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Circos, animales y dignidad

por 8 mayo, 2016

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El camino al desarrollo tiene varias vías por las que avanzar. Muchos han dicho ya que un aumento del PIB no es suficiente y que, necesariamente, el desarrollo implica un avance paralelo en temas culturales. El desarrollo implica, entre otras cosas, cambiar nuestra forma de relacionarnos con nuestro entorno. Implica cambiar la forma en que vemos la ciudad, nuestros vecinos, nuestro medio ambiente y, por consiguiente, la forma en que nos relacionamos con todos los seres que habitamos este mundo. Desarrollo es, también, tomar en cuenta y apreciar la unicidad de cada existencia, el valor de cada individuo y el consiguiente reconocimiento que todos nos merecemos.

En esa dirección, la noticia de que el gobierno de Chile se habría inicialmente limitado a regular el uso de animales en los circos y ahora se muestra dispuesto a prohibirlos una vez que se cree el Ministerio de de las Culturas, las Artes y el Patrimonio nos presenta con una excelente oportunidad para hablar acerca de la forma en que conceptualizamos la relación que tenemos con esos seres. Que los animales aún sean vistos como objetos o seres inanimados es un indicio de lo mucho que nos falta como país para avanzar hacia un entendimiento más profundo de las complejidades que rodean la vida en comunidad. Prohibir su uso como objetos de entretención en circos sería un buen inicio, pero sería sólo eso: un inicio. Queda, por ejemplo, el tema de los rodeos y su uso en la industria alimenticia. ¿Cómo cuadramos la prohibición de usar animales en circos pero seguimos permitiendo su uso en rodeos?

Hay que decir que este tema, el de los derechos de los animales, es una de las pocas áreas donde la fuerza y la solidez de los argumentos están abrumadoramente a un lado de la disputa. De forma análoga a lo que ocurre con el racismo y el sexismo, aquellos que no quieren reconocer la dignidad y, por lo tanto el respeto que se merecen los animales, siempre terminan recurriendo a todo tipo de contorsiones intelectuales que los llevan a un sin fin de argumentos sin salidas y llenas de contradicciones. En el mejor de los casos terminan, arbitrariamente, desconociendo la cualidad de “vida vivida”que estos seres experimentan o la terminan denigrando y minimizando hasta hacerla parecer irrelevante.

 Hay que decir que este tema, el de los derechos de los animales, es una de las pocas áreas donde la fuerza y la solidez de los argumentos están abrumadoramente a un lado de la disputa. De forma análoga a lo que ocurre con el racismo y el sexismo, aquellos que no quieren reconocer la dignidad y, por lo tanto el respeto que se merecen los animales, siempre terminan recurriendo a todo tipo de contorsiones intelectuales que los llevan a un sin fin de argumentos sin salidas y llenas de contradicciones.

 

Ante un ser vivo que manifiesta voluntad, que expresa y manifiesta gustos y disgustos, que tiene preferencias y que rechaza imposiciones, caben pocas alternativas. O se reconocen esas manifestaciones como autenticas (es decir que los animales realmente sienten) o se niegan (es decir, el animal realmente no siente nada). Si se reconoce y se valoran esas claras manifestaciones y esa individualidad entonces, necesariamente, entran consideraciones éticas al momento de tratar con esos seres. Y, a su vez, esas consideraciones éticas nos obligan a considerar la admisibilidad o no de nuestro trato hacia ellos. Una vez que estamos en esa discusión se hace increíblemente difícil justificar su uso en circos con la única finalidad de entretenernos. ¿Qué justificación racional puede haber para que alguien afirme que los gustos, las preferencias y el sufrimiento de ese ser no me son importantes? ¿Cómo se puede justificar que mi derecho al espectáculo sea más importante que el derecho al trato digno que se merece ese otro individuo?

Tal vez uno de los argumentos más utilizados para negarles a los animales el reconocimiento que se merecen tiene que ver con la acusación de que estamos cayendo, sin darnos cuenta, en el antropomorfismo. Es decir, que le estamos asignando emociones y características humanas a seres que no lo son. Ellos dicen que esto implica pensar, erróneamente, que el elefante sufre y está a disgusto mientras hace esos malabares y entrena para aprenderlos. Dicen que nos equivocamos al pensar que el león sufre en su jaula y que no es cierto que él tendría una preferencia por caminar y vivir en la sábana africana. También nos aseguran que en el rodeo el novillo sólo corre y arranca de los huasos impulsado por alguna inercia vacía, no porque realmente sienta el peligro, el miedo y el deseo de escapar de allí. La pregunta de fondo es, ¿cómo sabemos que realmente sufre ese ser? ¿Será posible que todo sea sólo una proyección mía? Dado el gran abanico de emociones que los animales usan para expresar y comunicar, es necesario recurrir a argumentos bastantes rebuscados para negar la autenticidad de esa vida interior. ¿Serán, como dijo Descartes, sólo autómatas? ¿Realmente creemos eso? El argumento de que estamos proyectando emociones donde realmente no las hay es débil y un tanto peligroso pues, de aceptarlo, nos lleva directo al solipsismo (la idea de que mi mente es lo único que, con certeza, existe en el mundo). Entonces así como algunos se atreven a desconocer las claras manifestaciones de vida interior por parte de esos animales, en última instancia también es posible negar la existencia de todas las otras mentes humanas (justamente lo que hace el solipsista). Es decir, puedo caer en un escepticismo radical que me lleve a negar la existencia de todas las emociones en general, salvo las mías.

Al que no le guste esta conclusión y la quiera negar (porque cree que las otras mentes humanas sí existen), tiene que elaborar un argumento de por qué existirían esas mentes humanas (con toda su riqueza emocional), pero no las mentes animales (con su respectiva riqueza emocional). Apelar a la “razón” y al uso del lenguaje humano como factor decisivo es sólo caer en una circularidad que no hace más que debilitar el argumento de los que creen que está bien usar animales para divertirse.

Prohibir el uso de animales en los circos es sólo un paso. Un primer, tímido paso. Todavía falta mucho por recorrer.

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