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¿Hasta cuándo con la finlandización de nuestra educación?

por 19 diciembre, 2016

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Estimados lectores, hace ya un par de años que se vienen realizando distintos reportajes, encuentros, intercambios y análisis “serios” sobre el sistema educativo finlandés y cómo este ha llegado a ser exitoso. Todo lo anterior para “sacar lecciones”, aprender de ellos y así poder mejorar nuestro alicaído sistema educativo.

Son numerosos los “especialistas” y “analistas” en educación (muchos de los cuales, por supuesto, nunca han pisado un aula) que emiten recomendaciones y recetas, las cuales se establecen casi como un nuevo paradigma al cual todos debemos adscribir porque es “demodé” considerarlos y en ciertos círculos aparece muy bien visto citar la experiencia finlandesa al respecto.

Sin duda alguna, Finlandia es un país que ha sabido reinventarse y generar un sistema social y político renovado que lo tiene a nivel mundial como número 1 en el ranking de desarrollo de su mercado laboral. No obstante lo anterior, o precisamente considerando los elementos que nos diferencian de esta nación desarrollada (ver http://www.datosmacro.com/paises/comparar/finlandia/chile), es que podemos entender el peligro de establecer comparaciones directas, sin considerar las particularidades de cada país.

Sobre Finlandia se establece que la particularidad de su educación se basa en lo siguiente: “Finlandia es una sociedad basada en la igualdad”, dice el especialista Kukkanen. ‘Japón y Corea son sociedades altamente competitivas –si no eres mejor que tu vecino, tus padres pagan para poder mandarte a la escuela nocturna–. En Finlandia, superar a tu vecino no es muy importante. Todo el mundo está en la media, pero la media está muy alta”.

¿Es coherente sacar experiencias de Finlandia para aplicar en nuestro país? Si ya sabemos la respuesta, se hace más interesante formularnos una nueva: ¿cuáles son los elementos en los que deberíamos fijarnos para mejorar nuestro sistema educativo?

Efectivamente, la media en Finlandia es muy alta, su PIB per cápita para el año 2015 era de 27.703.226 de pesos. Mientras que para Chile el mismo año el ingreso por persona en promedio fue de 8.748.998 pesos. Si miramos los datos que nos arroja el coeficiente o índice de Gini, el cual mide la desigualdad entre las personas que habitan el mismo país, donde un puntaje más cercano a 0 (cero) implica mayor igualdad y uno más cercano a uno, lo opuesto, es decir, mayor concentración del ingreso en menos personas, tenemos que nuestro país presenta un índice de Gini de 0,503, entre el periodo 2006 a 2011, compartiendo los últimos lugares con Turquía y México. Por su parte, Finlandia, con un 0,261, es uno de los tres países con menos desigualdad de los ingresos dentro de las naciones de la OCDE (mayor detalle aquí).

A partir de lo expuesto anteriormente, se hace obvia la pregunta: ¿es coherente sacar experiencias de Finlandia para aplicar en nuestro país? Si ya sabemos la respuesta, se hace más interesante formularnos una nueva: ¿cuáles son los elementos en los que deberíamos fijarnos para mejorar nuestro sistema educativo?

Los elementos que me permito presentar, porque siempre debe haber un afán propositivo en toda crítica, son:

  1. Distribución inteligente del presupuesto en educación: a riesgo de parecer impopular me parece que destinar prácticamente todo el presupuesto en educación para proveer gratuidad en el ingreso a la educación superior está lejos de ser una medida que ayude a mejorar la calidad de la educación. En la medida de que se mejore el punto 1), esta medida podría llegar a ser innecesaria. Estimo que la inversión de dinero en educación debe partir por tres ámbitos: educación inicial, investigación de buenas prácticas en nuestro país y un plan consensuado y coherente de formación docente, desde las universidades hacia adelante. Esto se relaciona con el número 3).
  2. Formación docente profesional: No basta con una prueba “Inicia” que constata lo bien o mal preparados que están los docentes. La mejora de la calidad de educación, sin duda, debe ser abordada desde los centros de formación universitarios y sus currículos. ¿Quiénes son los formadores de los profesores?, ¿son solo doctorados o tienen criterio de realidad al haber estado en aula, al menos, en los últimos cinco años antes de dictar clases? En esto podemos, sin duda, avanzar más. De igual forma, a quienes ya se encuentran trabajando, debemos ser capaces de ofrecer incentivos coherentes para permitirles crecer y desarrollarse en su profesión. Lo anterior no se resuelve solo con más dinero sino también con más y mejores condiciones para ejercer la labor docente. Mayor tiempo para reflexionar sobre sus prácticas, planificación centrada en cada realidad de aula y un sistema de perfeccionamiento que apunte a las reales necesidades docentes y no a las del empleador.
  3. Definición país que responda a la pregunta ¿para qué educamos?: Es clave que exista una definición del tipo de persona que deseamos formar como país. Sin duda nuestra realidad y el efecto de la globalización deben ser tomados en cuenta para poder establecer qué tipo de estudiante vamos a entregar al sistema educativo superior o laboral tras los 12 años de escolaridad.

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