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Cheyre, como todos saben…

por 1 agosto, 2016

Cheyre, como todos saben…
Para leer a Cheyre y entender de qué trata su intervención mediática, es necesario considerar que lo que se llama la ‘crisis de confianza’ es, en sus causas directas, una crisis de responsabilidad de las autoridades públicas y privadas. Es importante entender de una vez que antes de la confianza está la responsabilidad. Es muy distinto entrar en los problemas desde los efectos –la desconfianza– y quedarse dando vueltas en ellos o, inversamente, aproximarse identificando causas para esos efectos. Decir que ya no se confía en nadie no es lo mismo que decir que las mentiras reiteradas han dañado la confianza pública.
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El domingo 24, como si una señal hubiera impactado simultáneamente en todos los rincones de Chile, después de un par de semanas de silencio, el ex general J.E. Cheyre apareció en los principales diarios y cadenas de televisión.

Lo que hay detrás de la inusitada ofensiva comunicacional del ex general Cheyre es el rescate de su honorabilidad y de su inocencia legal. Lamentablemente, sus esfuerzos se han enfocado en poner de relieve las condiciones que excusan los incumplimientos de la palabra y de las promesas empeñadas ante los chilenos.

Lo que se busca, a través de Cheyre, es mantener las condiciones de una responsabilidad política y funcionaria limitada a la ‘medida de lo posible’ y, por lo tanto, inexigible. Una responsabilidad escondida y escabullida detrás de la apelación a la confianza en las instituciones. La inocencia de Cheyre es la que se escuda en el contexto y en las circunstancias y, si seguimos su argumento, tendríamos que internarlo en el Sename.

Dicho con prudencia, se le ha dado a Cheyre la posibilidad de explicarse ante el país. Y él no ha fallado en confirmar que el que falta a su palabra, cuando se explica, se complica. El argumento principal de la exculpación de Cheyre es que todos supimos lo que pasaba y, si bien pudo haber espacios para denunciar, no lo hicimos. Ese silencio, dice él, no nos convierte en cómplices de las violaciones a los derechos humanos.

Cheyre nos instala en el dicho del ‘mal de muchos, consuelo de tontos’... Todos fuimos cobardes; todos fuimos cómplices. No es nuevo leer que, si todos fuimos, ninguno lo fue. Ese ‘todos’, que nos hermana en la desidia, se traga también a las víctimas, haciendo desaparecer no solo la culpa sino los actos culposos.

Todo sucedió alrededor suyo, casualmente, como sin quererlo. Lo involuntario, en este caso, es un agravante que se exime solamente en la simpleza de espíritu. No se puede dejar de mencionar que la pasividad defendida por Cheyre, agrega tontera a la irresponsabilidad moral y legal que defiende.

Un oficial que no sabe quiénes mueren a su alrededor, que no tiene un juicio oportuno sobre esas muertes y que no eleva siquiera una pregunta para intentar evitarlos; un hombre en cuyos brazos caen niños, que él sustrae a su familia para depositarlos como NN en un convento; un hombre sin voluntad y sin control sobre su vida y su trabajo, no merecería que se ocupen de él, salvo por la apología de la irresponsabilidad que despliegan sus argumentos.

El segundo argumento es que desde el mando superior él buscó que el Ejército fuera percibido ‘como de todos los chilenos’ y ‘comprometí a la institución en la no repetición de los mismos’… hechos. Termina reafirmando su ‘compromiso con los derechos humanos’, aun cuando está siendo agredido por los mismos que trató de proteger.

El defensor de los DD.HH.

Me ofende que Cheyre se presente como un defensor de los derechos humanos. Me siento personalmente agraviado. No por las mentiras que haya podido decir. Me ofende su verdad, que afirme la inocencia de una forma de cobardía y quiera hacer pasar por reconciliadora una forma de eludir responsabilidades y de conservar las estructuras que hicieron posibles el golpe y la tortura.

Es necesario decirlo y repetirlo: ninguna gestión privada para aligerar la carga del conocido del amigo, califica como ‘defensa de los derechos humanos’. Nada de lo que se pudo hacer sin riesgo alguno califica para titularse de defensor de los DD.HH. Esos favores al pasar ni siquiera califican como una responsabilidad asumida. Ninguna simulación posterior de rectificación y de disculpa, pronunciada en la confortable ambigüedad del lenguaje y bajo protección de la democracia, califica como defensa de los derechos humanos.

Hubo gente valiente que se jugó por defender los derechos de personas desconocidas, hubo mucha gente que se opuso a la dictadura y hubo gente íntegra que se retiró e hizo otra carrera, fuera de la máquina represiva que montaron las Fuerzas Armadas en la dictadura. Tal vez ellos sean mejores jueces del humanismo del general.

En todo lo que ha dicho estos días, Cheyre aparece como un fantasma del pasado. Un ego en busca de la honorabilidad a la que ha renunciado cada vez que ha tenido oportunidad de ganarla; por su pasividad, por su ineficacia y por su falta de capacidad para proyectar una reconciliación verdadera. Ese honor militar, al que aspira el discurso victimizado de Cheyre, quedó sepultado en la Villa Grimaldi. Ese deshonor habita en las tumbas de los fusilados de La Serena y se muestra en su mirada imperturbable.

Mal amor y complicidad

En Chile no todos los que supieron de los asesinatos y las torturas fueron cómplices. Están los que no hicieron nada, por complacencia o por miedo, y están los que contribuyeron a fortalecer al régimen y trabajaron para él. Hay complicidades pasivas y complicidades activas.

Hay, por otro lado, un mundo del que Cheyre se deshace, dejando fuera de su mirada a los que no participan en esas complicidades. El mundo de las víctimas, de la oposición y la resistencia a la dictadura, con sus infinitos matices, actos de rebeldía o sencillas manifestaciones de desagrado, es simplemente ignorado por el general. En lo que no ve y que lo atañe directamente, está el ejemplo de cientos de militares de todo rango que prefirieron no trabajar para la institución de las caravanas de la muerte y sus extensiones semejantes.

En vez de decir ‘estuve ahí y no pude hacer nada’, ni en ese momento ni después; en vez de apelar al miedo, otros militares se justifican en el amor a la institución. Sería bueno que los militares reflexionaran y hablaran sobre ese amor pervertido a una institución capaz de producir y encubrir hasta hoy las caravanas de descentrados mortíferos que asolaron el país.

Ese desvío del amor a la tierra y a la historia hacia una obediencia ciega, es una distorsión que liquida tanto el amor como el discernimiento. ¿Cómo es posible que gente decente se haya dejado arrastrar a la priorización de una actividad criminal institucional? Cheyre nos debe una explicación más esforzada.

El martirio del ego

Todo el texto del artículo de Cheyre en El Mercurio es el ejercicio escritural de una culebra que va rodeando suavemente las palabras que quiere evitar y relevando casi con dulzura el ‘yo’ martirizado por la incomprensión; el yo, defensor de los derechos humanos; el yo devolviendo el Ejército a la sociedad; mi yo atacado injustamente por los que busqué proteger.

El espectáculo, que permite introducir el Yo en los discursos de Cheyre, es el único quiebre reconocible con la tradición militar.

Todo el texto del artículo de Cheyre en El Mercurio es el ejercicio escritural de una culebra que va rodeando suavemente las palabras que quiere evitar y relevando casi con dulzura el ‘yo’ martirizado por la incomprensión; el yo, defensor de los derechos humanos; el yo devolviendo el Ejército a la sociedad; mi yo atacado injustamente por los que busqué proteger.

Ese ego que mira la historia desde su pequeño dolor personal es el mismo que impide una mirada más allá, a las instituciones y a las tragedias de los otros. Ese yo, que busca la compasión y la simpatía, es capaz de aprender formas de cortesía, pero no es capaz de sentir compasión por el desgarro del sufrimiento ajeno. Ese ego no es militar ni es ciudadano, no está contenido ni tiene conciencia de comunidad.

Cheyre se presenta como avasallado por la Caravana de la Muerte. Deja la impresión de que la responsabilidad de las matanzas fue del mayor Morén Brito. Queda flotando la afirmación de que, en una institución como el Ejército, hay lugar para fusilamientos masivos sin que los oficiales y el comandante del regimiento en que se asesina a los presos se enteren del acontecimiento.

¿Qué institución es esa en que los oficiales de línea pueden ser usados para fines criminales y obligados a permanecer en silencio, fieles al crimen cometido? Fieles tal vez no al espíritu del crimen, pero sí a la guardia efectiva de sus secretos. ¿Quiénes son esos oficiales sometidos por miedo, por convicción o por disciplina, a la complicidad en delitos arrastrados durante una vida completa?

Nunca más  

Juan Emilio Cheyre se presenta como el general del ‘nunca más’ y eso es reprochable, más allá de todo ánimo personal. El reproche viene de la apropiación personal de un gesto institucional pero, además, del hecho de que el gesto está vacío.

Ese ‘nunca’, jamás describe sus condiciones y siempre evade los juicios críticos. Es una promesa de no repetición de hechos que no se presentan, ni en su origen, ni en su desarrollo. ¿Nunca más qué? Golpes de Estado, tortura, detenciones masivas, exilios, fuerzas de ocupación, corrupción, impunidad, lavados de imagen. ¿Nunca más desórdenes sociales? Buenos deseos o ¿nunca más manipulaciones mutuas entre militares y políticos, sedientos de poder?

Mucho se ha hablado del papel de los políticos y de las fuerzas sociales en el colapso de la democracia; demasiado poco sobre las Fuerzas Armadas. Nos hace falta la autocrítica militar a la ambición de poder político en sectores de las Fuerzas Armadas.

Emilio Cheyre, con sus explicaciones que acomodan la obediencia, con el miedo y la indiferencia, ha contribuido a retardar una reconciliación basada en la responsabilidad y la imposibilidad material de repetición de la dictadura. ¿Llegará el momento en que una autoridad civil y una militar hablen al país y afirmen que ya están cumplidas las condiciones para ‘que nunca más sea posible’ que las Fuerzas Armadas intervengan, por medio de la violencia, en política?

Condiciones para vivir en paz con las FF.AA.

Para que ese día llegue y podamos estar seguros de que nunca más una dictadura militar será posible, se habrán cumplido algunos requisitos:

  1. i) la generación completa de oficiales que participó en el golpe y en la dictadura se habrá retirado; ii) una generación completa de oficiales se habrá formado en el respeto a los derechos humanos y en las limitaciones legales a la obediencia debida; iii) una generación completa se habrá formado en un Ejército cuya doctrina excluye la consideración de las ‘fronteras internas’; iv) para esa generación serán inaceptables las justificaciones basadas en la cobardía y la obediencia; v) se habrá formado a Fuerzas Armadas altamente tecnificadas y profesionales, sometidas al poder civil; sin capacidad de represión interna; capaces de inhibir ataques al territorio, pero incapaces de ocuparlo; vi) las Fuerzas Armadas habrán internalizado nuevas misiones, más amplias, comprendidas en los conceptos de servicio país.

En ese momento, las Fuerzas Armadas se habrán desprendido de su solidaridad con la dictadura, sabrán mirar de frente su mancha y enorgullecerse de la valentía de una mirada limpia y verdadera. Habrán adoptado una pedagogía interna autocrítica y reconstruido su orgullo y su honorabilidad con todos los matices y los polos de blanco y negro que han experimentado las instituciones en su historia.

Nota sobre el lenguaje del general

Para leer a Cheyre y entender de qué trata su intervención mediática, es necesario considerar que lo que se llama la ‘crisis de confianza’ es, en sus causas directas, una crisis de responsabilidad de las autoridades públicas y privadas. Es importante entender de una vez que antes de la confianza está la responsabilidad. Es muy distinto entrar en los problemas desde los efectos –la desconfianza– y quedarse dando vueltas en ellos o, inversamente, aproximarse identificando causas para esos efectos. Decir que ya no se confía en nadie no es lo mismo que decir que las mentiras reiteradas han dañado la confianza pública.

En el primer caso, se pone el acento en ‘mejorar las comunicaciones’ y, en el segundo, en cambiar las conductas y las instituciones.

Cheyre nos dice que es fácil criticar desde la actualidad, sin considerar las condiciones de vida y de trabajo en la dictadura. ¡Como si no lo supiéramos mejor que él! ¡Como si ese no fuera precisamente el motivo más general de las críticas que se le dirigen! Nada en su explicación está a la altura de un adulto. Lo que se escucha es la voz de un cordero que se excusa escondiéndose en el rebaño.

En el relato de Cheyre, la dictadura no es nombrada sino por la época. Un período de nuestra historia que sería mejor no describir, ni someter a juicios, porque en cada una de esas operaciones se desenvuelven viejos conflictos y divisiones. A lo mejor, involuntariamente, lo que se logra al no enfrentar esos conflictos es, no solo preservar las condiciones para su repetición en el futuro, sino proteger sus restos presentes y vigentes.

A los militares les gusta escabullirse en un habla burocrática, llena de manierismos profesionales y supuestos accesibles solo para iniciados. Lo importante para ellos no está en las palabras sino en los hechos. Más aun, el silencio y el secreto son parte de la preparación y el cuidado a tener en su profesión.

Todo se enreda cuando deben hablar al público y la lengua revela no solo la torpeza del estilo sino las estrecheces y las distorsiones del pensamiento producto de la falta de uso del lenguaje.

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