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Democracia: un ring de boxeo

por 24 octubre, 2015

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Lucha de tres

El escritor argentino Julio Cortázar, al comparar cuento y novela, hacía un símil con el boxeo, un deporte que lo apasionaba. Explicaba que, mientras el cuento ganaba por knock out, la novela ganaba por puntos. Es decir, como un cuento es breve y directo es parecido a ese golpe certero con el que un combatiente saca al contrario de la lona en apenas 10 segundos. En cambio, cuando se gana una pelea por puntos significa que los boxeadores luchan durante todos los rounds, de forma pareja, y al final vence el que tenga mayor puntaje. Es decir, es un combate largo, arduo, trabajoso, y, como la lectura de una novela, con vaivenes, pausas, descansos, cambios, desconciertos.

La democracia, pienso, es parecida a la definición de novela de Cortázar. Porque la democracia también es un ring de boxeo en el cual hay una lucha interminable en la que ningún contrincante gana por knock out. Y explicaré por qué.

La democracia es, siguiendo a Touraine, un proceso. Es decir, la democracia

–como la utopía- parece que nunca se termina de alcanzar del todo, siempre se debería esperar más de ella, y es esa aspiración de un nuevo combate, de un nuevo round, lo que permite, por una parte, que continúe el entrenamiento para participar en la lucha y, por otra parte, la esperanza de una nueva oportunidad. Es decir, la sensación de inconformidad lleva a querer superarse en cada nuevo asalto. Porque la democracia no es perfecta sino perfectible, porque la democracia puede ser cada vez más democracia, así como el boxeador siempre aspira a ser el mejor de su categoría, el campeón que llegue a las Olimpíadas.

Y sí. Democracia es también esa tensión que se da en el cuadrilátero, ese estado de suspenso, por eso ella siempre está en entrenamiento, en construcción. Como el boxeador, no debe descuidarse del rival, de sus golpes bajos (nunca se sabe qué estrategia tiene el otro). Es, entonces, fundamentalmente, lucha contra el poder (lo dice Touraine). Discusión. Reconocimiento del otro. Batalla de argumentos (también lo expresa Touraine). Es decir, en democracia no todo el mundo tiene que estar de acuerdo. Pero eso es precisamente lo democrático: que los desacuerdos puedan tener voz, que los desacuerdos puedan convertirse (o no) en acuerdos.

Contrario a la democracia, los regímenes autoritarios siempre se sentirán unívocos. Son, como el cuento de Cortázar, productos casi siempre de un golpe certero (aunque a veces los autoritarismos se van haciendo de retazos de democracias malheridas). Entonces, son la libertad de poder ser diverso, la posibilidad de alternativas, la garantía de partipación, propias de la democracia, mientras que el autoritarismo las niega.

Pero el boxeo, y la democracia también, son narrativas. Es decir, la lucha no se realiza únicamente en el cuadrilátero, sino dejará constancia de ella el que la analiza, el que la cuenta. Es la voz de la razón, que a partir del combate piensa estrategias, revisa errores, propone maneras.

Pero el combate debe tener algunas reglas, por eso también la democracia se parece al boxeo. En ese deporte hay acciones que están prohibidas, como los golpes en la nuca o las patadas, hay categorías que están establecidas, para que los rivales sean parejos. En toda democracia –bien lo dice Bobbio- también hay reglas y hay un árbitro. Son esas reglas de procedimiento, para Bobbio, las que limitan libertades particulares (privilegios) en pro de la igualdad ante las leyes. Como el boxeo, no se permite que un contrincante lleve la delantera en peso o en talla, es democrático que ambos se ajusten a una normativa que los haga equivalentes en el cuadrilátero.

¿Cómo va a haber gobernabilidad si existe descreimiento, sospecha, irreconocimiento? Además, ¿cómo va a haber gobernabilidad sin un manejo coherente de los recursos, sin una política económica que tenga líneas claras que lleven al progreso?, ¿cómo va a haber gobernabilidad si hay inconsistencia entre el discurso oficial que se sostiene sobre un modelo de igualdad que excluye, incluso de la propia condición de venezolanidad a quien no comulga con la ideología, que llama “apátridas” a los no chavistas?

Pero a diferencia del boxeo, en la democracia no son dos los combatientes, ese proceso, esa lucha de poderes, esa tensión se da entre tres: Estado, Mercado y Sociedad. Es el equilibrio de estas tres fuerzas, no el dominio de ninguna de ellas, el que construye la posibilidad de construir democracia.

Sí. Se necesitan no dos, sino tres contrincantes. Y es en los entrecruces entre Estado, Mercado y Sociedad, es en sus distancias y en sus encuentros que se construye lo democrático. Es decir, si no existiera contradicción, diversidad y múltiples posiciones no existiría democracia, pues ésta es precisamente la capacidad de negociación entre las diferentes posturas (ergo, la existencia y reconocimiento de estas posturas). Es pluralidad. Es la construcción de un colectivo en el que está lo diverso (están incluso quienes no quieren estar). Pero sin que esta diversidad signifique fragmentación, un riesgo al que Touraine temía, pues la fragmentación excesiva –como quiebre- impide la posibilidad de acuerdos.

Soberanía popular, producción de conocimiento y desarrollo económico son también contrincantes en tríada, según Campero. Si la producción de conocimiento lleva la delantera, del producto resulta un Estado tecnocrático; si es la soberanía popular la que se superpone, nace un populismo; y si es el desarrollo económico es el vencedor invicto, pues entonces, el economicismo (mejor conocido por neoliberalismo) será el victorioso. Es entonces, sinónimo de la democracia limitar que uno de estos elementos de la tríada esté por sobre otro, que sean contendientes de igual posición en el cuadrilátero, en esa arena en que compiten y negocian, que más bien deberíamos llamar “triangulátero”.

No está la verdadera democracia ni en la concepción extrema liberal, que solo se interesa de las libertades individuales (tan individuales que no todos tienen acceso –libertad sin igualdad-) y en la que el mercado termina siendo el mandatario; ni en la concepción popular en la que el poder supuestamente reside en el pueblo, la cual puede justificar dictaduras nacionalistas y que no garantiza la libertad. En este sentido, “la democracia no significa el triunfo de lo Uno o la transformación del pueblo en príncipe”, dijo Touraine. Pero tampoco es democrática la racionalidad de la ideología que se impone como modelo único de sociedad: Es menester que sociedad civil, partidos políticos y gobierno sean entes independientes, según Touraine. Cada uno en su esquina del ring.

Una balanza de tres pesos es el símbolo, entonces, de ese campeonato boxístico que es la democracia. Ninguno de los contrincantes puede ser como un agujero negro, esa región del espacio capaz de acumular tanta masa que genera tal gravedad que ningún objeto cercano puede escapar de ella. Por eso la democracia pone límites al poder. La libertad debe estar libre, incluso de la propia libertad.

b.- Venezuela: pelea de perros

La película mexicana “Amores Perros”, del director Alejandro González Iñárritu, muestra escenas de un terrible divertimento muy de moda en ese país: las peleas clandestinas, organizadas por mafias, en las que los perros se muerden y desgarran de una forma terrible, mientras un grupo de personas hacen apuestas. Aunque ilegal, este juego tiene gran número de seguidores. Ahora bien, si en los párrafos anteriores, propuse explicar la democracia usando como metáfora el boxeo, no tengo otro símil posible que las peleas de perros para comparar la situación que está viviendo mi país, Venezuela,

En primer lugar, si comparé la democracia con un match de boxeo lo hice porque además de unos contrincantes parejos, tiene reglas de procedimiento. Son normas publicadas, respetadas por todos y creíbles. Sin embargo, de Venezuela solo queda del boxeo el enfrentamiento. Es una pelea dispareja, brutal, sin normativa alguna. Es una lucha en la que muchos salen heridos. Como las peleas de perros hay ilegalidad, tragedia, abuso. Hablaré de cada una de estas cuestiones.

Hay ilegalidad porque todo está permeado por la ideología del partido. No hay independencia de poderes en el Estado: los poderes Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Electoral, Ciudadano, tienen los mismos “dueños”. Asimismo, la ideología se traga el poder político, el económico, el social. La ideología crea instancias de participación del pueblo, como los consejos comunales, que no son más que reproducciones de un proyecto político-partidista. Y ni en estos poderes ni en las instancias de participación se da cabida a quienes piensan diferente. Entonces el poder político es un agujero negro que traga todo a su alrededor. Incluso el espacio de lo familiar, de lo íntimo, se contamina de su influjo. Incluso intenta minimizar al valor del Sujeto.

Hay tragedia. El “mosaico” (en palabra de Bobes) de la sociedad civil se polariza en dos: todo entonces es blanco o negro (en el caso de Venezuela rojo o azul). Todo es Nosotros versus Los otros, como figuras inconciliables (quien no está con el gobierno está contra él). Entonces, incluso las luchas de grupos particulares, como puede ser quienes defienden temas de género, ambientales, las problemáticas estudiantiles o vecinales, cobran cariz ideológico: Todo es chavista o antichavista. Todo es oficialista o escuálido. Tal división, tal ruptura (junto con la omnipotencia del poder político) impiden cualquier tipo de acuerdos. El Ejecutivo, con su poder extralimitado, apresa o inhabilita políticamente a los disidentes. En la actualidad hay 98 presos políticos, según datos del Foro Penal Venezolano (2015). Entre estos, 8 ciudadanos que fueron encarcelados por los comentarios publicados en la red social Twitter. 8 voces –todas opositoras- fueron silenciadas por sus ideas.

Hay abuso, entonces. Porque hay un poder sin límites que no permite la existencia de lo distinto. La pluralidad (tan necesaria en la democracia) es condenada. Hay abuso, además, porque no hay reglas procedimentales claras. Porque además, bien lo dice Touraine, “no hay democracia donde reinan el dinero, el clientelismo, el espíritu cortesano, las pandillas de malhechores o la corrupción” (1994: 341). Solo esta cita bastaría para dudar sobre la democracia venezolana. Entonces, como en las peleas de perros se vale cualquier estrategia irregular: drogar a los animales que luchan, ponerlos a competir de forma dispareja, comprar al árbitro. Las mafias siempre van a querer ganar, a costa de lo que sea.

Pero también, sin duda, tanto la falta de reglas como la exclusión de las voces impiden la gobernabilidad. Uno de los principales problemas para lograr la gobernabilidad es la falta de confianza en la institucionalidad y en las reglas. La desconfianza en todos los poderes, incluso en el judicial y el electoral, impiden la certeza. Desconfianza que produce desaliento, malestar y conflicto social. 35 protestas de diversos actores sociales ocurren a diario en ese país, según el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (2014).

Alguien dirá ¿pero como no va a haber gobernabilidad en Venezuela si la ciudadanía se ejerce? Y es verdad, ha habido más elecciones allí que en ningún país de América Latina en los últimos diez años, ha habido, por demás, una masiva participación en las mismas. En las dos últimas elecciones presidenciales de los años 2012 y 2013, votó aproximadamente 80% de la población en edad de sufragar. Entonces, ese elemento –clave para Bobbio- está presente. Sin embargo, esta ciudadanía se ejerce a terquedad, se ejerce porque el venezolano cree en la democracia (Datos de Latinobarómetro del año 2013 ubican a Venezuela como el país de América Latina donde la población apoya más la democracia), sin embargo, cada vez más surge el fantasma de la desconfianza en el árbitro, del temor de la estafa.

Entonces ¿cómo va a haber gobernabilidad si existe descreimiento, sospecha, irreconocimiento? Además, ¿cómo va a haber gobernabilidad sin un manejo coherente de los recursos, sin una política económica que tenga líneas claras que lleven al progreso?, ¿cómo va a haber gobernabilidad si hay inconsistencia entre el discurso oficial que se sostiene sobre un modelo de igualdad que excluye, incluso de la propia condición de venezolanidad a quien no comulga con la ideología, que llama “apátridas” a los no chavistas? No hay democracia (lo dice Touraine) donde el partido se cree portador del modelo de sociedad.

Si sabemos que no hay gobernabilidad en la actualidad, ¿qué elementos estratégicos la fortalecerían? En primer lugar, cuando se establezca una clara independencia de los poderes, cuando Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Electoral y Ciudadano sean autónomos y libres de influjos, así mismo, cuando haya verdadera garantía de ejercicio de los derechos, con reglas claras –diría Bobbio- que den a los ciudadanos alternativas reales entre las cuales elegir e igualdad de oportunidades para todos de participar. Es necesario que haya espacios multicolores, en los que pueda estar representado lo diverso.

Y fundamentalmente es necesario que el eje de la libertad sea fortalecido. En la actualidad, Venezuela está ubicada en el estadio 5 en el ranking de la libertad de Freedom House (1 es mayor libertad y 7 mínima), que analiza el estado de las libertades civiles y derechos políticos. La libertad de prensa, tan necesaria en un régimen democrático, está cada vez en una peor situación en ese país. Freedom House ubica este índice en 81, cuando 1 es el mayor nivel de libertad y 100 el menor. Quedan escasos medios de comunicación privados en ese país y para los periodistas está cada vez más restringido el acceso a información oficial.

Se requieren reglas y alternativas para poder combatir justamente en la arena democrática, como en el boxeo, donde los luchadores han elegido serlo, donde los contrincantes se ciñen a normas. El país no puede ser una pelea de perros. Ese juego, lo sabemos, es una lucha salvaje en la que los animales son explotados y mueren de forma atroz, mientras las mafias se enriquecen a su costa. Es un combate a matar, una lucha sin ningún tipo de principios, donde todos pierden y solo unos pocos ganan. Y Venezuela no se merece eso.

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