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Aylwin, y el regreso de la mitología de la transición (por unos días)

por 20 abril, 2016

Aylwin, y el regreso de la mitología de la transición (por unos días)
Mientras iba a almorzar me llamó la atención el despliegue informativo en torno a su figura de los canales de televisión y cómo de repente los cuestionados actores del duopolio volvían a hablar fuerte y claro ante las cámaras: Piñera no solo dijo que lo admiraba, llegó a afirmar que eran amigos. Por primera vez conversaba sin el miedo escénico de que algún periodista se saliera del libreto fúnebre y terminara preguntándole por sus ministros y subsecretarios envueltos en cohecho o investigados por platas políticas.
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Ha muerto Aylwin. Y su deceso confirma aquella frase que alguna vez escuché, de que los funerales en realidad son más bien para los vivos que para quienes fallecen: la cantidad de recados que se han enviado por Twitter o por las redes sociales casi todos los actores públicos hoy cuestionados, evidencian que más que sentir la muerte de Aylwin, pareciera que echaran de menos lo que el ex Presidente terminó representando: la política de los acuerdos hoy en bancarrota.

Me formé en el almeydismo, donde la DC era la traición misma y Aylwin uno de sus apóstoles negros. Mi primera aproximación más concreta a su figura fue cuando, en un dos por tres, el periódico de la organización –Unidad y Lucha– cambió de giro y en la edición de julio de 1989 su portada venía con una tremenda foto de don Pato y con el siguiente titular: “Aylwin candidato único”. Enseguida, una bajada compuesta de dos frases: “Pleno apoyo de los socialistas” y, por supuesto, aquella que evidenciaba que el respaldo no era gratis: “Invita a integrar gobierno”.

Aquella vez, en torno a una cerveza, comentamos con mis compañeros de la JS de la Universidad de Talca –en una época sin mucho teléfono y sin internet– que “se había cerrado el boliche”. Aquello fue tan literal que la mayoría de ellos abandonó en esa ocasión la militancia.

En la carta que el secretario general de aquella fracción, don Cloro, le enviaba para congratularlo por su designación como abanderado presidencial, no había ninguna alusión al pasado ni menos al rol que, el ahora candidato, había desempeñado como senador, presidente del PDC y brazo derecho de Frei Montalva en el estrepitoso derrumbe del Gobierno de Allende.

Aquella pequeña pero gran omisión, ya nos puso en alerta sobre el ambiente en el que se desarrollaría la transición y que resultaría ser una de sus aristas más constantes que hoy estamos pagando caro: la ausencia de memoria y que haría cierta aquella máxima de que “un pueblo sin historia es un pueblo sin futuro”. Y como no hubo historia ni memoria, con Aylwin se inició el cambalache que se profundizó y masificó luego, y que hoy nos tiene como nos tiene.

No tengo ni los prejuicios de los viejos socialistas sobre el personaje –el traidor, corresponsable del Golpe-, ni de los contemporáneos –“el hombre bueno y justo”-, es más, mirando en perspectiva creo que fue el menos malo de los presidentes de la transición: sobrio y austero como buen hombre de la vieja República, se negó a privatizar las empresas sanitarias y les dio un estatuto digno a unos aporreados profesores, aunque con él se iniciaron las concesiones mineras en masa y se dieron las primeras señales –Codelco y el millonario desmalezamiento de la refinería de Concón– de que ser corrupto en democracia te saldría gratis.

Sigo creyendo que se pudo hacer más y parte de su eslogan de “justicia en la medida de lo posible” se explica porque tampoco podía llegar más a fondo, en especial si se trataba de condenar a militares a quienes apoyó antes.

Los presidentes deben ser mirados en profundidad, en sus aciertos y errores incluso en su deceso. La muerte de un hombre que ocupó la primera magistratura no puede ser la ocasión para restituir no solo la escenografía de los 90 de la mugre bajo la alfombra y la desmemoria, ni menos la prensa pacata que prefiere no hablar de ciertas cosas. Engrandece más aún su figura el explicitar sus errores, sus ripios y sus flaquezas. Aylwin fue un hombre de su época y, como tal, se adelanta y muere, mientras deja que ella agonice.

Por eso es que mientras iba a almorzar me llamó la atención el despliegue informativo en torno a su figura de los canales de televisión y cómo de repente los cuestionados actores del duopolio volvían a hablar fuerte y claro ante las cámaras: Piñera no solo dijo que lo admiraba, llegó a afirmar que eran amigos. Por primera vez conversaba sin el miedo escénico de que algún periodista se saliera del libreto fúnebre y terminara preguntándole por sus ministros y subsecretarios envueltos en cohecho o investigados por platas políticas.

Reaparecían, como si se tratara de un baile de fantasmas, personajes que de joven había visto ocupando puestos de ministros o parlamentarios, ahora con el semblante en tránsito. También estaban aquellos que nunca dejaron de hablar, es decir, Enrique Correa, Tironi (nuestro Dorian Gray de la política), y otro que lo hace hasta por los codos: Francisco Vidal.

Me sumerjo por la tarde en los diarios y observo lo mismo. La radio, tampoco escapa a la aylwinmanía fúnebre. En fin, es como si hubiesen sabido que el ex Mandatario iba a morir y no hubo sino que esperar a que ello sucediera físicamente para poner en despliegue lo que estaba preparado.

Otros actores de la derecha, junto con ofrecer sus condolencias y, de paso, recordar que fue un gran Presidente de Chile (aunque en la realidad intentaron hacerle la vida imposible), enarbolan frases alambicadas que lo resaltan como “hombre pragmático y de consensos que hoy hace falta” (Luciano Cuz-Coke) o como “un hombre que aportó a la unidad y reconciliación de nuestro país” (diputados UDI)”. Y siguen y siguen los recados y las añoranzas por lo que representó Aylwin.

Todos los que hablan, extrañan y lloran por el deceso del ex Mandatario, agregan siempre el contexto en el cual se depositan sus lágrimas y pesar por su fallecimiento: los 90, nuestra transición pacata, llena de basura que se fue escondiendo bajo la alfombra hasta que se acumuló una montaña de mugre y el hedor se hizo insoportable.

Claro, Aylwin no tiene la culpa de ello pero pudo hacer algo: como sancionar el millonario desmalezamiento de la refinería de Concón que involucró a su camarada y amigo Juan Hamilton, quien luego sería senador, o haber castigado ejemplarmente a los responsables cuando se perdieron cerca de 400 millones de dólares en Codelco y que, como sabemos, no fue exclusiva responsabilidad de Juan Pablo Dávila, o haber impedido la enajenación de las riquezas del cobre vía las concesiones. Allí se habría detenido la corrupción que se masificó después.

Aylwin, se formó en el Liceo Alemán junto a otros hombres que luego hicieron historia, como Carlos Altamirano o Clodomiro Almeyda, siendo los tres personajes que desde jóvenes, y así lo retrataron en sus memorias, ante la crisis buscaron nuevos referentes. Y a pesar de que estuvieron próximos, terminaron militando en partidos distintos: uno en la falange y los otros dos en el socialismo.

Como generación quisieron construir la utopía en la tierra y –cual más, cual menos– contribuyeron a destruir la vieja república y a hacer que ya casi tres generaciones de chilenos pagáramos las consecuencias de sus errores. Pero el Aylwin golpista, hoy no se recuerda.

No todos los muertos son buenos. Los presidentes deben ser mirados en profundidad, en sus aciertos y errores incluso en su deceso. La muerte de un hombre que ocupó la primera magistratura no puede ser la ocasión para restituir no solo la escenografía de los 90 de la mugre bajo la alfombra y la desmemoria, ni menos la prensa pacata que prefiere no hablar de ciertas cosas. Engrandece más aún su figura el explicitar sus errores, sus ripios y sus flaquezas. Aylwin fue un hombre de su época y, como tal, se adelanta y muere, mientras deja que ella agonice.

El PS que tanto lo odió y lo amó ha suspendido su acto aniversario, ya que –curiosidad o ironía de la historia–, Aylwin parte el mismo día en que los socialistas celebran su aniversario y sé que algunos celebrarán ambas cosas.

Aylwin, en tanto, le proporcionará al PDC seguramente el que será su último acto de masas, antes de que –junto con la época y al igual que el ex Presidente– termine por desplomarse definitivamente.

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