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Chiloé: la balada del vertedero

por 12 mayo, 2016

Chiloé: la balada del vertedero
Tape su acceso al mar, parece ser la consigna. Póngale rejas y contenedores a su borde costero, arroje detritus y solo contémplelo desde lo alto, para ver los contrastes de colores en la puesta de sol. Bote papel, plásticos, ropa vieja, desechos químicos. Apriete los costos de producción de su industria usando de manera clandestina el mar como si fuera un gran vertedero, porque ya lo es. Aproveche la complicidad y la venalidad de las autoridades encargadas de cuidarlo. Las multas son bajas si alguien osa pillarlo (sí, está bien dicho, osa pillarlo), siempre puede zafar o calcular la multa como un costo aceptable.
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La Canción Nacional que tanto enorgullece al país, pasó a balada de vertedero en manos del capitalismo salvaje que ha dominado al país en los últimos 40 años, y de lo cual Chiloé es hoy la prueba viviente. Junto con la nueva Constitución habrá que ir pensando en un nuevo Himno Nacional y tal vez una nueva bandera. Transparencia y verdad nos obligan.

Chile ya no tiene un cielo puro y azulado sino uno gris a causa de la contaminación y la ruptura de la capa de ozono. No lo cruzan brisas sino vientos huracanados y los campos son enormes canteras forestales destinadas al chipeo, sin flores que mirar. La blanca montaña ya no existe, se acaban los glaciares y se hace pedrosa y gris marrón en sus cimas. Tampoco es un baluarte sino una amenaza constante de fuego sobre el hábitat humano. El mar no baña tranquilo nuestras costas ni promete futuro esplendor, sino que hoy es el epítome del envenenamiento de nuestra tierra, hecho de manera brutal en nuestro país.

Si algo no le sirve o desea ocultarlo, bótelo al mar, es el pensamiento larvado que domina a nuestra cultura emprendedora. Las corrientes marinas se llevarán todo, incluso la memoria, como pretendió la dictadura con presos políticos asesinados, cuyos cuerpos amarrados a trozos de riel fueron arrojados a él. Dejando en evidencia que sí puede ser la tumba de los libres.

Tape su acceso al mar, parece ser la consigna. Póngale rejas y contenedores a su borde costero, arroje detritus y solo contémplelo desde lo alto, para ver los contrastes de colores en la puesta de sol. Bote papel, plásticos, ropa vieja, desechos químicos. Apriete los costos de producción de su industria usando de manera clandestina el mar como si fuera un gran vertedero, porque ya lo es. Aproveche la complicidad y la venalidad de las autoridades encargadas de cuidarlo. Las multas son bajas si alguien osa pillarlo (sí, está bien dicho, osa pillarlo), siempre puede zafar o calcular la multa como un costo aceptable.

Y no piense que es un hombre que vive en un territorio con bandera. La simbología de ella tampoco existe. Es una ilusión vana la de las víctimas de las catástrofes que se envuelven en ella para mitigar su dolor y su abandono e interpelar al centralismo político queriendo decir ¡sí, mírennos, también somos Chile! Los colores hoy significan otra cosa.

El rojo es la marea roja, resultado del envenenamiento que azota a nuestro mar; el blanco es la incertidumbre, la página no escrita por la falta de liderazgo y compromiso de las elites gobernantes; y el azul es el color de la asfixia que deviene en nuestro cuerpo cuando se nos acaba el aire. La estrella, la inalcanzable y solitaria estrella, centro del azul, es el ojo del Polifemo nacional, enceguecido por la codicia y la soberbia de los gobernantes.

La crisis en la Región de Los Lagos es regional, y no solo de Chiloé o de la pesca. Es del conjunto de actividades productivas y de una agenda sin soluciones o con atrasos abismales. Es también la crisis de un modo colonial de relacionar el centro político con los territorios del país, que genera una responsabilidad que perfectamente podría ser demandada en tribunales internacionales merced a los daños ambientales que produce. La ecología del mundo es un sistema, o de otra manera no podríamos explicar el debilitamiento de la capa de ozono en Chile originado principalmente por las emisiones de carbono de los países industrializados y China.

Que  nadie pida que no haya rabia. Porque es demasiado tiempo y paciencia –y también demasiada inútil advertencia– sobre el monumental desastre ambiental que se estaba montando en el país. Y que sigue y se incuba en cada región de Chile merced a las “obras de desarrollo”, que aprietan sus costos de construcción contaminando o generando pasivos ambientales para obtener mayores ganancias bajo la superficie.

Parece una maldición, pero detrás de cada promesa de desarrollo se esconde una catástrofe ambiental, generalmente porque nadie está dispuesto a cumplir la ley. Lo peor es que ello ocurre con la pasividad de las autoridades y la mayor indiferencia de la política, la misma que se ejemplifica en el fracaso de la sesión de la Cámara de Diputados del día martes pasado, destinada a debatir la crisis de Chiloé y la Región de los Lagos. La misma que deja sin sanción a una empresa de agua potable que, en la ambigüedad de un negocio de energía, permite que queden sin dicha agua potable millones de ciudadanos.

La crisis en la Región de Los Lagos es regional, y no solo de Chiloé o de la pesca. Es del conjunto de actividades productivas y de una agenda sin soluciones o con atrasos abismales. Es también la crisis de un modo colonial de relacionar el centro político con los territorios del país, que genera una responsabilidad que perfectamente podría ser demandada en tribunales internacionales merced a los daños ambientales que produce. La ecología del mundo es un sistema, o de otra manera no podríamos explicar el debilitamiento de la capa de ozono en Chile originado principalmente por las emisiones de carbono de los países industrializados y China.

Por cierto, el requerimiento ahora es de emergencia –una vez más– y se precisa de locus y mecanismos de diálogo. Como siempre, las instituciones no están pensadas o no existen y entonces aparece la necesidad del “delegado presidencial” y de una mesa de negociaciones, donde, como si el centro fuera una fuerza de ocupación del territorio, se puedan acercar posiciones.

Desde Suecia, la Presidenta Bachelet ha pedido calma y diálogo. Pero ella sabe que debe personalmente empoderar a alguien para que ello ocurra, pues las instituciones formales –en este caso la Intendencia– no tienen ni siquiera un valor simbólico. Hay que activar y poner frente a frente al liderazgo local de base que conduce el movimiento y al poder político real que está en Santiago. Todo lo demás es cuento.

El fracaso del ministro de Economía fue el mismo del ministro de Energía en Aysén el 2011, durante el Gobierno de Sebastián Piñera. No tenía poder político. Pero lo de Céspedes fue peor, porque se bajó del avión ofreciendo plata y llamó a negociar en un recinto militar de la Armada. Lo único que le funciona bien a los gobiernos centrales es el envío de Fuerzas Especiales de Carabineros como componente de paz social. Claro que nunca ayudan mucho a la solución.

Mesa de la Esperanza es el nombre que en Puerto Montt los dirigentes le han dado al mecanismo de diálogo que solicitan. Sin propuestas reales y sustentables, y solo con la idea de terminar el paro, el Gobierno reacciona con la empatía habitual del Ministerio del Interior: cero política.

La situación es tensa, pues ha quedado en evidencia un malestar muy extendido que puede fácilmente contagiarse a otras regiones del país. Y la marea roja, el buque insignia de los problemas, extenderse hacia el norte.  Independientemente de si tenemos o no Canción Nacional que cantar y bandera con la cual arroparnos.

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