domingo, 24 de marzo de 2019 Actualizado a las 02:12

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Ni entregarnos ni marginarnos: vamos a disputar la reforma universitaria

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A varios debe recordárseles que esta discusión, la posibilidad que hoy se abre con el ingreso de una Reforma a la Educación Superior –aunque sea, por decir lo menos, insuficiente–, fue instalada por las mayorías de estudiantes y ciudadanos que tuvieron la decisión que ningún otro actor ni conglomerado político tuvo durante más de veinte años: la de levantarse contra la injusticia que produce la arremetida del mercado y el negocio en nuestras vidas.

Lo que está a punto de ocurrir, para bien o para mal, es la síntesis de un proceso que emergió desde la calle, desde asambleas y tomas que exigían cambios en el modelo educativo más desigual del mundo. No puede haber nadie hoy, desde la cómoda vereda del duopolio político, que venga a investirse de la armadura dorada como salvador de la educación de Chile, no, a no ser que se asuma una posición plenamente antimercado, profunda y materialmente pública.

El problema de la educación les compete a las mayorías sociales en su conjunto, las madres y padres del hijo endeudado, los trabajadores de nuestras universidades, los precarizados formadores de los futuros profesionales, las autoridades que también hoy deben desafiar toda condición posible por sostener universidades dejadas al olvido. Lo que veremos a continuación, por tanto, debe ser enfrentado desde una posición compartida entre todos quienes se sienten miembros de la nueva camada de chilenos y chilenas que quieren ser parte de un mejor futuro.

Luego de un ciclo marcado por la polémica y el actuar más erróneo que se ha visto desde un Gobierno, veremos finalmente la Reforma al Sistema de Educación Superior. Es en este escenario que el movimiento estudiantil, y la Confech a la cabeza de este, deben aparecer como el actor más dinámico en la pelea que está por venir, lograr ofrecer soluciones, un quehacer a los miles de estudiantes que, desde hace unas semanas, decidieron dar un paso al frente y no aceptar la quietud de una Nueva Mayoría que ha intentado forzosamente levantar en el momento justo una propuesta para contentar a chichas y limones.

Téngase más que presente que acá no hay cabida para más sistemas mixtos, de eso sabemos harto. No tiene cómo sostenerse un modelo de fórmulas compartidas entre quienes buscan ordenar la reforma educacional sobre el pilar de la entrega efectiva del derecho a la educación y para quienes nuestras universidades deben continuar siendo fuente de negocios.

Será el real compromiso con los cambios profundos desde la Nueva Mayoría lo que se pondrá a prueba con el ingreso de la Reforma Educacional y no podemos dar ni un solo atisbo de satisfacción si es que esta no supiera comprometerse con las principales necesidades para levantar una verdadera educación pública y al alcance de todos.

La gratuidad universal con el financiamiento basal a las instituciones, el fin al sistema de créditos y el sostenimiento de la banca como actor intermediario, la condonación de la deuda, la tipificación del lucro como delito penal y la plena democratización de nuestras universidades, son cuestiones que esperan los defensores de la educación y solo viendo dichos contenidos en la propuesta de reforma es como hemos de evaluar la real fortaleza de esta.

El programa estudiantil debe ser defendido, no estamos aquí poniendo puntos que deban someterse a evaluación, no puede quitarse la sustancia prima de las fórmulas que conllevan resultados tan determinantes y excluyentes como los que aquí se ponen en juego, se trata de peras y manzanas porque serán mercado o derechos los que terminarán triunfando al final del día, y solo por la riqueza del diálogo no podemos entregar el proyecto por el cual nuestros compañeros se han jugado el alma y el cuero.

No le dejaremos a nadie incierta nuestra posición, dejen facilitarles toda posible interpretación: no hay posibilidad alguna de éxito si es que no medimos cada paso en virtud de las condiciones reales que el escenario nos vaya dando, nos enfrentamos a un campo distinto como ninguno que hayamos visto antes y aquí, tanto delegar nuestra fuerza como renunciar a los cambios, nos parecen cosas que no deben asumirse de manera ligera.

El programa estudiantil debe ser defendido, no estamos aquí poniendo puntos que deban someterse a evaluación, no puede quitarse la sustancia prima de las fórmulas que conllevan resultados tan determinantes y excluyentes como los que aquí se ponen en juego, se trata de peras y manzanas porque serán mercado o derechos los que terminarán triunfando al final del día, y solo por la riqueza del diálogo no podemos entregar el proyecto por el cual nuestros compañeros se han jugado el alma y el cuero.

Nuestro programa, sobre el cual se levante la nueva educación, debe mantenerse en alto durante y después de esta reforma si es necesario. Nuestra fuerza, por otro lado, debe sintetizarse en fortalecer nuestras espaldas, no ser combustible para la reencarnación concertacionista, no si es que no están dispuestos a tomar la delantera en perseguir la igualdad y los derechos.

Por contraparte, no puede ser la Confech la primera en cerrarse, el ostracismo dejémoslo a las viejas posiciones que parecían vivir de la derrota. No es momento de claudicar la posibilidad histórica que abrimos hace cinco años, menos en su punto de desenlace. Hicimos sonar los tambores de guerra y no vamos a llamar a cargar al desfiladero. Si asumimos esta posición, aun cuando no se han movido todas las fichas del tablero, solo se constata que somos malos jugadores.

Aún quedan posibilidades por abrirse y sobre ellas debemos buscar las mejores herramientas para tener control del actual escenario. Así, no podemos confundirnos en un punto sustancial: si es la fuerza de nuestros contendores –el mercado y los dueños de la educación– la que logre imponerse, entonces ahí debemos saber tomar distancia en conjunto con las mayorías sociales, en conjunto con todos los actores que sepan ver, al igual que nosotros, el evidente tránsito al fracaso.

Es el momento de disputar la reforma educacional. La reforma debe ser estructural, marcar un antes y un después en la educación de nuestro país, la disputa hoy debe ser una disputa radical y debe tener claras las condiciones necesarias para salir airosos de este proceso.

No podemos repetir un 2015 en el debate marcado por un paraguas diverso de opiniones y el atropello de una por sobre otra, nuestras propuestas no pueden ser un conjunto más de medidas dentro de una larga lista, no cuando existen posibilidades de articularse con los principales actores dentro de esta discusión.

Por ello, cada paso, propuesta, arremetida o contención debe ser pensada desde la Confech con miras a sumar a las mayorías estudiantiles y sociales, y a todos quienes son parte del mundo educativo y se vean afectados por esta reforma. Es ahí, y no entre el duopolio político, donde deben construirse los consensos.

Por otro lado, la movilización que se ha levantado desde la Confech debe mantenerse, saber volcarse de buena manera a comunicar nuestras propuestas y hacer sentido con la población. La reforma ahora develada y puesta en trámite parlamentario será probablemente vapuleada, trastrocada y revestida de variadas indicaciones en la defensa rabiosa que interpondrán los representantes políticos de los mercaderes de la educación.

Jugarán entonces ellos sus cartas, nosotros la nuestras, y es la movilización justamente lo que nos ha permitido remecer el país exigiendo la educación gratuita y el fin al lucro, será la movilización entonces por medio de lo cual evitaremos el sombrío escenario con el que cerraron el 2006 firmando además el CAE.

La unidad de la propia Confech en ello resulta fundamental y será por medio de dar el ejemplo de ser una fuerza consistente y articulada a partir de que logremos convocar a mayores sectores en torno a nuestra iniciativa.

Los desafíos aun así siguen siendo múltiples y las lecciones indican la necesidad de robustecernos al nivel de nuestro propio sector; lograr organizar y construir plataformas estudiantiles, federaciones y centros de estudiantes en las universidades privadas, CFT e IP que actualmente sangran por las mayores perversiones del actual modelo educacional.

Irradiar, por otro lado, en aquellas instituciones, así como las estatales, que portan en el cuerpo mayores años de lucha, a la diversidad de agentes que son parte de nuestras universidades para lograr construir a la comunidad universitaria como un único actor que enfrente futuros procesos y disputas que aún quedan por venir.

La disputa que debemos dar no puede basarse en vaticinios, no podemos sacar a relucir nuestra bola de cristal en este momento, no cuando no hay espacio para el error. Es la voluntad de Chile la que debe quedar dibujada en la futura reforma, no hay espacio para los colores del mercado, las obras de arte no se construyen sobre lienzos rotos.

Serán el conjunto de los actores sociales, por tanto, los que sepan poner sus elementos en la reforma o serán ellos también los que siendo ninguneados por el actual Gobierno puedan cumplir el rol de verdugos.

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