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Hacia un ingreso mínimo garantizado

por 18 noviembre, 2016

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Bonos pa' acá, bonos pa' allá… Hay una vieja tradición, que abarca desde pensadores de derecha (como M. Friedman), a intelectuales que coqueteaban con el anarquismo (como B. Russell), a utópicos (como Ch. Fourier o T. Moro), que han defendido la idea de un sueldo básico garantizado (o renta básica universal, o en inglés Basic Income, siendo el economista belga Ph. Van Parijs su mayor impulsor en la actualidad). La idea es muy simple y se basa en garantizar un ingreso a todos los habitantes por el simple hecho de nacer.

Parece una idea descabellada, pero, a fin de cuentas, el Estado, en la medida que se sustenta en impuestos obligatorios pagados por los individuos (como personas o entes jurídicos), entrega ciertas provisiones a toda la población (desde calles a educación, desde seguridad a viviendas, desde colaciones a salud), por lo que, matemáticamente, hace un poco eso. La diferencia es que esto lo transparenta.

Yo hace mucho planteo que no es una transferencia fija e igual para todos lo que debe garantizarse (como lo defienden los impulsores de la renta básica), sino que un ingreso mínimo y suficiente para todos que permita solventar los bienes y servicios que definamos, como sociedad, que son necesarios para vivir con mínima dignidad (o, como lo dice el Nobel indio Amartya Sen, el tipo de vida que tenemos razones para querer vivir).

Así, en vez de esperar que el Estado se transforme en el proveedor eficaz, probo y eficiente, de servicios como salud o educación, pedir que el Estado garantice que toda familia, entre su ingreso autónomo (lo que logra conseguir con su propio esfuerzo) y los aportes públicos, reciba un ingreso suficiente (por ejemplo, $700 mil mensuales, muchísimo mayor a lo que se define como sueldo mínimo, que está en torno a $270 mil).

Pero es lamentable que se caiga en una negación de reconocer que el Estado no es un productor eficiente, ni los burócratas que manejan las empresas públicas santos generosos y eficientes. Dicho de otro modo, es lamentable que no seamos capaces de conciliar las legítimas demandas sociales con los aprendizajes históricos tanto del socialismo como del capitalismo. El socialismo no funciona, se probó. Y el capitalismo desbocado, tampoco, también se probó.

Es entendible la ofuscación por las pésimas pensiones, mala salud, educación, viviendas, etc., a las que la mayoría de la población está condenada. Al ver que los ricos pueden acceder a todos los anteriores sobradamente, se concluye que el mercado no sirve y debe ser el Estado el que asuma todas esas provisiones y gratis. Pero ello no quiere decir que las aspiraciones de libertad humana que el socialismo defiende no sean muy legítimas, como su rebeldía frente a las tremadas injusticias, condiciones de miseria, explotación, etc.

Pero tampoco quiere decir que la iniciativa individual de los individuos para crear, emprender, opinar, organizarse autónomamente, que propugna el capitalismo, no sean igualmente válidas (incluida cierta suspicacia hacia el Estado como ente monopolizador de la fuerza y el poder, compartida por los libertarios y pensadores de la tradición anarquista).

Chile hoy, con los ingresos fiscales que tiene, podría garantizar un ingreso familiar como el que planteo, dinamizando la economía para que sea el sector privado el que provea garantizadamente lo que demandamos. Más aún, todo el sistema impositivo debiese reformularse para hacerse transparentes los montos necesarios para solventar ese ingreso mínimo garantizado. Sabiendo los precios de mercado de los bienes y servicios en cuestión, y los ingresos autónomos de los individuos, no es difícil determinar cuánto y quiénes deben aportar con sus impuestos para financiar lo anterior.



Podrían, así, eliminarse o disminuirse impuestos como el IVA (que afecta a ricos y pobres) o a las empresas (que frena el motor productivo), para concentrar los tributos directamente en las personas ricas. Se trata, entonces, de guiar a través de riendas éticas (la reflexión de hacia dónde queremos ir, qué queremos garantizar), al mercado para conciliar el dinamismo económico con la protección social, que es la razón de ser del Estado. Si el mundo no termina antes, es lo que al final de tanto dolor, estoy seguro, tenemos que hacer…

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