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Es nuestra elite, estúpido

por 5 noviembre, 2015

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La noticia sobre la colusión en los precios del papel higiénico definitivamente no cayó bien a la ciudadanía de nuestro país. Al parecer, los casos de abuso de la elite empresarial chilena ya no serían únicamente eventos aislados, generándose la visión de que este tipo de hechos se repite constantemente en su actuar. El llamado “confort-gate”, se suma a una lista de otros eventos similares de colusión, como el caso farmacia y el caso pollos. Asimismo, a estos hechos de colusión se pueden sumar también diferentes acusaciones de cohecho, destacándose los casos Penta, SQM y Corpesca. Vale preguntarse, entonces, ¿es nuestra elite económica intrínsecamente abusiva?

Sin querer tampoco meter a todos los empresarios en el mismo saco, se puede observar que nuestra elite económica, o al menos el gran empresariado nacional, efectivamente tiende a caer con facilidad en el abuso, siendo este tipo de eventos un elemento persistente de sus acciones. ¿Significa esto entonces que nuestra elite es intrínsecamente malintencionada? No necesariamente. Más bien, pareciera ser que el origen de este tipo de actuar tiene que ver con la forma en que esta elite se percibe a sí misma, donde, dado el beneficio que ella cree que le ha entregado a la sociedad chilena, llega en ocasiones a pasar por alto ciertos principios éticos y, peor aún, a traspasar decididamente las leyes.

La elite económica chilena no lograría ser consciente de lo perjudicial que pueden llegar a ser algunas de sus acciones o, al menos, no sentiría culpa de aquello, dados los beneficios que siente que ha generado al conjunto de los chilenos. Se autopercibe como la gran responsable del desarrollo económico que ha tenido el país en las últimas décadas, lo que finalmente la lleva a cometer actos abusivos de forma reiterada sin recriminarse en demasía. Se siente prácticamente como una colectividad intocable que tiene derecho a actuar de la forma que ella quiera, viendo a cualquier crítico de su actuar como un desagradecido que no logra imaginarse dónde estaríamos si no fuese por su gran capacidad de liderar la economía chilena.

Esta actitud arrogante y proclive al abuso toma mayor relevancia de ser analizada, dado que no se reflejaría solo en ciertas prácticas ilegales como la colusión o el cohecho. Sería también esta disposición el origen de la férrea oposición que la dirigencia empresarial chilena ha tenido a todo cambio que podría ir en perjuicio de sus intereses. Esto se refiere al rechazo histórico que ha tenido este sector a toda reforma laboral, tributaria o de otro tipo planteada desde una perspectiva redistributiva o enfocada en reducir la desigualdad de manera directa y no solo a través del fomento al crecimiento económico.

 Esta actitud arrogante y proclive al abuso toma mayor relevancia de ser analizada, dado que no se reflejaría solo en ciertas prácticas ilegales como la colusión o el cohecho. Sería también esta disposición el origen de la férrea oposición que la dirigencia empresarial chilena ha tenido a todo cambio que podría ir en perjuicio de sus intereses.

Asumiendo este argumento, surgen otras preguntas: ¿cuándo y cómo se genera esta actitud en nuestra elite? ¿Siempre tuvo Chile una clase empresarial de este tipo? Sobre esto, si bien es lógico pensar que la elite económica chilena históricamente haya defendido sus intereses, muchas veces incluso actuando a sangre fría, la historia nos indica que esta actual disposición tiene su origen en el poder político que esta elite adquiere luego de la crisis económica que viviera el país a principios de los 80. Por esos años, en medio de un ambiente marcado por importantes dificultades económicas y el aumento de las protestas sociales, Pinochet decide dejar a un lado la visión más ortodoxa del modelo neoliberal en favor de una política económica algo más pragmática. En este contexto, bajo la dirección de Hernán Büchi en el Ministerio de Hacienda, la dictadura les otorga un importante poder de decisión a las organizaciones empresariales, reflejándose esto en la implementación de una serie de medidas que esta elite empresarial recomendaba para reactivar la economía.

Desde ese momento, el cual coincide precisamente con mejoras en la economía chilena, es que nuestro gran empresariado adquiere un gran poder político y comienza a concebirse como el gestor principal de los avances del país, siendo este poder donde se encontraría el origen de su actitud abusiva. Ahora bien, ¿cómo cambiamos esta disposición de nuestra elite? ¿Bastaría con hacerla entender que debe cambiar esta actitud? Difícil, por no decir utópico. Mejor sería enfocarse en modificar esta asimetría política presente en nuestra sociedad, donde los grandes gremios empresariales tienen un poder prácticamente incontrastable. ¿Cómo alterar entonces la distribución de poder de nuestra sociedad? El actual debate sobre una nueva Constitución plantea al menos un buen escenario para comenzar con esta tarea.

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