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Venezuela, aire fresco

por 11 diciembre, 2015

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La distancia es un animal casi ciego que, a tientas, trata de comprender lo inasible. Siempre habrá omisiones, faltas, ausencias cuando se intenta desentrañar un territorio desde un más allá. Falta el olfato, falta el tacto. Por eso se me hace difícil analizar, desde mi casa en Santiago de Chile, las implicaciones del triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre en Venezuela. Me falta recorrer las calles, hablar con la gente, mirar con mis ojos y no desde los periódicos y las redes sociales. Me faltan matices. Pero lo intentaré. Internet es la vista y el oído que no tengo. Y sí, también mi lengua, mi nariz, mis manos. Esos otros que escriben o hablan desde mi tierra son una prolongación de mis sentidos y me orientan en esta difícil tarea de comprender el presente e intuir el futuro.

La oposición, por primera vez en 17 años, logró mayoría parlamentaria. Y, más que eso, alcanzó la suma de 112 diputados, dos tercios de los escaños de la Asamblea Nacional que comenzará sus labores el 5 de enero de 2016. ¿Qué significa esta cantidad? Con este número, la oposición podrá admitir o modificar leyes orgánicas, aprobar votos de censura al vicepresidente y ministros, autorizar juicios al presidente y diputados, aceptar o negar el presupuesto nacional, promover una Asamblea Constituyente y una reforma constitucional, elegir al titular del Poder Ciudadano, aprobar Referéndum consultivo; entre otras acciones que –sin duda– cambiarán radicalmente el estado de cosas (el estado de malas cosas) actual. En, resumen, por primera vez en lo que va del siglo XXI la oposición tendrá Poder Legislativo.

El resultado de estas elecciones venezolanas (y también de las argentinas) les devuelve a los comicios su lugar preponderante en la democracia (un lugar tantas veces vulnerado, tantas veces renegado en algunos países, pero sin duda primordial, esencial). Este triunfo electoral responde a una pregunta que me han hecho muchos chilenos: ¿los venezolanos se han quedado de brazos cruzados, impasibles ante la supremacía esperpéntica del madurismo, se conformaron con el quiebre del rico país petrolero? Pues no, porque paciencia no es sinónimo de conformismo ni de pasividad. Ha sido un ejercicio de paciencia con perseverancia (y también de sobrevivencia, no hay que negarlo) que ha logrado frutos, que ha tejido redes, que ha hecho emerger liderazgos inéditos.

Ahora bien, ¿se puede leer este triunfo como el fin del chavismo? Sin duda es adelantarnos demasiado. El chavismo sigue gobernando. Además, el chavismo sigue existiendo en las bases porque se ha convertido en cultura, así como el “adequismo” fue por años un gen que iba más allá de la pertenencia al partido mayoritario y popular Acción Democrática. Pero lo que está claro es que chavismo visto desde el pueblo raso (y no desde los que, amparados por instancias del poder, no han hecho más que enriquecerse con él) tampoco es sinónimo de ingenuidad, no es una tara: también los chavistas del barrio popular se cansan de los chavistas. Como la mona que aún vestida de seda mona se queda, un mal gobierno es mal gobierno y, así se pinte de rojo o de tricolor, será visto como tal.

En la actualidad el gobierno de Maduro se carcome en sus propios vicios. Lo saben quienes, desde el propio pensamiento revolucionario, lo estudian académicamente. Es un cáncer terminal tan severo como el que se llevó la vida del presidente Chávez.

¿Qué va a pasar? No lo sé. Pero por primera vez en 17 años hay un respiro y a la vez hay una esperanza. Hay posibilidad de investigar a quienes se debe investigar y de castigar a quienes, aún cometiendo severos delitos, siguen impunes y gobernando. Pero ese respiro va más allá del triunfo parlamentario de la oposición. Oxigena a la democracia misma. Oxigena incluso al propio chavismo (a ese que realmente opera desde la justicia social, a ese que cree en libertades y repudia delitos). Pero solo lo oxigena si reconoce y acepta los tiempos de renovación, de cambio, de limpieza.

En la actualidad el gobierno de Maduro se carcome en sus propios vicios. Lo saben quienes, desde el propio pensamiento revolucionario, lo estudian académicamente. Es un cáncer terminal tan severo como el que se llevó la vida del presidente Chávez. Y aún más, porque –invadido de tumores malignos (y hasta de narco-tumores)– el actual es un gobierno de muertos vivientes. Un gobierno zombie.

Es hora de la reconstrucción de Venezuela pero no únicamente desde la oposición omnipotente (de nada vale salir de una hegemonía para volver a otra) sino también desde la revitalización de esas células dignas que también existen en el lado rojo. No hay que cegarse en juicios: hay descarados e infames entre los oficialistas, pero también hay quien creyó en el sueño de un país justo (y trabajó por ello); ese se necesita en el proceso de recuperación que apenas comienza.

Todavía queda trabajo por hacer. El chavismo es aún poder Ejecutivo. Y continúa la corrupción (supongo que recogiendo sus últimos frutos), la economía distorsionada, el desabastecimiento, la crisis hospitalaria y universitaria, la desigualdad social. Y sigue ese, el más atroz de los males venezolanos: la violencia, un mal que seguirá siendo parte de la estructura de la sociedad por muchos años.

Hoy celebro. Se abre una ventana. Y, cuando eso se hace, se van los malos olores de la casa. Entra aire fresco. Gana la democracia.

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