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¿Sobre qué eje se articulará la próxima elección presidencial?

por 4 noviembre, 2016

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Luego de las elecciones municipales y de los análisis, la centralidad de la conversación política volvió a situarse en torno al tema presidencial. Con base en los resultados y especialmente de la escasa participación electoral en las urnas, se ha instalado con más fuerza la discusión acerca de qué o cuál tipo de liderazgo requiere el país para enfrentar los crecientes desafíos de una sociedad que muestra síntomas de una creciente indiferencia hacia la política convencional.

Varios son los aprontes acerca del eje sobre el que se articulará la elección presidencial el próximo año. Algunos hablan del clivaje entre continuidad y cambio, otros colocan el foco en la cuestión etaria entre los viejos y nuevos liderazgos. Finalmente, uno de los involucrados en la disputa –el senador Alejandro Guillier– ha planteado una opción intermedia o de “transición" entre la vieja política y los liderazgos jóvenes. A su vez, el ex Presidente Lagos ha colocado el acento de la próxima disputa en el déficit estratégico de la política.

En nuestra opinión, la discusión acerca del eje sobre el que se va articular la elección presidencial estará dado por quién realice una mejor lectura acerca del 65% que no concurrió a votar en las elecciones municipales y de los que se declaran desafectados con la política. Dicha lectura podrá ofrecer una mejor aproximación de lo que quiere la ciudadanía y del tipo de liderazgo requerido.

Como no sabemos aún por qué casi 7 de cada 10 ciudadanos no fueron a votar, tenemos que trabajar con los datos que por ahora disponemos. La IV Encuesta Auditoría de la Democracia del PNUD señalaba que las razones para no ir a votar no se relacionan con un problema de “oferta de opciones” o “cuestiones operacionales”, sino que con un creciente distanciamiento de los ciudadanos con la política tradicional. Un 40% de los encuestados señalaba que “no le interesa la política”. Un doble clic sobre esta razón y sobre el abstencionismo registrado en la última elección podría evidenciar que estamos en medio de una transformación de la política que nos obliga a concebirla y practicarla de otra manera, pero no necesariamente estamos ante la muerte de la política.

Si hasta ahora la política ha estado protagonizada por gente que ha demostrado más habilidad para acceder a ella que para gobernar efectivamente, la lógica consecuencia es que hay más promesas que realizaciones, es decir, un déficit de resultados que lleva a un incremento de la decepción. No resulta extraño, en consecuencia, que aumente la desafección política en la medida en que mejoran las técnicas de seducción política.

Lo que observamos, en primer lugar, es una gran decepción con los resultados de los gobiernos, lo que está en la base de la bajísima credibilidad en la política y sus instituciones. Lo que importa al final del día en relación con los gobiernos son sus resultados. Los resultados que a la gente ilusiona, a pesar de su frustración reiterada con la política y los políticos. Resultados en la palabra que encumbra o hunde a un Gobierno. En segundo lugar, observamos que los mismos que se desinteresan de la política siguen creyendo que todavía por ahí pasan las soluciones a sus problemas y demandas y no son menos vigilantes frente al cumplimento de sus exigencias.

Frente a estos síntomas de alejamiento de la política hay quienes creen que el camino sería una apuesta por formas alternativas de la política, reactivando energías que estarían intactas en la esfera de la sociedad despolitizada, llámese esta sociedad civil, ciudadanía activa, movimientos sociales o ciudadanos. Sin embargo, este camino encuentra un serio obstaculo.

En un contexto en que la participación electoral se debilita y aumenta la indiferencia, cabe esperar que incluso los ciudadanos que siguen participando serán más volatiles, más inseguros y más aleatorios en la expresión de sus preferencias. Si ya no dependen tantas cosas de la política, entonces es razonable esperar que se debilite no solo la voluntad de votar sino también el compromiso de los que sigan participando. De ahí que depender solo de la popularidad para gobernar no sea un camino ni fácil ni menos sostenible. De esto tenemos pruebas más que suficientes.

Si hasta ahora la política ha estado protagonizada por gente que ha demostrado más habilidad para acceder a ella que para gobernar efectivamente, la lógica consecuencia es que hay más promesas que realizaciones, es decir, un déficit de resultados que lleva a un incremento de la decepción. No resulta extraño, en consecuencia, que aumente la desafección política en la medida en que mejoran las técnicas de seducción política.

Es probable que sea esta circunstancia una explicación del hecho de que en el espacio público haya más apelación emocional y promesas inconcretas que debates en torno a propuestas concretas de gobierno.

La única manera de equilibrar esta situación es volver a poner en el centro de nuestras reflexiones la idea de gobierno, qué puede significar esto en los próximos 30 años, qué podemos esperar razonablemente de un gobierno en un sociedad compleja como la nuestra, qué nivel de expectativas políticas produce la mayor movilización con el menor costo de decepción y, sobre todo, pensar más en qué pueden “hacer” los gobiernos y menos en lo que pueden “prometer”.

El eje de la próxima elección presidencial se articulará no sobre el binomio popularidad/legitimidad sino sobre el tema de la capacidad de gobierno. El problema, por tanto, ya no sera únicamente de legitimidad política del gobernante sino del rendimiento social de sus decisiones, de la conformación de equipos, de su capacidad y eficacia para resolver problemas. Así, la cuestión se centrará en la eficacia directiva del gobernante más que en su popularidad.

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