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Nuestros usos tácticos del patriarcado

por 2 mayo, 2016

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Mi historia personal del abuso no tiene grandes hitos. Experimenté, como todas, susurros lascivos al caminar por la calle; tocaciones descaradas en el transporte público; humillantes apelativos a viva voz desde un vehículo en marcha o desde lo alto de un edificio en construcción. Como todas, si es verano y me pongo un vestido, cerca de la mitad de los hombres que pasan a mi lado se sienten con el derecho de opinar acerca de mi cuerpo o de expresar el deseo que sienten hacia mí. Puede ser horrible, pero la mayor parte de nosotras aprende, a cierta edad, que no hay que dejar que estas cosas te arruinen el día.

Hay, además, otros aprendizajes que atraviesan la experiencia de ser mujer en sociedades como la nuestra. Ciertas formas de amabilidad y de coquetería, a menudo ambiguas o veladas, abren puertas impensadas en un mundo lleno de obstáculos: se obtienen plazos extraordinarios para los trabajos de la Universidad; se consiguen invitaciones y descuentos a toda clase de eventos o productos; se accede a un universo paralelo de comprensión y flexibilidad en los laberintos de la burocracia institucional.

En ocasiones, solo se trata de fingir inocencia: aguantar la cercanía impropia de un colega que nos puede ayudar a alcanzar un objetivo; no hacer explícito el desagrado que nos causan los piropos de algún jefe o profesor. Personalmente, apostando a mi carrera académica, en más de una ocasión toleré situaciones que cualquier observador externo declararía, abiertamente, inadmisibles.

Aunque las razones sean desoladoras, me entusiasma que las mujeres de hoy tengan la valentía de hacer públicas sus biografías del abuso. Celebro que se instale en la conversación el debate sobre el acoso callejero, y que salgan a la luz, en sus distintos niveles, los síntomas de un sistema que invisibiliza, oprime, maltrata y asesina a las mujeres.

Pero pienso que no podemos seguir actuando como si unos hechos y los otros no estuvieran vinculados; como si esas pequeñas victorias personales no significaran derrotas inapelables para la construcción de un sistema más justo. El patriarcado no solo habita en los sujetos que nos denigran en las calles, en los sueldos que castigan el trabajo de las mujeres o en las señoras que en el ámbito doméstico consienten a sus maridos y sus hijos hombres. Nuestros usos tácticos del patriarcado son también una forma de reproducirlo.

En la práctica cotidiana, ellos y nosotras hacemos prevalecer una visión de la mujer como un objeto –un cuerpo– susceptible a la codicia y a la transa. Por ello, la tarea de desmantelar estos imaginarios sexistas no termina en la denuncia de los rostros más visibles de la violencia: también implica examinar nuestras complicidades silentes.

Una verdadera discusión en torno al abuso sexual implica hacer visible una intrincada trama de prácticas y discursos que conecta, por ejemplo, las triviales expresiones de la violencia callejera con aquellos favores obtenidos a través del despliegue de los encantos femeninos. Con frecuencia hacemos uso de estos beneficios residuales apelando al lado amable de un sistema que nos excluye y nos victimiza, pero es difícil no intuir que estos mecanismos, a la larga, terminan por salirnos caros.

Cabe preguntarse, entonces, qué claves de lectura podemos ofrecer en estas materias. ¿Se trata de estrategias legítimas, análogas a las tácticas que desenvuelven los sectores subalternos para darle la vuelta al poder? O, por el contrario, ¿son los vehículos irreflexivos de una dominación masculina introyectada?

Las redes sociales han levantado imponentes campañas –como #miprimeracoso– que ponen de manifiesto que la experiencia de abuso es más profunda y más transversal de lo aparente. Es un paso importante, pues la política del testimonio logra situar la problemática en un lugar público, intersubjetivo y común. Sin embargo, ¿es la victimización, que nombra, interpela y denuncia, el único recurso para hacer frente a estas asimetrías opresivas? ¿qué horizontes de debate quedan todavía por ser abiertos?

En la práctica cotidiana, ellos y nosotras hacemos prevalecer una visión de la mujer como un objeto –un cuerpo– susceptible a la codicia y a la transa. Por ello, la tarea de desmantelar estos imaginarios sexistas no termina en la denuncia de los rostros más visibles de la violencia: también implica examinar nuestras complicidades silentes.

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