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Mucho Rawls y poco Hayek

por 27 enero, 2016

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Cristóbal Bellolio escribió hace unos días "Mucho Hayek y poco Rawls" –una columna en la revista Capital–estableciendo una distinción entre, al menos, dos tipos de liberales: los de derecha y los de izquierda. Términos que en estos momentos resultan algo confusos y arcaicos, por lo que me permito proponer una pequeña corrección a estas categorías binarias, para darles mayor altura y profundidad, distinguiéndose al menos cuatro tipos de liberales en el espectro político.

Primero, podemos apreciar a los liberales de derecha. Estos tienden a ser una fusión liberal-conservadora, más reacia a los cambios bruscos y donde la temática valórica es la más diversa entre sus adeptos, conviviendo con posturas más conservadoras sin problema. Los mayores representantes de esto en nuestro escenario político son quienes conforman Evópoli, de Felipe Kast, que pertenecen al conglomerado político de derecha Chile Vamos.

Luego los liberales de centro, que son más bien moderados en cuanto a las reformas sociales, económicas y políticas. Aquí cabe mencionar la cercanía de algunos liberales con la Democracia Cristiana, como es el caso del nuevo partido Ciudadanos de Andrés Velasco; otros que también son considerados de centro es Amplitud y Red Liberal, los cuales serían quizás una buena demostración de ese liberalismo moderado.

En tercer lugar los liberales de izquierda, donde se configuran ciertos elementos progresistas y socialdemócratas, con el liberalismo de corte igualitario. Vlado Mirosevic del Partido Liberal es claramente el mejor ejemplo de liberalismo progresista, por eso no es de extrañar que sus alianzas estén más orientadas hacia el mundo de Marco Enríquez-Ominami.

El debate sigue más que abierto en la discusión política contemporánea, especialmente con la proliferación de emprendimientos políticos liberales, que comienzan a cuajar de a poco en proyectos de cada vez más envergadura. Debemos aprender a convivir dentro de esta gran familia liberal.

Por último, están los liberales más químicamente puros, los que llevan el liberalismo a su mayor radicalidad, tanto en materia económica como valórica, que vendrían siendo los libertarios. Axel Kaiser y la Fundación para el Progreso se pueden arrogar el mayor liderazgo en este tipo de liberalismo más clásico, aunque estos últimos están más enfocados en la temática económica.

Pero Cristobal Bellolio lo profundiza aún más y hace notar que existen al menos dos corrientes liberales desde una perspectiva más bien filosófica y menos política, distinción que excede al espectro izquierda-derecha. Por un lado, el liberalismo igualitario y, por otro, el liberalismo clásico o, en su vertiente más moderna, el liberalismo libertario. Dentro de la nueva coalición de centro "SentidoFuturo" uno puede notar las gamas mixtas que cohabitan perfectamente. Ciudadanos se define como Socio-Liberales; Red Liberal como Liberales-Igualitarios, y Amplitud como Liberales Clásicos.

Menciona Cristóbal luego, también, cómo hubiese sido catalogado el libro de Kaiser en el mundo anglosajón, señalándolo semánticamente como "libertarianism" más que como "liberalism". Pero debemos recordar que los "liberals", en la traducción en español dentro de las ciencias políticas, se relacionan más con los términos socialdemócratas o progresistas, como por ejemplo se considera en Estados Unidos al Partido Demócrata, que históricamente tiene un compromiso con mayor Estado de bienestar y alzas de impuestos. Así que el término esta aún en disputa en nuestro idioma y una discusión semántica de quien es el más liberal, como reconoce el mismo Bellolio, sería infructífera.

Como libertario y militante de Amplitud recojo el guante y reviso algunas de sus consideraciones.

Sobre la posición originaria

Sería entendible en un mundo estático y no dinámico como en el que vivimos. Debemos considerar que toda posición económica varía con el tiempo. Existe la movilidad social, por lo que se dificulta hacer un criterio basado solo en la justicia en ese sentido, mientras todos tengan las capacidades normativas de acceder a cualquier posición en cuanto a las diferencias materiales. Además, debemos recordar que las diferencias materiales o económicas no son las únicas diferencias existentes, ya que existen diferencias biológicas, circunstanciales o azarosas, que no puede ser menester del Estado igualar forzosamente, no solo por razones éticas, sino fácticas.

Sobre un proceso constituyente

Podemos estar de acuerdo en que sea hijo del consenso político, pero cualquier liberal debe entender también cuáles son las funciones históricas de una Carta Magna. Consiste, básicamente, en limitar el poder del poder. Por tanto, por muy consensuado y legítimo que sea un procedimiento, el resultado puede ser ilegítimo si sobrepasa las limitaciones que puede tener el poder sobre la libertad de las personas. Es por eso que cualquier liberal pide garantías mínimas de protección a la vida, la libertad y la propiedad antes de someterse a una asamblea política que pueda violentar esos derechos. Ya que más allá de lo que significa la seguridad y la justicia, para poder vivir el estilo de vida que cada uno estime conveniente, sería contradictorio comenzar a imponer tipos de vida particular, al estar consagrando derechos en una carta fundante, que imponga las pretensiones de los que ostentan el poder por sobre los que no lo tienen y eso incluye a la mayorías por sobre los derechos de las minorías.

Debemos dejar a un lado algunas pretensiones intelectuales de la academia inglesa, de lo que predomina o no en el debate filosófico. Es cosa de recordar que una de las respuestas más serias al mismo Rawls fue Nozik en Anarquía, Estado y Utopía, dentro de la escuela analítica. Por otro lado, tanto Hayek como Freidman tuvieron una influencia brutal en la economía a nivel mundial; el primero con Thatcher –e indirectamente a Blair– y luego el segundo a Reagan –e indirectamente a Clinton–, situaciones que no pueden desconocerse como relevantes en términos políticos.

Y es de estos referentes de quienes el liberalismo igualitario no debe olvidarse, ya que son sus visiones, su pragmatismo, lo que marca la diferencia con el progresismo. Es el no olvidarse de que "hay que dejar de juzgar las políticas por sus intenciones y comenzar a juzgarlas por sus resultados", como fue expuesto por Smith y bien resumido por Friedman. Tener "menos Hayek" significaría para los liberales de izquierda dejar de ser liberales para terminar siendo simplemente de izquierda; es el pensamiento que los distingue del populismo a gran y pequeña escala, que es muy tentativo tanto en el mundo político como en la opinión pública.

Por lo tanto, el debate sigue más que abierto en la discusión política contemporánea, especialmente con la proliferación de emprendimientos políticos liberales, que comienzan a cuajar de a poco en proyectos de cada vez más envergadura. Debemos aprender a convivir dentro de esta gran familia liberal. Sin embargo, siendo que los partidos liberales contemporáneos tienden más hacia el igualitarismo que hacia el libertarianismo –cosa que comienza a igualarse en las nuevas generaciones de liberales– y para emparejar la cancha, a los nuevos partidos liberales de hoy les hace falta: más Hayek y menos Rawls.

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