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Al pueblo de las mujeres, están todos invitados

por 25 agosto, 2016

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Alguna vez leí que la ira, aquella emoción comúnmente rechazada por violenta e irracional, cumple un rol fundamental en nuestras vidas al advertirnos de lo injusto de una situación para nosotros mismos o para aquellos a quienes amamos. La ira es el sentimiento que emerge frente a la injusticia manifiesta que rompe los equilibrios de lo que la conciencia templada y serena sabe que verdaderamente merece.

Eso fue lo que sentí al leer la difusión de unas jornadas de ética organizadas por cuatro facultades de Derecho de distintas universidades del país, a propósito de los 5 años de vigencia del Código de Ética Profesional del Colegio de Abogados. 16 hombres y 2 mujeres. Eso arroja el detalle de la programación. A la hora de hablar de ética, de hablar de lo justo y de lo injusto, la estructura misma de ese diálogo consagraba una injusticia radical, cual es la absoluta falta de representación del universo de seres humanos que integran ese corpus de abogados y profesores de derecho: las mujeres.

Prácticamente no había mujeres. La injusticia puede ser más gráfica si imaginamos que los hombres que participaron en esa jornada eran hombres blancos, y las mujeres, hombres negros. Yo, al menos, habría calificado el evento de racista.

Hay algo podrido en Dinamarca, en una Dinamarca que es Chile, claro está. Desconozco los detalles de las presentaciones e ignoro si se habló de género. Desconozco si efectivamente se invitó a mujeres panelistas y estas se excusaron o no quisieron participar. Pero tengo el presentimiento de que ello no es azaroso. Y que no responde a que no haya mujeres, que las hay. Lo que intuyo es que esto es el reflejo de algo mucho más grande y mucho más feo de lo que nadie quiere mirar y develar con su verdadero nombre.

Y ese algo más grande y más feo es que en Chile la discriminación contra las mujeres ha alcanzado ribetes irracionales y peligrosos, donde estas, salvo contadas excepciones que solo sirven para aplacar la conciencia de que estamos bien, han sido desplazadas del debate público y privado y se les ha negado su capacidad de representar la universalidad de lo humano. La mujer y lo humano femenino no es universal. Solo el hombre y lo humano masculino es universal.

No debiera ser necesario explicar por qué esto es irracional, pero aquí van un par de líneas. Es irracional, porque excluye la voz de la mitad de la población, una mitad que es absolutamente necesaria si se quiere lograr un entendimiento real de lo que verdaderamente ocurre en todo orden de cosas, y una respuesta eficaz y efectiva a los problemas que descubre la imagen real y completa. Las mujeres, en su condición de seres humanos, son titulares de los mismos derechos y detentan la misma igualdad de oportunidades que los hombres, pero gozan de ciertas características biológicas y culturales, qué duda cabe, que las diferencian de estos. Tales diferencias implican perspectivas y necesidades diferentes y formas distintas de reconocer, responder y satisfacer esas necesidades de forma digna y justa.

He utilizado el término satisfacción a propósito, aun corriendo el riesgo de ser objeto de ironías, porque sí, las mujeres en Chile no estamos satisfechas. La carga desigual de responsabilidades, deberes y sacrificios nos ha sumido en vidas de mucho sufrimiento y resistencia. Si no, pregúntenles a las víctimas de femicidio, de violación, de aborto ilegal, violencia intrafamiliar, acoso sexual, laboral y callejero. Es irracional ante la evidencia empírica desarrollada con fuerza por la academia anglosajona más distinguida del efecto de la participación plena de las mujeres en todas las áreas de la interacción social, como la política, la economía, el derecho y los medios de comunicación. Y es irracional viniendo de facultades de Derecho, que pretenden ser los baluartes del sentido de lo justo y lo equitativo. Paradójico resulta que ninguna de estas escuelas haya incorporado la cátedra de Género y Derecho, tema obligado de las escuelas del primer mundo.

Y es peligroso, además, porque tomar lo masculino como lo representativo de lo humano rompe los equilibrios necesarios para el desarrollo del individuo y de la sociedad, exacerba polaridades excluyentes y dañinas y perpetúa la discriminación y la violencia. La competencia por sobre la colaboración, el individualismo por sobre la comunidad y el sentido de unidad, la acción por sobre la contemplación, el juicio racional por sobre el juicio emocional, la lógica por sobre la intuición, son los valores que han irrumpido en el espacio público y privado chileno como consecuencia de la universalización de lo masculino por sobre lo femenino. El resultado es una sociedad que se rige por la ley del más fuerte: del más fuerte económica, social y físicamente, en desmedro de la ley justa, de la compasión, y la protección del más débil de la manada. Una manada a la que todos pertenecemos y que nos otorga nuestra identidad.

Y ese algo más grande y más feo es que en Chile la discriminación contra las mujeres ha alcanzado ribetes irracionales y peligrosos, donde estas, salvo contadas excepciones que solo sirven para aplacar la conciencia de que estamos bien, han sido desplazadas del debate público y privado y se les ha negado su capacidad de representar la universalidad de lo humano.

En Chile, lamentablemente, hay una misoginia generalizada.

La misoginia es el sentimiento de desprecio a la mujer que la hace inferior a los ojos de los hombres y de las propias mujeres patriarcales. No es frecuente que un hombre se reconozca misógino, como ningún blanco o blanca se reconoce racista. Pero, como dice Casilda Radrigañez, la misoginia está ahí, encubriendo el crimen, delatándose en actos, actitudes, palabras y silencios, y como un virus se ha difundido a lo largo de todo el cuerpo social y de todos sus actores relevantes, públicos y privados.

La misoginia no es solo culpa de los hombres, debo admitirlo. Las mujeres no somos una categoría monolítica y, trágicamente, este es un país donde las propias mujeres odian a las mujeres. Presiento que es la respuesta desesperada de seres que, como cualquier otro, desean ser apreciados y aprobados por sus semejantes. Para ser semejantes, las mujeres niegan la solidaridad básica a través de negar su pertenencia a la clase de seres humanos mujeres. Aparecen, entonces, de bocas de mujeres, frases tales como no me gusta trabajar con mujeres, las mujeres son un problema, las mujeres son complicadas, las mujeres son envidiosas, las mujeres son desleales, las mujeres son…”. En un intento por liberarse de esa condición primigenia que origina su inferioridad, las mujeres rompen los espejos que las reflejan, silencian sus dolores, se aíslan las unas de las otras y perpetúan el ciclo de discriminación y violencia.

Como el que más, qué daría por una sociedad donde nos amásemos. Que la vida deje de ser un campo de batalla, donde respetar mi dignidad y mi valor implique permanentemente tener que defenderme y resistir. Un lugar donde los hombres amen a las mujeres y las mujeres se amen a sí mismas.

Un lugar donde podamos ser, compartir, desarrollarnos y crear, juntos.

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