individuos– determina, en buena medida, que las personas tomen decisiones en función del bien común cuando este está en conflicto con sus objetivos personales de corto plazo.

Chile, en este plano, tiene un problema serio. El ciudadano común desconfía de los otros y de la elite. Los representantes electos son caricaturizados como empleados de las grandes fortunas, mientras –por culpa de algunos inescrupulosos– todos los empresarios son descalificados como abusadores que amasan fortunas a costa de los consumidores. Asimismo, está claro que la ley y la mano dura son solo para los pobres.

 Deseosos de aceptación, en el Congreso están dispuestos a aprobar cualquier cosa –menos las propuestas de la Comisión Engel– con tal de recibir aplausos de alguien, sea la reforma laboral o una carrera docente que buscaba ser selectiva, pero que ahora sería casi para cualquiera. Mientras las redes sociales muestran cómo los más ricos evaden impuestos, el ciudadano común sigue el ejemplo evadiendo el pago del Transantiago.

Del otro lado de la vereda, los universitarios marchan por educación superior gratuita aunque esto impedirá que los recursos públicos lleguen donde son más necesarios, es decir, a aquellos niños que no ingresan, ni ingresarán con la gratuidad, a universidades, institutos profesionales o centros de formación técnica. La CUT, por su parte, aboga por una reforma laboral, pese a sus dañinos efectos sobre el crecimiento, pues ella no representa a los que quedarán excluidos del empleo. Las huelgas que paralizaron los aeropuertos o la educación municipal nos adelantan un futuro con sindicatos atomizados, pero con más poder, incapaces de ver, como sí lo hacen los escandinavos, los efectos de sus decisiones sobre la economía en su conjunto.

Deseosos de aceptación, en el Congreso están dispuestos a aprobar cualquier cosa –menos las propuestas de la Comisión Engel– con tal de recibir aplausos de alguien, sea la reforma laboral o una carrera docente que buscaba ser selectiva, pero que ahora sería casi para cualquiera. Mientras las redes sociales muestran cómo los más ricos evaden impuestos, el ciudadano común sigue el ejemplo evadiendo el pago del Transantiago.

En este contexto de egoísmo y transgresiones generalizadas, donde la capacidad técnica de formulación e implementación de políticas ha desaparecido –que creíamos garantizada– y donde nadie se atreve a ejercer liderazgo político, no se vislumbra una visión de futuro compartido. Unos rechazan todo lo avanzado y solo ven explotación y desigualdad. Aparentan ser puros, ni neoliberales ni socialdemócratas, pero ni siquiera saben lo que quieren ni menos cómo lograrlo, encandilados por sofistas orgullosamente ignorantes en materia de gestión. Otros prefieren no ver los abusos, la desigualdad de oportunidades, la ilegitimidad. Ellos sueñan con restablecer el orden antiguo, como si fuese la única vía lejos del abismo, y no perciben que eso nos llevará a uno mucho peor: al próximo líder carismático y populista que, gracias a Dios, aún no ha irrumpido en escena. ¿O sí?

Aún hay tiempo para la lucidez y mirar con amplitud de miras. Dejemos de hacernos los tontos, que esto nos concierne a todos. Una sociedad sin capital social y sin confianza puede soñar, pero, en realidad, no tiene ningún futuro.



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