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Opinión

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El ocaso de la reina

por 22 septiembre, 2016

El ocaso de la reina
El fin de un mito y de una época. Otra víctima de la hiperrealidad que han construido la televisión y los mass media y quien sinceramente alguna vez llegó a creer que su liderazgo era realidad pura, cuando en definitiva era solo simulación y se mantuvo mientras sirvió para hacer sobrevivir a un desgastado modelo y a una dirigencia política que hoy le da vuelta la espalda. Y allí está ahora Bachelet, expulsada del paraíso comunicacional donde alguna vez reinó sin contrapeso. ¿Quién asumirá esa tramposa posta ahora?
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La Presidenta se ve mal. Los que han tenido la oportunidad de observarla de cerca señalan que al momento de enfrentar las cámaras se pone nerviosa, sus labios tiemblan y a veces le cuesta articular su mensaje o este no es coincidente con lo que dice su rostro. Y es que no es solo la crisis de su Gobierno, cuyo paroxismo representa Eyzaguirre –el otrora ministro de Hacienda devenido ahora en analista político y sociólogo de su propio desastre–, es también la posibilidad ya cierta, tal como van las cosas, de que el monstruo de SQM termine por devorarla.

Una vieja novela relata un viaje-huida de unos acomodados tripulantes que huyen presurosos de la ocupación de su país y que, por lo tanto, no alcanzan a preparar la merienda necesaria para el incierto trayecto y que dependen, para subsistir, de la voluntad de una dama de condición social inferior a la que primero desprecian y, luego –con tal de lograr su propósito– adulan, para finalmente volver a menospreciarla cuando el personaje ya no les resulta útil.

No sé por qué aquella cruda novela y ese cándido personaje, solo en lo que respecta a esa analogía, me resultan muy similares a lo sucedido con Michelle Bachelet.

El pasado no resuelve el futuro, pero explica el presente

Una coalición oficialista que en 2003, casi al borde del abismo –diputados presos, el MOP-Gate en franca ofensiva judicial y se llega a temer que la magistrada Gloria Ana Chevesich dé visto bueno al proceso que podría culminar con la destitución del Presidente Lagos–, recibe la mano salvadora de Pablo Longueira –luego este reconocería en una entrevista que “la derecha no estaba para cargar con la pesada mochila de hacer caer al segundo Presidente socialista en 30 años”–, aunque ello significó bajar su agenda reformista e iniciar la derechización que hará que los empresarios, al final de su mandato, “lo amen”. Aunque hoy los fantasmas del CAE, la profundización del secuestro de nuestros fondos de AFP y la consolidación del fin del rol preponderante del Estado en la educación pública, penan y acosan su candidatura.

Es en ese escenario y como resultado del papel creciente de los mass media en la agenda pública –Baudrillard dirá, en Cultura y Simulacro, que ellos crean la hiperrealidad, paralela, y suplantan la realidad misma–, que irrumpe la figura salvadora de Michelle Bachelet.

Socialista, con una historia trágica, desempeñó durante los 90 un bajo perfil, adscrita a la corriente que dirige Camilo Escalona y en cuya condición se instala en la comisión política del PS.

Sin proponérselo ni buscarlo es nombrada ministra de Salud en la administración Lagos, cuando soplan vientos de cambio y la demanda por equidad de género obliga al Presidente electo a nominar un gabinete donde hay presencia variopinta de mujeres (cinco sobre veinte).

Lagos, sin buscarlo, la lanzó definitivamente al estrellato. Los socialistas viejos datan el inicio de su era la mañana en que, con la soberbia y autoritarismo que lo caracteriza, la mandata para acabar con las colas en los consultorios municipalizados en tres meses. La señora Juanita y el grueso de las mujeres del país vieron estupefactas la orden, y el sentimiento que se instaló fue entonces generalizado: “¡Claro!, solo porque es mujer le dan esa orden imposible”.

La ministra se hace famosa –su biografía resiliente también le ayuda mucho–, aunque en salud no resuelve casi nada: ni las colas, por su imposibilidad, ni el Auge, en el cual no cree. Luego pasa a Defensa, transformándose en la primera mujer en ocupar dicha cartera y el éxito allí es total: manda a hombres, dirige vestida con una austera teñida militar las operaciones en terreno en un inundado Santiago, y llega la imagen que la catapulta: sobre un jeep supervisa la parada militar hasta que, de pronto, cae sobre su asiento debido a la dificultad de mantenerse en pie en una escena en movimiento. Y ocurre el milagro: la imagen copa los canales de televisión.

Michelle ha hecho el milagro: es el puente que logra reunir dos mundos –militares y ciudadanía– divorciados desde 1973. Es incluida en las encuestas y la CEP de agosto de 2002 recoge un 66% de evaluación positiva, instalándola entre los políticos con más futuro.

Las mediciones tempranamente la ponen como favorita de los mass media, al punto que en la comentada reunión de los Barones del PS, donde se debe dirimir entre ella y el Gabriel Valdés del PS (José Miguel Insulza), este último, ante la mirada atenta de los presentes, tendrá que reconocer que “percibe en sus salidas a terreno que el aplausómetro es ampliamente favorable a la ministra”. Una elegante manera de poner fin a su aventura presidencial.

Pero no todo es miel sobre hojuelas y ya en esa ocasión la nueva figura manifiesta, anticipadamente, que la Presidencia de la República no es su afán y que perfectamente se imagina haciendo cosas más entretenidas. También, confiesa a quienes promueven entusiastamente su candidatura, que “no se siente preparada para el cargo”. Y, pese a las advertencias pronunciadas por la propia ungida, nadie hace caso, pues la crisis de los partidos y de los liderazgos en la coalición hace necesaria aquella candidatura por conveniencia.

Y la santa mariana comienza a hacer milagros. La desgastada Concertación se repone en las municipales de 2004, revirtiendo el oscuro panorama de 2003, donde se pronosticaba una segura derrota ante Lavín, y logra mantener las llaves de La Moneda por un periodo más. Pero los partidos como instituciones sanas y vigorosas están destruidos y Michelle, quien desconfía de ellos, no hará nada por revertir su deplorable situación, como se verá durante su mandato.

La reina de los medios sufre una baja ostensible cuando inicia su Gobierno y son los estudiantes quienes amainan tempranamente su popularidad: Bachelet no está hecha para enfrentar problemas. Su exclusión planificada de los conflictos por parte de sus asesores comunicacionales, las comisiones hechas para disipar dificultades que requieren soluciones profundas y los subsidios, en especial la Pensión Básica Solidaria (BPS), revierten su baja y abandona su mandato con la más alta aprobación de un Presidente saliente (84%), pero la Concertación está hecha trizas: sus partidos fragmentados y sin orden.

La consecuencia de aquello es la pérdida del Gobierno. Pero nadie se atreve a sacar el pus acumulado en su maloliente cuerpo, pues, ante cualquier eventualidad, Bachelet será la pócima mágica.

En la oposición la coalición no mejora su performance y aparece continuamente dividida ante cada tema: varios parlamentarios votan favorablemente la Ley de Pesca cuestionada por los pescadores; mientras Latorre interpela a la ministra Matte en el Congreso, el senador Letelier aparece en Rancagua junto a ella; Andrés Chadwick y Piñera, por su parte, respaldando la gestión del Ejecutivo posterremoto en Vivienda. No son pocos los que plantean que la Concertación ya no existe, pero no hay liderazgos nuevos y la ex Mandataria logra, mientras Piñera se hunde con las movilizaciones estudiantiles, mantener incólume su performance en las encuestas.

Y ni hablar del SII, donde se optó por designar a “un operador” de La Moneda, cuya actuación –digitada desde Palacio– se ha concentrado en la derecha y en tener a ME-O desfilando una y otra vez hasta que la presidencial concluya. Su principal consecuencia será destruir el prestigio que al SII le costó décadas construir. ¿Después de lo obrado por Bernardo Lara en el SII, alguien aún cree que el Estado es neutral?

Comienza, entonces, la procesión a New York y Peñailillo articula con Martelli lo que ya sabemos. A diferencia de 2004-2005, en que las directivas del PS proporcionaron a la candidata una infra mínima para desplegarse –un vehículo más que aceptable y un hombre cercano y sencillo con vasta trayectoria política, Pancho Mouat, como chofer, amén de una cantidad austera de recursos–, ahora la cosa va en grande: su hijo la visita en un Lexus descapotable que enciende las primeras alarmas, y Rosenblut –devenido en un importante ejecutivo– le promete reunir US$ 10 millones, que son los que parece que se necesitan para desplegar su campaña.

Y se da inicio al festival de boletas ideológicamente falsas que tienen hoy, a su estrecho círculo de confianza, hundido en el fango de SQM. Pero no adelantemos el futuro.

El presente

Michelle vuelve con aires reformistas y toma nota de los cambios que ha experimentado la sociedad chilena durante su ausencia. Su entrada es sencillamente hollywoodense y de Merino Benítez parte directamente a la vulnerable comuna del Bosque, donde ofrece su épico discurso sobre la necesidad de construir un Chile más equitativo, anunciando reformas en educación, tributos y una nueva Constitución, que se recogerán más tarde ambiguamente en su programa.

Michelle es la diva y reina de manera especial de las revistas de papel cuché. Es la época en que su figura alumbra el opaco panorama político y domina sin contrapeso los medios, al punto de no contestar –“paso”– cuando así lo estima.

Su influencia en la escena política es tal, que nadie se opone al funeral sin gloria de la Concertación y su reemplazo por otro engendro: la Nueva Mayoría. Es la época en que algunos decimos que logró lo que Allende más aspiró y jamás pudo: unir desde el PDC hasta el PC. Y si a alguien le quedaban dudas sobre su supremacía, liquida a Escalona y entrega su programa de Gobierno a semanas de la elección.

Gana mirando para atrás y solo la alta abstención y la proliferación de candidatos a su izquierda la obligan a una forzada y aburrida segunda vuelta con una opaca Evelyn Matthei.

Las contradicciones de su coalición y el secretismo que la rodea se hacen presentes muy luego y no son pocos los subsecretarios que caen aun antes de asumir. Ni hablar, hacia abajo, de intendentes, gobernadores, seremis y directores de servicio: la cartilla de Aleuy no sirve, pues no evita que se reproduzca el bochorno y el dúo Peñailillo-Aleuy empata en desaciertos.

Las reformas no gustan ni a su derecha ni a su izquierda y se inicia su baja en las encuestas que ni la aprobación de las mismas logra mejorar: su tibio aire reformista tiene como consecuencia que ya no es la reina de los medios, mientras a su izquierda se inicia nuevamente la decepción.

Un tenue 44% en enero de 2015 enciende el optimismo previo a las vacaciones y, antes de que se acaben los brindis, en febrero comienza su caída a las tinieblas.

Caval logrará que su popularidad se acabe para siempre, así como su impronta como figura mariana y se estrene la temporada de desfiles por Fiscalía de su círculo de campaña: Martelli, Jorratt y luego Peñailillo. La cosa revienta y su estrecho elenco –Peñailillo, Arenas y Elizalde– se va. Se acabó el ímpetu reformista, aunque el regreso del partido del orden no mejora la performance de Bachelet.

Tampoco se aminora –solo se posterga– la situación judicial de su entorno familiar en el caso Caval, a pesar de que el Rojo Edwards reclama por la Fiscalía dispareja, donde percibe discrecionalidad para investigar aquellas facturas que complican a Natalia Compagnon y no aquellas que involucran directamente al hijo de la Presidenta.

Igual cosa ocurre con Abbott, quien pese al acuerdo político para su designación, no logra cumplir sus compromisos y la Fiscalía ya casi revienta; y ni hablar del SII, donde se optó por designar a “un operador” de La Moneda, cuya actuación – digitada desde Palacio–  se ha concentrado en la derecha y en tener a ME-O desfilando una y otra vez hasta que la presidencial concluya. Su principal consecuencia será destruir el prestigio que al SII le costó décadas construir. ¿Después de lo obrado por Bernardo Lara en el SII, alguien aún cree que el Estado es neutral?

La tristeza de la Presidenta

Cuando ya se había iniciado la pirotecnia previa a Fiestas Patrias, hubo dos significativos hechos periodísticos: se reafirmó la posibilidad de que Fiscalía pudiese investigar sin la querella del SII y cuya principal consecuencia podría ser que Peñailillo sea citado a declarar nuevamente, como ya lo hicieron varios funcionarios o ex de esta administración: Robinson Pérez, Enrique Paris, Álvaro Bravo, Pamela Farías –directora de Prodemu– y seguramente muy pronto podría ser el turno de una amiga íntima: Estela Ortiz, actual presidenta del Consejo Nacional de la Infancia.

Y pese a todos los obstáculos que ha debido enfrentar esta arista judicial –acuerdos, designaciones para salvar a los involucrados, uso y abuso del aparato estatal para impedir las investigaciones, etc.–, la pesada pero inexorable máquina burocrática ya se ha puesto a rodar y no está lejano el día en que rueden algunas cabezas.

Lo dificultoso del escenario ha hecho que los principales actores judiciales operen con el mayor sigilo y estirando al máximo los tiempos para evitar el bochorno que significaría que una Presidenta en ejercicio sea imputada durante su mandato, con todo el costo político que eso acarrearía a la nación y teniendo muy próximo lo sucedido a Dilma Rousseff.

Eso revela, en parte, la anemia presidencial y gubernamental, más allá de las tradicionales explicaciones que se basan en la lógica de la política florentina.

El fin de un mito y de una época. Otra víctima de la hiperrealidad que han construido la televisión y los mass media y quien sinceramente alguna vez llegó a creer que su liderazgo era realidad pura, cuando en definitiva era solo simulación y se mantuvo mientras sirvió para hacer sobrevivir a un desgastado modelo y a una dirigencia política que hoy le da vuelta la espalda. Y allí está ahora Bachelet, expulsada del paraíso comunicacional donde alguna vez reinó sin contrapeso. ¿Quién asumirá esa tramposa posta ahora?

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