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Nabila, la perpetua violencia muda e invisible contra las mujeres

por 18 mayo, 2016

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Este año se cumplen 6 años de la modificación de la Ley de Violencia Intrafamiliar (20.066), por la promulgación de la Ley 20.480 –publicada el 18 de diciembre del 2010–, que reconoce al femicidio como un acto de violencia extrema contra las mujeres, ejercido por quien es o ha sido su cónyuge o conviviente, con resultado de muerte, constituyéndose este acto en un delito que será sancionado con cárcel entre 15 y 40 años.

Desde el año 2010 el promedio de femicidios anuales permanece prácticamente inalterable. De acuerdo a las estadísticas del Sernam, entre los años 2010 y 2015 se han cometido 248 femicidios. En promedio, 41 por año.

Los dos años anteriores a la promulgación de esta Ley –2008 y 2009– se habían cometido 114 en total; 59 y 55, respectivamente.

En lo que va del 2016 se han contabilizado 13 femicidios. Nabila podría ser la número 14, si no es porque todavía es un “femicidio frustrado”, pues esta mujer de 28 años sobrevivió a la violación, a los golpes, rotura de su cráneo y a la extracción de sus ojos.

La crueldad ejecutada sobre el cuerpo de Nabila nos trae de vuelta –y de bruces– a las atrocidades que la dictadura hizo con los cuerpos de chilenas y chilenos: los modos cruentos de tortura, ejecución y desaparición reaparecen en la noche de la casa vecina, en el silencioso mundo doméstico y luego en la intemperie de la madrugada en que el cuerpo de una mujer de 28 años es arrojado y abandonado en la calle de una ciudad del sur de nuestro país.

Todavía no hay responsables de la violencia contra Nabila. En la dictadura no los hubo por décadas. En ambos casos sabemos quiénes son los ejecutores capaces de esta atrocidad. Pero los tiempos de la impunidad son mayores y aun tanto más violentos que la violencia que tanto hemos reclamado y luchado por acabar. Las diligencias y pericias de policías y jueces dicen llevar varios entrevistados para clarificar los hechos y circunstancias. Como si el cuerpo de Nabila fuera mudo y no hablese por sí mismo.

Es cierto que hoy día el femicidio se ha vuelto contable, noticiable, sancionable y encarcelable. Tenemos estadísticas, prensa y presidio para los 362 femicidios ejecutados desde el 2008, pero aún no tenemos justicia. La Ley 20.480 no logra –y no sabemos si logrará– poner fin a este tipo de asesinatos de las mujeres chilenas.

La crueldad ejecutada sobre el cuerpo de Nabila nos trae de vuelta –y de bruces– a las atrocidades que la dictadura hizo con los cuerpos de chilenas y chilenos: los modos cruentos de tortura, ejecución y desaparición reaparecen en la noche de la casa vecina, en el silencioso mundo doméstico y luego en la intemperie de la madrugada en que el cuerpo de una mujer de 28 años es arrojado y abandonado en la calle de una ciudad del sur de nuestro país.

Cuando se subraya en la nueva ley de femicidio que reconoce que hay una forma particular de violencia/delito hacia las mujeres, es decir, muertas por hombres que han sido o son sus parejas, lo que se encubre es que ese modo de relación “amorosa” ha supuesto la posesión y dado por hecho el dominio que ejercen los varones hacia las mujeres en el terreno de lo íntimo, de lo sexual (y también de lo público).

Sin embargo, y a pesar de las leyes, nuestros cuerpos siguen atados al contrato social de varones, seguimos siendo objetos de intercambio y de valor mercantil a la hora de las relaciones públicas y privadas. Seguimos estando privadas de libertad a la hora de decidir si seguir o no en una relación de pareja, de decidir si tenemos o no hijos e hijas y de cuántos tener.

Cada uno de estos femicidios debiera relevarnos y sacar de la opacidad la condición sexual del pacto social que organiza a nuestra cultura: todavía patriarcal y autoritaria, en la cual se perpetúa la invisibilización del dominio sexual de hombres sobre mujeres, quienes para mantener la relación desde su lugar de poder no escatiman en el uso de la violencia, justificando el orden de los sexos a partir de la obediencia femenina, de su dominio y propiedad.

Mientras exista impunidad de todos los modos de opresión y apropiación de los cuerpos, mientras en Chile no terminemos de saber el lugar de destierro de cuerpos ejecutados y desaparecidos, de sancionar a los responsables, ninguna ley frenará las atrocidades como las vividas por Nabila en la noche de un viernes o en la madrugada de un sábado, y quizá desde hace cuánto tiempo antes. Si no hay libertad para las mujeres, tampoco habrá justicia. Y sin justicia no hay democracia. Volvemos una y otra vez al horror.

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