miércoles, 7 de diciembre de 2022 Actualizado a las 11:18

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Juguemos nuestro juego: la educación y la emergencia de una nueva izquierda

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A exactos diez años de la revolución pingüina y cinco de las revueltas de 2011, las fuerzas de cambio gestadas en dichas movilizaciones atraviesan tiempos de incertidumbre. Volcadas al esfuerzo de emerger como alternativa política frente al decrépito orden de la transición, se enfrentan no solo a los obstáculos del terreno sino también a sus propias limitantes. El desenvolvimiento de sus esfuerzos, en el marco de los límites y oportunidades que presentan estos tiempos de claroscuro, augura dos posibles resoluciones: una emergencia como expresión política de las luchas recientes más resueltas y dinámicas por los derechos sociales, o como ingrediente juvenil de un recambio de élites ceñido a los márgenes y ritmos dictados desde los mismos estertores de la transición.

Diversos comentaristas han sugerido, y lo seguirán haciendo, otros caminos. Un frente de izquierdas a la siglo XX, un bloque de ciudadanos contra la corrupción y todo lo demás, un multicolor abanico de heterogeneidades sin bordes ni estructuras a la vaya a saber uno, y hasta las tres al mismo tiempo, sea como fuere eso. Construcciones de imágenes que quedan en ello (aunque siempre tendrán rincones en papeletas y franjas televisivas). Mientras tanto, de las propias contradicciones del Chile neoliberal surgen expresiones de resistencia y creación, nada tímidos brotes de futuro que van creando -porque lo exigen, porque lo necesitan- capacidades de transformación que arrojan pistas. Pero del vacío entre tales contradicciones y sus respuestas surgen también espejismos.

El principal espejismo que se les presenta a las fuerzas de cambio es la ilusión de que pueden prescindir de aquello que las ha creado y convertido en fuentes de entusiasmo para buena parte de una sociedad descontenta. Nos referimos a las luchas por derechos sociales que transformaron clamores que hasta hace una década eran puramente sectoriales en demandas contra las deudas democráticas de la transición, primero, y empujes por un cambio de ciclo histórico, después. Siendo el movimiento por la educación la más dinámica y convocante de ellas. Nada mágico hay en este que garantice un salto al futuro. Pero no es sensato juzgarlo con ligereza como expresión pintoresca de algo pasajero. Ha motivado las alianzas sociales más significativas en el período de la transición contra el neoliberalismo y la casta política que lo sostiene. Entender esto es clave para construir las bases de una nueva política transformadora.

Este espejismo cunde en algunos sectores de la nueva izquierda. De pronto los embarga el desinterés por tener iniciativa en el conflicto por la educación, sostienen que este ya habría dado todo lo que pudo dar -como algo que una vez usado se desecha- y que sería hora de “saltar a la política”. Es tal la ansiedad por tener espacio en los rituales formales del poder a como dé lugar, que se naturalizan los códigos y reglas de las formas tradicionales de la política, incluso en su momento de mayor desprestigio. Se olvida así que si de algo ha dependido el avance en legitimidad de las aspiraciones de cambio, es precisamente de haber removido los moldes que restringen lo políticamente posible y deseable. De haber desplazado los mantras de burocracias ensimismadas de la mano de la oposición de una aspiración social amplia y organizada a este neoliberalismo desbocado.

Lo cierto es que las fuerzas de cambio y las voluntades que se nuclean en sus organizaciones y en torno a ellas, no somos nada sin el compromiso con las luchas que nos constituyeron. El dilema no es moral, sino político: la capacidad de transformar efectivamente la vida de chilenos y chilenas se juega en la apertura de un ciclo que tenga como centro de gravedad la conquista de derechos sociales que permitan desmercantilizar y ganar soberanía sobre nuestras vidas. Y tal aspiración no cobrará esa relevancia ni incidirá en el comportamiento político de las personas si nuevas fuerzas políticas no le dan ese protagonismo constituyéndose al calor de su búsqueda. En otras palabras, la disputa por los términos de la discusión condiciona sus posibles conclusiones. Aspirar a una identidad como reacción a cada uno de los temas que instalan las élites, buscando distinciones puramente discursivas, diluirá la posibilidad de reconfigurar los clivajes en torno los cuales se dirime el futuro de la sociedad chilena.

En Izquierda Autónoma creemos que es en el reencuentro con el proceso de lucha por derechos sociales que vio nacer a las fuerzas de cambio donde estas pueden proyectarse exitosamente. Ese proceso se ha expresado en más de un ámbito, pero con especial fuerza expansiva en la batalla educacional. Las razones no son episódicas sino de fondo y vale la pena insistir por qué: en el neoliberalismo la educación constituye el principal dispositivo para legitimar las desigualdades, al tiempo que es promovida -y sentida- como su gran solución. Esta paradoja da paso así a una confrontación entre el potencial creativo de la sociedad, sus anhelos por seguridad, cultura y bienestar, y los intereses mezquinos y retrógrados de quienes la mercantilizan. Sostener con firmeza la bandera de la educación pública contra el mercado es entonces irrenunciable y prioritario. Nuestra dispersión en este frente hará de nuestros esfuerzos en cualquier otro, por más nobles y dedicados que sean, finalmente infértiles. La propia legitimidad de las fuerzas de cambio está atada a esta batalla.

 Muchos viudos del 2011 que critican el despliegue estudiantil de los años recientes olvidan esta parte (es difícil ayudar al movimiento estudiantil si en realidad estás con el Gobierno). Sin embargo, este gobierno nunca ha debido lidiar con nuestra acción articulada. Nunca ha enfrentado, en otras palabras, una reconstrucción de la unidad de 2011. Aquí reside nuestra tarea inmediata.

Este año se debate sobre educación superior. Hasta ahora lo hecho por el Gobierno ha sido decepcionante. En este sentido, se hace necesario que frente a la reforma exigida por el movimiento social más masivo de las últimas décadas, apostemos por aquellos elementos estructurales cuya disputa permite más nítidamente hacer retroceder al mercado en aspectos fundamentales, tales como la conquista de la expansión y el fortalecimiento de la educación pública y la misma reinvención de lo público después de 40 años de neoliberalismo en Chile. Hay varios de estos avances que no requieren ley sino exclusiva voluntad política del Gobierno para un acuerdo social amplio.

La fuerza del movimiento estudiantil ha vuelto a demostrar que la sociedad sigue expectante y anhelando la realización de las banderas del 2011. Las comunidades universitarias, a su vez, han redoblado los esfuerzos por incidir en la misma línea. Los costos de mantener el sello gerencial de los paquetes aplicados a la educación general y a la profesión docente arriesgan ser altísimos. De ser así el Gobierno terminaría de lapidar la posibilidad de cosechar los primeros frutos de 2011. Pero lo serían sobre todo para las fuerzas de cambio, precisamente las responsables de la aspiración de millones por recuperar la educación de las garras de la comercialización. Aunque miren para el lado, es su capital lo que está en juego.

La trascendencia de este momento para las fuerzas de cambio es clara. Intervenir de una manera productiva, sin embargo, implica tener la audacia de actuar en conjunto y con una dirección antisubsidiaria y pro educación pública clara. No ha sido así hasta el momento. Colaboración crítica, reducción a la agitación estudiantil, independencia no muy distinta a la soledad, han sido estrategias todas testeadas y fracasadas. Con la consecuencia además de afectar la incidencia política del propio movimiento estudiantil, aún con su probada capacidad de convocatoria y movilización. Muchos viudos del 2011 que critican el despliegue estudiantil de los años recientes olvidan esta parte (es difícil ayudar al movimiento estudiantil si en realidad estás con el Gobierno). Sin embargo, este gobierno nunca ha debido lidiar con nuestra acción articulada. Nunca ha enfrentado, en otras palabras, una reconstrucción de la unidad de 2011. Aquí reside nuestra tarea inmediata.

A exactos diez años de la revolución pingüina y cinco de las revueltas de 2011, entonces, es momento de reunificar nuestros esfuerzos de emergencia con el legado de esas gestas, que son gestas de nuestra generación y de nuestro pueblo. Ni Concertación ni derecha tienen respuesta, su interés fue y será evitar la germinación de cualquier brote de futuro. La responsabilidad es nuestra. Nuestros esfuerzos no dan nada por asegurado, avanzaremos a pasos y no a saltos. Pero el asunto es claro: jugando juegos de otros nunca vamos a campeonar. Juguemos nuestro juego. Solo así la promesa del Chile nuevo que habita en las convulsiones sociales recientes podrá abrirle paso a un nuevo proyecto de sociedad.

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