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Hombres que explican: Mansplaining y tres investigaciones

por 19 octubre, 2016

Para estos mansplainers (y las veces en que hasta el más ferviente feminista ha abusado quizás sin quererlo de su posición de privilegio), vale la pena identificar y derrotar el entrenamiento cultural que reciben los hombres mientras las mujeres nos vemos obligadas a ser espectadoras de su pequeña performance.
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(*) Para los que no estén familiarizados con el slang norteamericano, desde hace aproximadamente una década en Estados Unidos el neologismo mansplaining ha traspasado las barreras de la cultura pop y se ha convertido en un término de uso común. La palabra proviene de la yuxtaposición entre man (hombre) y explaining (explicar) y refiere a situaciones en que el hablante exhibe una actitud condescendiente o paternalista con su interlocutor. El New York Time seleccionó “mansplainer” entre la lista de palabras del año 2010  y en 2014 “mainsplaing” fue incorporada a la versión online del Oxford Dictionaries.  En mi columna anteriorescribí sobre la manifestación institucional de las brechas de género en el mundo académico (claustros, autoridades, esquemas laborales, fondos públicos, publicaciones y paneles de discusión dominados por hombres). Ahora me gustaría referirme a los problemas de la micro interacción entre hombres y mujeres en este contexto.

Aunque inciertos, los orígenes del término mansplaining refieren a un ensayo de la escritora Rebecca Solnit escrito en 2013 en donde Solnit relata que en una cena de trabajo, uno de los invitados amablemente le recomienda a ella leer el nuevo libro sobre el rol de Eadweard Muybridge en la fotografía del siglo XIX. Solnit, después de escucharlo con bastante incomodidad, tuvo que aclararle a este hombre ¡que ella era la autora del libro que él, muy amablemente, le recomendaba leer! Después de este ensayo Solnit escribió el libro “Men Explain Things to Me” en 2014 y fue considerado como un nuevo hito dentro del feminismo norteamericano. Como la misma Solnit señala, en el corazón de la lucha contra la violación, el abuso sexual y la violencia doméstica subyace también la lucha por visibilizar y dar voz a las mujeres en general.  Quisiera darme un pequeño gusto en esta columna y acudir a mi folclore personal para terminar de ilustrar el mansplaining. Un conocido mío en una reunión, cuando supo que yo quería iniciar un doctorado, me recomendó postular a Becas Chile (yo ya había postulado y obtenido una beca) y estudiar con anticipación para el test de inglés (que yo ya había rendido con no despreciable éxito). No dudo que Solnit, como yo, apreciara la amabilidad de los hombres que nos aconsejan y ayudan. El punto se vuelve conflictivo cuando a la conversación subyace una amabilidad forzada que esconde una actitud arrogante, el exceso de confianza o un sentimiento de superioridad (o lástima) del hablante respecto a un oyente que presume ignorante. El hablante explica sin darse el trabajo de indagar, primero, si la explicación es necesaria. Ahí siempre, eternamente, escondida y maldita, viene la frase desalentadora: “A un hombre no le habría pasado esto.”

Como es frecuente en el columnismo femenista bien entendido, el objetivo del términomansplaining (y la finalidad misma de esta columna) no es denigrar ni atacar a los hombres. Cómo desconocer la existencia de amigos, familiares, profesores y académicos valiosos y ejemplares, que ven a sus amigas, estudiantes, esposas y colegas como iguales y aprecian y respetan su pensamiento y opinión. Tampoco es posible negar los casos en que las mujeres pecamos de arrogancia y soberbia. El punto es que todavía queda mucho por hacer. Hombres en el 2016, como el candidato presidencial en Estados Unidos, nos explican que los hombres tienen el derecho de agarrar nuestras vaginas en público, o nos explican, quizás subrepticiamente, que no existen mujeres merecedoras del premio nobel, nos explican que no tenemos autonomía sobre nuestros cuerpos y nos explican también que podemos terminar empaladas y muertas a la salida del colegio.

Para estos mansplainers (y las veces en que hasta el más ferviente feminista ha abusado quizás sin quererlo de su posición de privilegio), vale la pena identificar y derrotar el entrenamiento cultural que reciben los hombres mientras las mujeres nos vemos obligadas a ser espectadoras de su pequeña performance. Por esta razón, en esta columna quisiera presentarles tres líneas de investigación que han descubierto diferencias de género en micro interacciones entre hombres y mujeres.

Primera investigación: Los hombres hablan más, interrumpen más y ocupan más espacio que las mujeres. En su investigación “Becoming a Gendered Body: Practices of Preschools”, Karin Martin descubrió que en Estados Unidos los profesores aplican un currículum oculto en el sistema educacional que entrena diferenciadamente voces, comportamiento, actividades y movimientos de niños y niñas. Los profesores y profesoras del jardín infantil en estudio sancionaban a las niñas por gritar, correr o arrastrarse en el piso, mientras que las sanciones operaban con mucha menor frecuencia e intensidad respecto a sus pares masculinos. Los niños demostraban sentir  mayor libertad para moverse, hablar, o gritar en espacios formales, mientras que a las niñas se les disciplina para mantenerse sentadas y físicamente constreñidas. En el mundo adulto, Leaper y Anderson descubrieron que, en conversaciones de grupo, los hombres hablan más que las mujeres (toman turnos más largos para hablar), dominan con mayor insistencia el flujo de la conversación e interrumpen intrusivamente a sus interlocutores con mayor frecuencia que las mujeres (Anderson & Leaper, 1998).

Segunda investigación: Los hombres pueden ser más irónicos que las mujeres en una conversación. La ironía constituye una fórmula del lenguaje que habilita a los hablantes para ejecutar distintas funciones pragmáticas en una conversación, como ser “cómico”, expresar sorpresa, demostrar dominación o conocimiento sobre un tema o disminuir las críticas de los interlocutores. Colston & Lee demostraron que, bajo ciertas circunstancias, los hombres demuestran usar con mayor frecuencia el recurso a la ironía que sus pares femeninos. (Colston & Lee, 2004). Según los autores, quien usa la ironía se arriesga (no solo a humillar a sus oyentes), sino a que los oyentes malinterpreten o malentienden a sus interlocutores. Los hombres demostraron subestimar este riesgo con mayor frecuencia que las mujeres. En otras palabras, estos hombres no parecían buscar el éxito de la conversación, sino demostrar su propia superioridad.

Tercera investigación: El lenguaje de los hombres violenta a las mujeres en sus lugares de trabajo. En una investigación con mujeres estudiantes de posgrado en las áreas de física y astronomía, los investigadores Barthelemy, McCormick y Henderson descubrieron que las mujeres reportan, entre otros, objetivación sexual (sus cuerpos son tratados como objetos), uso de lenguaje sexista en sus lugares de trabajo, invisibilización, distribución de tareas según género (que las mujeres que sirvan café y tomen apuntes y actas parece ser un fenómeno casi universal), bromas sexistas y negación explícita de las diferencias de género. (Bathelemy, et al, 2016).

Los resultados de una investigación nunca son concluyentes. A los breves hallazgos que les presento subyace una histórica complejidad en las diferencias de género de que los investigadores solo podrán dar cuenta parcialmente; el tiempo y los avances metodológicos también jugarán su parte en precisar y validar estos descubrimientos. Sin embargo, las ciencias sociales pueden ser un magnífico punto de partida para orientar la transformación de nuestras prácticas.  Hombres (y mujeres en posiciones de privilegio) tienen (tenemos) el trabajo introspectivo de reconocer posiciones de poder, calcular y delimitar el espacio que ocupan en lugares de trabajo, paneles, sets de televisión o conversaciones, admitir la propia ignorancia en ciertos campos y reconocer y celebrar el conocimiento y experiencia de otros y otras, conceder puntos y construir conversaciones colaborativas, evitar repetir argumentos hasta el cansancio, tratar a las mujeres como iguales, evitar “dar por cerrada” una discusión, responder con humildad preguntas (y correos electrónicos quizás), distribuir el tiempo entre hombres y mujeres de manera equitativa, evitar editar artículos sin preguntarle antes a su autora (!), discutir con la mejor versión posible del argumento contrario y, sobre todo, escuchar y preguntar antes de ofrecer una explicación.

 

* Publicado en RedSeca

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Anderson, K. J., & Leaper, C. (1998). Meta-analyses of gender effects on conversational interruption: Who, what, when, where, and how. Sex Roles, 39(3-4), 225-252.

Barthelemy, R. S., McCormick, M., & Henderson, C. (2016). Gender discrimination in physics and astronomy: Graduate student experiences of sexism and gender microaggressions. Physical Review Physics Education Research, 12(2), 020119.

Colston, H. L., & Lee, S. Y. (2004). Gender differences in verbal irony use. Metaphor and Symbol, 19(4), 289-306.

Martin, Karin A. “Becoming a gendered body: Practices of preschools.” American sociological review (1998): 494-511.

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