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La lucha por la vida del rector Sánchez

por 15 octubre, 2015

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Las declaraciones del rector Ignacio Sánchez siguen concitando el interés de diversos medios periodísticos y del mundo universitario. Ello debido a que el rector de la Pontificia Universidad Católica, en principio, se mostraría renuente e indispuesto a participar de la gratuidad educacional en los términos propuestos por el gobierno. Tal énfasis ha dejado a un lado otros aspectos de relevancia en sus afirmaciones; sobre todo aquellas en las que enarbola su férrea y encomiada defensa de la “vida del que está por nacer”. Dicha postura no es nueva, por cierto. En cada oportunidad que ha tenido a su disposición (actos académicos, espacios mediáticos y protestas públicas) el rector se ha ensañado en condenar y denunciar todo tipo de aborto, aprovechando de ensalzar al feto como la más inocente, pura y prístina forma de vida posible.

De allí que si sus palabras pueden considerarse vigentes y relevantes en algún sentido, no lo son tanto por su contenido concreto (que ya resulta repetido y consabido) como por lo que sugieren sus silencios y omisiones. Y es que justamente durante esos mismos días en los que se daría y publicaría la entrevista, el estudiante de Letras de la universidad en la que Sánchez es rector, Rodrigo Avilés, debió ser sometido a una operación de reconstrucción craneal producto de las secuelas del impacto directo del chorro de un guanaco, y que –no lo olvidemos– lo tuvo en vilo entre la vida y la muerte. Sobre esta cuestión no solo Sánchez se marginó de comentar algo, como rector e individuo público, en esta ocasión; sino que –y  como es ya bien sabido– durante todo el desarrollo de esos difíciles acontecimientos. Sánchez o bien se inhibió de comentar el asunto o bien se mostró tibio y severamente reticente a exhibir similar ímpetu que cuando le tocó o quiso pronunciarse públicamente sobre el aborto (salvo cuando las imágenes de TVN le impidieron seguir negando el accionar desmedido de carabinero y la inocencia de su estudiante).

 Dicha concepción de la vida humana implica, sin embargo, una desinteresada omisión respecto a otro tipo de vida, cuya importancia parece ser eludida repetidamente, y como por casualidad: la vida mundana, dedicada a las luchas y embates de la existencia cotidiana. Eso propiamente no es la vida humana, sino la existencia percudida por el mundo; como si vida humana y mundo pudiesen ser separadas, y como si entre el embrión y la persona desarrollada hubiese una continuidad solo fracturada por el ingreso a la sociedad

Pero en cualquier caso, y hasta aquí, ¿por qué deberían causar inquietud, desazón o curiosidad tal acérrima defensa y el confinamiento y la omisión del caso del estudiante de letras? Porque según el propio rector, su lucha no es solamente ni se limita a la vida del feto en gestación, sino a la defensa del derecho a la vida: “La vida humana es un bien, es un don sagrado, el que tenemos que cuidar independiente de las capacidades, conocimientos o condiciones físicas del individuo… El derecho a la vida, sin limitaciones, debe ser promovido, respetado y garantizado desde la fecundación hasta la muerte natural. La persona y la vida humana están íntimamente vinculadas y tienen un destino trascendente”, (tal y como publicara en una carta enviada a La Tercera el 28 de mayo de 2014).

Que su defensa en un caso sea impetuosa y litigante en el espacio público mientras que en el otro vacilante o inexistente, nos lleva justamente a interrogarnos por el concepto que Sánchez como persona, conductor de un proyecto universitario y como miembro de un vasto grupo conservador de Chile, tiene por la vida humana. ¿Cuál es esa vida que debe ser defendida?

Para comprender el particular concepto de vida que subyace a las declaraciones de Sánchez, hay que considerar la sensibilidad católica que las embarga. La "vida que está por nacer" es la más sagrada debido a su inocencia y pureza —“el que nada hace, nada teme”—. Una vida que no ha sido contaminada aún por las inmundicias de la existencia cotidiana. Es para el rector y el grupo al que representa el tipo de vida más valiosa, debido a su cercanía a la naturaleza divina y, por tanto, la que debe ser más rabiosamente protegida.

Dicha concepción de la vida humana implica, sin embargo, una desinteresada omisión respecto a otro tipo de vida, cuya importancia parece ser eludida repetidamente, y como por casualidad: la vida mundana, dedicada a las luchas y embates de la existencia cotidiana. Eso propiamente no es la vida humana, sino la existencia percudida por el mundo; como si vida humana y mundo pudiesen ser separadas, y como si entre el embrión y la persona desarrollada hubiese una continuidad solo fracturada por el ingreso a la sociedad. En este sentido, la vida que se reconoce como política, y por tanto que se ve ocupada en cambiar las condiciones sociales en las que existe –proyecto que ocupaba y ocupa a Rodrigo Avilés– aparece como la más alejada del ideal propuesto por el feto. Y es que aquel que está por nacer no representa solamente la vida humana en su aspecto más puro, sino que además los fantasiosos rasgos uterinos como la inocencia, la quietud, la dependencia y la pureza, terminan por transformarse en las virtudes que deben ser defendidas a toda costa para mantener la continuidad de toda vida humana en la tierra.

Por eso las palabras de Ignacio Sánchez y sus omisiones son sumamente relevantes e instructivas. Porque, por una parte, permiten comprender con claridad el secreto de la lucha de los autodeclamados “pro-vida” y su desaliento y resquemor frente a las personas y grupos que para bien o para mal quieren cambiar su vida o la vida de todos. Pero también, y por otra parte, permiten comprender por qué el rector siente tan profundamente amenazada la autonomía de los idearios de su universidad y de sus hospitales clínicos, cuando el Estado por medio de sus reformas da la oportunidad a una tibia y tímida hornada de democratización. Y es que en ambos casos el orden natural de la vida se ve trastrocada por la mancha de lo político, que es justamente el esfuerzo de pensar y hacer la realidad de una forma distinta a la que tiene.

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