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Yo maldigo. Cumplir 52 años en Chile y asumir mi resentimiento

por 14 noviembre, 2015

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Entonces soñaba.

Recuerdo como si fuera ayer aquel subidón que provocaba la llegada de la democracia. Imaginaba mi casa con los enseres y las necesidades cubiertas. Visualizaba mi actividad diaria: desde la casa al trabajo, a la universidad, a las reuniones... Y de vuelta alisando las veredas con cánticos subversivos en el peregrinaje proletario de muchacho con fe. Colgándome de la micro, descifrando cada una de las promesas que me llevaron ciegamente a votarles y a confiar en ese resplandor democrático que me vendieron, en esa patria estable y respetuosa que optaría de verdad por nosotros los estudiantes y los obreros de la época.

Soñaba entonces. Soñaba cada día de la semana cual gato trepador en busca de ventanas abiertas y voces que tranquilizaran su siesta. El sueño era gratis y posible. Y nos embaucó a todos. Nos deslizó como pollos ingenuos en aquellas marchas de las que –aunque sigo sintiéndome orgulloso- tengo hoy mis dudas…

Mi destartalado hogar, en medio de tantas carencias, albergaba mi presencia adolescente con esa fuerza que crecía dentro y seguía creciendo conforme aumentaba el acné y el ímpetu por un mundo mejor. Sorbía el té en bolsitas a media luz o con velas, no por romántico, sino por ahorrarle electricidad al vecino quien nos proveía de ella en los tiempos más oscuros de la transición a la democracia. Y yo, en medio de la desazón y el terror, pensaba y reflexionaba con el pan y la margarina pegados al paladar. No podía detener a esta mente inquieta, protestona e incansable cuestionándolo todo. Canturreaba la canción nueva como panfleto promisorio de bienestar social. Me alegraba por el saco de harina que llegaba al pobre y las papas que se distribuían según el número de hijos que albergaba cada mediagua en mi campamento. Agarraba la guitarra y mataba esos silencios tensos de organización clandestina con cualquier oda a lo humano. Recuerdo como si fuera ayer todos los papeles de diarios cortados por mi abuelo con esa exactitud y destreza de quien sobrevivió a la guerra civil española y que en el Chile de entonces, serviría para diluir la caca de este poto adolescente, soñador, arriesgado y con ínfulas de dirigente…

Me lo creí todo: la alegría que llegaría, la gente que ganaría y la justicia que, por fin, aquietaría los corazones de quienes habían visto extinguirse a los suyos entre parrillas, colgamientos y submarinos húmedos. Creí en la confianza que generaron entre los más ingenuos, en la posibilidad real y concreta de poder estudiar como todos. Y no era ambición, sencillamente era la necesidad que tenía de tranquilizar a esta mente pensante metida en un cuerpo descalcificado pero consciente de la miseria injusta de un campamento. Tenía entonces 20 años y, a pesar de las carencias vitamínicas, contaba entonces con la energía de cien toros juntos para destruir al enemigo de plomo y derribar su fuerte de matanzas y persecuciones. Yo también quise ver el rojo amanecer anunciando la vida que vendría, también quise alzar mi canción de libertad. Pero no me quería comer el mundo, sólo me quería comer un plato de porotos con riendas, unos filetes a la parrilla, un par de completos y tomar cerveza bailoteando la mundanal cumbia hasta reventarme las patas. Olvidándome por un rato de la lluvia de balas y ese olor a carne quemada que en más de alguna ocasión nos quitó el hambre, las ganas de bailar y dejó a gran parte de la población sin más luz que las pupilas del espanto.

Sí. Ayer nos congregábamos, planificábamos la lucha contra los abominables que habían secuestrado y saqueado la patria. Pensábamos y repensábamos estrategias sólidas escondidos en cualquier sótano, disfrazados de sueños, entumidos de frío pero arropándonos con el desenfreno de nuestros ideales; codo a codo, abrazo con abrazo, beso a beso… Aguantamos agua y excremento en plena cara, patadas, insultos, lumazos en la cabeza, lluvias de excrementos entonces incorporados en el ejercicio de aquel régimen de miedo. Aguantamos tensión, grito, odio, balas y muerte. Pero entonces yo soñaba, me olvidaba por un par de horas del exiguo existir de la habitación rasca en la que convivía con mis moscas, mis herpes, anafres, leña, lluvias, barro y otros horrores. Me creía el cuento del bienestar, de la llegada de las lucas, del zarpazo generoso de la opulencia que tan elocuentemente me ofrecían aquellos candidatos parlantes; los mismos que hoy, después de 30 años, siguen canturreando con sus rostros tensos y dientes risueños ante la evidencia de su mentira programada, diseñada y también institucionalizada.

He cumplido 52 años. Sigo en las mismas, sigo encerrado en este circuito de inseguridad económica y laboral, enclavado en los designios de quienes en su día juraron ante dios construir un Chile mejor y próspero para todos. Poco o nada queda ya de ese joven luchador que insistía en sembrar de sensatez cada rincón de este anoréxico país. Sigo temblando cuando pienso que después de 40 años trabajando, una nueva tortura vendrá con aquella pensión ideada por los mismos señores. Señores honorables que entonces saqueaban y que hoy lo hacen amparados por una ley establecida por ellos mismos, codo a codo con los que estaban en la fila contraria y que en la actualidad, regentan este puti país tan lleno de decepciones y contradicciones.

Tengo 52 años y me aterra pensar que mi diabetes de parrilla y copete puede dejarme en el centro de una ruina dominante de glucosa y hemoglobina. A mi edad, ya tendría que tener todo aquello por lo que luché. Y tendría que gozar de aquel bienestar en un país que, saliendo a tientas de una de las dictaduras más sangrientas de la historia, se configura lento en justicia, equidad, respeto y visión de futuro. Mientras tanto, yo me muero y a pocos les importa.

Hoy, maldigo.

Asumo mi resentimiento al que le doy tribuna en mi Chile propio. Y lo asumo con la madurez y esta rabia que se ha ido educando en todos estos años que nos hemos perdido.

 Maldigo un país donde ser anciano es un castigo, donde enfermarse es una condena a muerte, donde ser diferente constituye una amenaza a tu integridad, donde ejercer tu derecho a protesta es acallado por la frivolidad televisiva de turno y su macro hocico de silicona.

Maldigo haber creído en tantos, haber puesto mi confianza y mis sueños en manos de muchos que hoy me han dejado boca abierta al saber que, quienes maltrataban, masacraban y sacrificaban al pueblo, eran los mismos que subvencionaban a los señores que defendían mis ideales. Maldigo sus frases hechas, sus discursos asesorados y esa mentira que bien escrita, sigue convenciendo a un país de pelotas y realities. Maldigo la forma tan siniestra de como la lectura me tortura, maldigo ver tu nombre entre los coludidos, asesores, policías, presidentes, candidatos y profesores. Maldigo saber que mi sueño llegó a tu vida, lo escuchaste, te reíste y lo arrojaste en el basurero como pareciera se tira hoy la dignidad de los chilenos. Maldigo ver tu cara desencajada cuando te acorralan y más maldigo tu mentira elaborada que, lamentablemente, y eso tú lo sabes, muchos tontos creerán y olvidarán a la hora de votar.

Maldigo un país donde ser anciano es un castigo, donde enfermarse es una condena a muerte, donde ser diferente constituye una amenaza a tu integridad, donde ejercer tu derecho a protesta es acallado por la frivolidad televisiva de turno y su macro hocico de silicona.

Maldigo este país donde la desigualdad se ríe en nuestra cara. Mientras muchos se deleitan con huevos de faisán dorado, yo me deshago por agarrar las lonchas de mortadela en esta repartija siniestra de la equidad poblacional diseñada por esa pedagogía repulsiva de los siete dueños de este país.

Maldigo un país que me repite a diario en sus matinales lo que debo y no debo comer para evitar el cáncer. Pero usted se olvida que mi salario mínimo es lo que usted gasta en su Viñedo Chadwick mientras yo me atraganto con el vino Tetra Brik de la botillería mugrienta de la esquina. Comer lo que usted me sugiere, me significa deleitarme una semana de mi existencia maligna y pasar el resto del mes dando rienda suelta a las células cancerígenas. Asumo mi gallardía trágica de consumir salchichas, chorizos y embutidos varios acogiendo a consciencia la muerte excomulgada por alimentarme como pobre en un país donde menos de la cuarta parte de la población, consume lo que se “debería” comer. Y asumo también que, mientras usted se zambulle en piscinas morfineras, yo tendré que aguantar, resuelto, el puntazo lacerante de la oncología proletaria en mis tejidos orgánicos.

Maldigo un país donde morir constituye una celebración para los dueños de las Afp´s, una empresa cuyo subtexto subraya que los viejos sobran, valen menos y que por lo cerca que están de la muerte, es una inversión innecesaria. Maldigo cualquier sistema que proclama que esperar la muerte no merece dignidad y fomenta descaradamente una actitud paciente hasta convertirse en huésped perdurable del patio de los callaos.

En un país como este duele cumplir 52 años y darse cuenta que, por lo visto, tendré que volver a limpiarme como lo hacía poco antes de que llegara la democracia, cuando en realidad, quien llegaba a instalarse era el más temido ladrón con ese carerajismo en el ADN chileno de la avaricia política.

Ahora, colgado de las teclas de mi pc, me pregunto qué duele más, si los lumazos deliberados en aquellas protestas o la herida profunda que dejó la traición diseñada a mis espaldas.

En la intimidad de mi wáter destartalado -permítame que se lo diga- buscaré entre periódicos viejos, aquellas promesas suyas que me hicieron un joven guerrero y triunfador. Y cuando esté frente a ese discurso miserable y nostálgico, procederé a la acción de cubrir la noticia con mi deshecho, donde espero, se vaya su inadmisible falta de ética y la más aberrante desfachatez que he tenido que masticar y tragar desde 1987.

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