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Arturo Fontaine y la derecha mecánica

por 31 enero, 2017

Arturo Fontaine y la derecha mecánica
La derecha vagó por el desierto buscando a sus nuevos intelectuales, capaces de restablecer el orden en ese modesto espacio que son las palabras escritas y habladas articuladamente para ganar el respeto de los dioses o, al menos, para engañar a los incautos con los trucos de la razón. Pero no encontró a sus nuevos profetas. Y es así que Fontaine desembarca liviano de equipaje, sin necesidad de encuestas, equipos, financiamientos, sino solo con la fortaleza de las antiguas victorias, para dar una respuesta sofisticada a esa izquierda tumultuosa, “bien intencionada, generosa, libre, entretenida, justiciera, inteligente y provocativa”, como él describe.
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Hace unos días, el destacado filósofo Arturo Fontaine inició una ofensiva con sucesivos escritos y videos en Ciper y El Mostrador. Su explícito objetivo era declarar decenas de rasgos del Frente Amplio, al que llama ‘la izquierda tumultuosa’, caracterizándola bajo un gran defecto: su ausencia de sentido práctico en materia de políticas públicas.

Quizás en otra ocasión valga la pena entrar en el contenido de esa discusión, pero de momento me limitaré a un principio básico del análisis de discurso: el objeto de un habla es siempre más conjetural que el propio sujeto emisor de dicha habla, cuyos enunciados lo desnudan. Lo que se mostrará a continuación es que el habla de Fontaine es la de una derecha que fracasó en su plan de recuperación de la influencia intelectual posterior a 2011 y ahora opera en su plan alternativo, que no es sino volver al hombre con el que se fue feliz en la dorada era de la transición.

La derecha chilena tiene un eje permanente, sencillo, básico, pero un eje: la mecánica. No es solo su medio, es también su fin.

¿Twitter es un nido de izquierdistas? Hay que fomentar tuiteros de derecha. ¿Hay predominio de los intelectuales de izquierda? Hay que financiar a intelectuales de derecha. ¿Surgieron jóvenes líderes en la izquierda? Hay que producirlos en la derecha. ¿Hay revistas satíricas de izquierda? Nacen entonces revistas satíricas de derecha. Esta historia nunca acaba. Los fines de la derecha son siempre una respuesta mecánica a un temor orgánico, y la reacción ante una acción lidera el repertorio. ¿Y cuál es el medio preferido? Esta es la parte más fácil: el dinero es la principal respuesta, pues el discurso es el efluvio mágico del movimiento mecánico de los billetes.

¿La izquierda ha logrado una contrahegemonía? Que se agreguen US$50 millones al CEP, que se financie a los jóvenes intelectuales de derecha, que se formen medios nuevos, que se liberen voces inteligentes y ni tanto. Y si todo eso falla, bien vale una visita a Chile de Vargas Llosa, el financiamiento de algún intelectual conservador norteamericano provisto de suficientes premios o la cita a algún documento elogioso para Chile de un organismo internacional.

Los razonamientos de la derecha no son termodinámicos, no son químicos, no son sociales, no son hermenéuticos. Leen los hechos como la Escuela de Antioquía leía la Biblia: asumiendo que no hay jamás una alegoría, que todo ha de ser literal, lineal. Oh, Dios, por qué los has abandonado. Sus razonamientos son mecánicos: ¿Falta? Se agrega. ¿Sobra? Se saca. Han ido a las mejores universidades, pero (Dios los perdone y guarde en su santo reino) solo ven pesos y contrapesos. La derecha entiende los cuerpos solo si están en reposo o con escaso movimiento, pero si se mueven mucho, sencillamente no son legítimos, no deben existir y, dado que no deben existir, entonces no existen, no son posibles.

Es así como la derecha confunde la ontología con la deontología, no les importa, tienen dinero para financiar esa diferencia. ¿Movimientos sociales? Gente equivocada, poca gente por lo demás (agregan eufóricos contando a los que no están), pues los demás están en sus casas viendo tele. La derecha es capaz de decir que la Revolución Francesa no ocurrió, porque la mayor parte de los parisinos no salió a cortar cabezas.

Pues bien, ¿y qué de malo ha de tener que la derecha ostente un carácter mecánico para razonar? Nada, en realidad, pero es muy interesante, porque al conocer su forma de razonar, podemos entender el escenario en que habita con solo seguir sus acciones y dichos.

He comenzado diciendo que apareció, luego de un largo silencio en el espacio público, Arturo Fontaine. Es un agrado, pues después de varios años con otros actores, gozamos hoy de la suerte de poder leer y escuchar nada menos que al hermano inteligente. Es una noticia importante. Y este es el punto. Los siguientes argumentos son los que, a mi juicio, ameritan el esfuerzo de analizar este hecho.

Los razonamientos de la derecha no son termodinámicos, no son químicos, no son sociales, no son hermenéuticos. Leen los hechos como la Escuela de Antioquía leía la Biblia: asumiendo que no hay jamás una alegoría, que todo ha de ser literal, lineal. Oh, Dios, por qué los has abandonado. Sus razonamientos son mecánicos: ¿Falta? Se agrega. ¿Sobra? Se saca. Han ido a las mejores universidades, pero (Dios los perdone y guarde en su santo reino) solo ven pesos y contrapesos.

La irrupción de Fontaine acredita una nueva derrota de Harald Beyer, que ha sido insuficiente para cimentar las bases de la respuesta de la derecha desde el órgano principal del sector, el órgano más sólidamente financiado por lo demás: el CEP. Con Harald Beyer, el CEP ha pasado a ser la encuesta más importante del país. Y nada más. ¿Es el oráculo? Claro, de las elecciones. Ya no de las políticas públicas, ya no de los acuerdos políticos, ya no es el punto de validación (con su revista) de los intelectuales relevantes. Como bien dice Foucault, el oráculo no es gran cosa, solo responde las preguntas que se hacen. Y como el CEP tiene una excelente muestra, pero preguntas deficientes, pues, bueno, el pobre oráculo se fatiga de hambre. Cuenta la historia de quién ganará la elección. Vaya, si saber quién gana las elecciones fuera tan relevante, de seguro estaría prohibido.

La irrupción de Fontaine no es solo la derrota de Beyer y el CEP. Es también la derrota de las otras inversiones intelectuales de la derecha: Kaiser, Ortúzar, Mansuy, Herrera, por nombrar los más socorridos en los últimos años. Este no es un juicio sobre la capacidad de los cuatro académicos mencionados –que juzgo elevada en general, siendo Mansuy evidentemente superior al resto–, este es un juicio sobre la realidad, da cuenta de la insatisfacción ante el rendimiento político que estos actores han tenido desde la derecha política.

Sus intelectuales no han dado el ancho, no muestran retorno en la inversión, en fin, ya se sabe, el cruel darwinismo que las elites ofrecen a sus funcionarios. Y es también la derrota de los intelectuales de la izquierda neoliberal, si acaso cabe la contradicción (pero cabe empíricamente) y es señal entonces del desgaste de Tironi, Ottone y otros chicos del montón.

La irrupción de Arturo Fontaine refleja un estado de ánimo en la derecha. En rigor, da cuenta de un desánimo, de un retroceso, incluso de una paranoia. Que vuelvan a aceptar a Fontaine sin reparos, desde la derecha, es un detalle interesante, un elegante cambio de posición.

La autonomía y el revisionismo pequeño-republicano del filósofo siempre fueron un estorbo, al principio tolerable por el peso del personaje, luego incómodo cuando apareció el movimiento estudiantil y la plataforma del orden –el CEP– servía de base para la crítica. Mientras el pack Fukuyama era invencible (democracia liberal, libremercado económico), a ningún financista molestó el pluralismo. Pero el movimiento estudiantil achicó la brecha y recordó en Chile que todo el mundo había debilitado las certezas del fin de la historia. Arturo Fontaine, en ese escenario, seguía dando espacio a toda clase de voces. Se había tomado en serio el libre albedrío. Y ese pecado, aunque Dios no lo escribió en las tablas de la ley, es evidente que lo pensó y ocupa un lugar tan importante que hasta nos costó el paraíso.

Desde entonces, la derecha vagó por el desierto buscando a sus nuevos intelectuales, capaces de restablecer el orden en ese modesto espacio que son las palabras escritas y habladas articuladamente para ganar el respeto de los dioses o, al menos, para engañar a los incautos con los trucos de la razón. Pero no encontró a sus nuevos profetas. Y hoy vuelve arrepentida, la derecha, ofreciendo al hombre que le dio tantos años de felicidad el rol que se merece: la respuesta a la izquierda misteriosa que, como la peste de Camus, se esconde por años en los rincones y espera hasta aparecer de pronto, sin aviso alguno, llenando de congoja a la ciudad.

Y es así que Fontaine desembarca liviano de equipaje, sin necesidad de encuestas, equipos, financiamientos, sino solo con la fortaleza de las antiguas victorias, para dar una respuesta sofisticada a esa izquierda tumultuosa, “bien intencionada, generosa, libre, entretenida, justiciera, inteligente y provocativa”, como él describe. Y para estar a la par con su sector, Fontaine tiene que sacrificar su inteligencia, su sofisticación, su hermenéutica y su estética. Y tiene que repetir el dicho más viejo que toda derecha ha dado a toda izquierda: “La izquierda no sabe gobernar”.

¿Por qué esa respuesta? Volvemos al principio: la derecha es mecánica. Si la denuncia es que la nueva izquierda –el Frente Amplio– no sabría gobernar si llegase al poder, porque carece de sentido práctico respecto a las políticas públicas, entonces, ¿cuál es el móvil de esta denuncia?, ¿cuál es la razón de esta preocupación, que no tiene que ver ahora con los ideales de la izquierda, sino con su praxis en el poder? Simple. La única explicación radica en una hipótesis que cruza a la derecha: el carácter estructuralmente posible de un poder que emerja fuera del neoliberalismo, esto es, fuera de la Concertación (¿o vale aún hablar de Nueva Mayoría?) y lejos de la derecha.

Arturo Fontaine ha aterrizado y ha dejado a un lado sus sofisticadas herramientas para sumarse a la derecha mecánica. No es Kubrick, no es Newton, es solo la confianza en palancas, pesos y contrapesos. La derecha mecánica ha hablado. Y ha declarado su temor.

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