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Para entrar en el reino

por 28 diciembre, 2015

"Lo que tenemos como resultado es una compleja indagación, a la vez documentada e imaginativa, acerca de todas aquellas inquinas y disputas entre quienes se apegaban a la línea oficial desde Jerusalén, y quienes la cuestionaban. Stalin y Trotsky, juega a comparar Carrère. Y Pablo fue el gran disidente triunfante, sin el que el cristianismo no hubiera pasado de ser una secta más en el cerrado y lejano mundo judío".
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Como lo prueba mi novela Sara, siempre acudo a la Biblia en busca de historias que puedan ser contadas de nuevo, o en las que se puede leer entre líneas para entrar en sus misterios. Y las hay de sobra, como tantos escritores atestiguan: desde Thomas Mann con José y sus hermanos, a William Faulkner con ¡Absalón, Absalón!, a José Saramago con El evangelio según Jesucristo, y Caín; y ahora el francés contemporáneo Emmanuel Carrère con su crecida y desafiante novela El reino.

Crecida y desafiante por su entramado, y también por su grueso volumen. Es una novela que más allá de su tratamiento del texto bíblico escogido se abre y desparrama por diversos caminos y experiencias, ligadas a la propia vida del autor, a su entorno familiar, a sus crisis de fe y a sus dudas existenciales.

Trata en lo fundamental de un período bíblico bastante desatendido en la literatura, el de los sucesos posteriores a la muerte de Jesús, narrados en Hechos de los Apóstoles y en las cartas que el apóstol Pablo, perseguidor de los judíos cristianos, y después converso ejemplar, dirige a los feligreses cristianos que empezaban a surgir en el Imperio Romano, principalmente en Grecia y Turquía.

Joseph Campbell comenta en Las diosas que el cristianismo diseminado por Pablo en Europa tenía que ver más con la tradición helénica que con la judaica. En la cerrada doctrina mosaica no era posible conseguir algo como la concepción virginal de Cristo ni tampoco su resurrección, algo más propio del mundo griego. Y de estos asuntos trata también la novela de Carrère.

La primera vez que me interesé en esos textos me parecieron áridos, incapaces de competir con la graciosa textura de los Evangelios. De manera un tanto velada exponen las disputas internas entre quienes juzgaban que la doctrina de Jesús era de estricto consumo judaico, y aquellos que buscaban extenderla a los gentiles de todo el imperio, a la cabeza de ellos Pablo, autor de una de las grandes operaciones de propaganda de la historia de la humanidad.

Pero es allí, en esa aridez aparente, donde surge la novela de Carrère, que enlaza el texto de Hechos, escrito por Lucas, uno de los cuatro evangelistas, con las cartas de Pablo dirigidas a sus prosélitos; y no olvida el Apocalipsis, obra supuesta de Juan, otro de los evangelistas, un delirante arma de contra propaganda para anular la prédica de Pablo, y su prestigio.

Lo que tenemos como resultado es una compleja indagación, a la vez documentada e imaginativa, acerca de todas aquellas inquinas y disputas entre quienes se apegaban a la línea oficial desde Jerusalén, y quienes la cuestionaban. Stalin y Trotsky, juega a comparar Carrère. Y Pablo fue el gran disidente triunfante, sin el que el cristianismo no hubiera pasado de ser una secta más en el cerrado y lejano mundo judío.

Carrére cuenta todas estas historias de luchas de poder como si se tratara de un thriller político; lleva el relato hacia los más diversos planos, y casi nunca se pierde en la abundancia de tantas fuentes consultadas, moviéndose entre la precariedad de la verdad histórica y los recursos de su propia imaginación, llevados con virtud metódica.

Y echa mano del recurso de inmiscuirse él mismo en la novela, no siempre feliz; un escéptico frente a la fe primero, un converso luego al catolicismo, que se pasa años glosando el evangelio según San Juan, y, al final, otra vez un agnóstico, perspectiva desde la que escribe El reino, identificado con Pablo, el disidente terco e iluminado, feroz propagador de la fe en un oscuro crucificado que resucitó al tercer día.

Pablo escribe sus cartas desde la oscuridad de su alma atormentada repitiéndose: "no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero", que suena mucho a personaje de Dostoievski; y apotegma al que Goethe dará vuelta de revés cuando Fausto pregunta a Mefistófeles quién es, y este responde cínicamente: "parte de esa fuerza que siempre quiere el mal y termina haciendo el bien"

La manera que tiene Pablo de crear el reino, y heredarlo, es desde el tormento de la condición humana.

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