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Los filósofos han opinado sobre el mundo

por 19 marzo, 2016

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Hace casi una semana, las periodistas Tania Opazo y Angélica Bulnes, entrevistaron a algunos connotados filósofos nacionales sobre el silencio que la filosofía chilena guarda en abordar temas de interés público en un debate abierto y amplio que pueda permear en la sociedad. Cada uno de ellos, respondió desde su propia óptica sobre el por qué de este silencio y, en cierta forma concuerdo con algunas de sus declaraciones, pero pienso que sus visiones pasan por alto algunos elementos que son necesarios de considerar.

Buscar las causas del silencio de los filósofos chilenos en asuntos contingentes de modo aislado es una mera abstracción. Todo ejercicio filosófico está anclado a un contexto determinado, por lo tanto, es preciso dejar en claro que tal silencio tiene que entenderse como un resultado de ese contexto. La praxis filosófica en Chile, en tanto, resultado de un proceso histórico, transita entre dos contextos: el social, comprendido en su sentido lato, y el de la formación académica y sus métodos.

En el actual contexto social, la técnica y la positividad (esto es, el dominio cultural de un cierto tipo de pensamiento basado en la profesionalización del saber, en la búsqueda de resultados cuantificables y los efectos culturales de la tecnología), determinan a la opinión pública. En tal situación, la opinión del filósofo casi no tiene espacios donde darse a conocer puesto que es considerada, casi de inmediato, como “laxa”, carente de “verificabilidad” u, en último término, y para gente un poco más sofisticada intelectualmente, “oscura”. En su lugar, la opinión de un profesional de cualquier área del saber técnico (práctico) o administrativo, es tomada como verdadera (a priori en muchos casos), puesto que se sustenta en una serie de herramientas que le permiten contrastación, verificabilidad y claridad de exposición. La filosofía, a simple vista, está en descrédito frente a una cultura donde está entronizado el pensamiento calculador, sin considerar todos los problemas epistemológicos, sociológicos y morales que este posee. En tal sentido, no es mera coincidencia, que hoy en día, las encuestas, a pesar de todo lo engañosas que pueden resultar, son consideradas como un instrumento de conocimiento certero y veraz (cualquier persona iniciada en filosofía, notará que las encuestas cargan con el problema de la inducción).

Hace más de ciento cincuenta años, Marx diagnosticó el problema de la filosofía en su última tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”

En segundo lugar, y en plena concordancia con el primer punto, en la actualidad, la reflexión filosófica, al igual que otras múltiples disciplinas del saber, está determinada por la formación académica y sus métodos estrictos de práctica. Al revisar las mallas curriculares de la mayoría de las instituciones en las que se imparte filosofía, se puede descubrir que la enseñanza de la disciplina aludida tiende a la sobre especialización intelectual llevándola a un estado de solipsismo en el que el estudiante conoce la historia de la filosofía, pero no los nexos que ésta posee con otras áreas del saber. Además, los formatos utilizados para la exposición de ideas filosóficas (en el contexto académico) en tesis de grados, papers y ponencias, debido al soporte de citas que deben poseer, restan libertad reflexiva al filósofo. Cualquier texto presentado en revistas indexadas se asemeja más a una monografía sobre algún renombrado filósofo que a una exposición argumentativa sobre alguna idea filosófica. Si bien es cierto, los formatos académicos son necesarios porque garantizan un profesionalismo de la disciplina, no es menos cierto que coartan algunas intenciones expositivas del autor e impiden que un ciudadano común se acerque a la filosofía puesto que dichos formatos tienden a hacer un uso del lenguaje filosófico que más que abrir el debate lo cierra como un texto de complejidad incuestionable.

Hasta hace poco tiempo, el real peso de un filósofo estaba determinado por su capacidad de argumentación lógica y la profundidad de sus reflexiones, no por la cantidad de citas de sus trabajos. En cambio, en nuestro contexto, la sobre especialización del filósofo, impide una mirada global a los acontecimientos políticos y sociales que acaecen en el país. Antes de reflexionar sobre ellos, el pensador se ve forzado a reflexionar el “cómo abordarlo”, encarnando, en palabras de Hegel, un miedo a la verdad. El filósofo académico cae, entonces, en una reflexión infinita sobre el método (en este caso, formato del escrito) que le permitiría acceder al “asunto” y no en un verdadero entender el “asunto”.

Hace más de ciento cincuenta años, Marx diagnosticó el problema de la filosofía en su última tesis sobre Feuerbach: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. Tal conclusión, como era de esperarse, no está vigente en el Chile del siglo XXI. Los filósofos no solo ya no pueden cambiar el mundo (¿O no quieren?), ni siquiera interpretan el mundo porque la exigencia de los formatos empleados para filosofar impiden hacerlo. Al filósofo (académico) solo se le permite reflexionar sobre una parte pequeña del mundo, aquella en la que se ha especializado.

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