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El tiempo de las identidades

por 9 febrero, 2017

El tiempo de las identidades
Hoy, en un contexto de fracturas profundas del viejo cuadro político, en que el “progresismo histórico” se ve quebrado con las candidaturas de Lagos e Insulza, y la “izquierda de Estado” enfrentada entre Escalona y Andrade, hay una oportunidad para que emerjan un discurso y un proyecto de fuerte identidad con el allendismo en sus valores y convicción, junto con propuestas programáticas y de vinculación social democratizadoras y libertarias.
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El período de la inagotable transición política fue de los consensos, la “amalgama” de intereses, del paroxismo del “partido transversal” que unificaría a toda la Concertación, de la confusión promovida por la concupiscencia, del rechazo a la diferencia y la aversión a la crítica al modelo.

¿Por qué hoy diversos políticos que lideraron ese proceso y se constituyeron en la élite que gestionó el modelo, apelan a la identidad partidaria, a la “convicción de las ideas” por sobre las encuestas y a la promoción de candidaturas propias “hasta el final”?

La respuesta parece ser que los tiempos que se viven son los de recuperar la identidad de cada actor político, de diferenciarse para hacerse ver, de mostrar la fuerza propia. En este contexto ya no se argumenta que esta búsqueda de perfilarse atenta contra los consensos, desestabiliza al sistema político y al discurso hegemónico del pasado que les permitió subordinar las voces críticas.

Así, estas nuevas argumentaciones reflejan el cambio que está produciéndose en las profundidades del sistema político, cuya otra expresión fue la aprobación del cambio en el sistema electoral binominal.

Comprender que este nuevo clima no es ni bueno ni malo en sí mismo, ayuda a desdramatizar los procesos de discusión y confrontación de ideas. Permite no someterse al discurso atemorizador de que las discrepancias y falta de acuerdos, la confrontación de ideas y proyectos, puede derivar en una crisis mayor. Más bien, ello puede ayudar a recuperar la vitalidad democrática y el interés por la participación colectiva en la construcción de un país compartido.

En la izquierda se tenía la pretensión de representar a los menos privilegiados, los excluidos, los explotados, los discriminados, los que estaban “fuera de la mesa” o iban “a la mesa del pellejo”. Sin embargo, hoy esa izquierda se ha diluido, no tiene límites claros respecto de qué y a quién defiende: su identidad es lábil, frágil, crítica.

La crisis de los partidos en su representación, es un efecto de la crisis de identidad, tanto en contenidos ideológico-programáticos como de sus funciones en el sistema político. Lo programático está vinculado a lo identitario, pues allí se define el largo plazo, lo que permite desarrollar los vínculos sociales y políticos, los discursos, las alianzas y promover los acuerdos y las movilizaciones sociales en pos de la concreción de esas ideas y demandas.

En general, los partidos han dejado a un lado sus propios programas de acción política e, incluso, los han transformado en meras plataformas electorales, que luego son solo orientaciones de 4 años, abandonando sueños posibles de país y su papel en él. Esta crisis programática no es simple de resolver, ya que requiere de una toma de posición básica respecto del modelo de desarrollo actual: se es partidario de él con los matices (del “neoliberalismo corregido”) o se es crítico y se lucha por su superación, en una nueva estrategia de desarrollo para el país.

Este debate cruza la cuestión identitaria con una cuestión “subjetiva”, que es la convicción; es decir, mantener las ideas fundantes de un programa como una guía para la acción, capaz de movilizar voluntades, enfrentar soledades políticas y persistir en acuerdos con otros. La cuestión de la identidad entra, en este plano, en contradicción con el pragmatismo y el oportunismo que han caracterizado a una variedad de políticos, desde mediados de los 90, si no antes.

En el otro aspecto, el de la función de los partidos en el sistema político, también hay una crisis de identidad, pues estos ya no se pretenden representantes de sectores de partes de la sociedad, de forma explícita.

Antes, era claro que unos partidos defendían intereses de la clase trabajadora manual y/o intelectual, campesina, clase media, empresarios, pobladores sin casa, etc. Hoy, todos los discursos partidistas hablan del bien del país, de la “nación toda”, escondiendo con ello la representación específica en el campo de la política de una élite y de un modelo de desarrollo.

En la izquierda se tenía la pretensión de representar a los menos privilegiados, los excluidos, los explotados, los discriminados, los que estaban “fuera de la mesa” o iban “a la mesa del pellejo”. Sin embargo, hoy esa izquierda se ha diluido, no tiene límites claros respecto de qué y a quién defiende: su identidad es lábil, frágil, crítica.

Como este fenómeno incide en todos los partidos, los ganadores vienen siendo aquellos que buscan recuperar y a veces actualizar las identidades que otorgaron sentido a la militancia, la vida partidaria y la representación electoral.

Por ejemplo, la UDI, golpeada al ser desnudada como partido bajo control empresarial, se refugia en un discurso identitario con la “vieja guardia”, la misma que llevó al partido de la gloria al barro. Elige a la senadora más “jovinista”, más próxima a los “coroneles”, pretendiendo así un retorno al origen. Esta estrategia identitaria es de simulación y conservadora.

En la DC, en particular sus sectores más libremercadistas, agitan la bandera de ir a la primera vuelta con candidato propio para reafirmar la identidad, supuestamente amorfa al interior de la Nueva Mayoría, pero encubren su resistencia a la tradición reformista y comunitarista de la propia DC. Esta estrategia busca políticamente redefinir el rol del partido para sacarlo de su alianza con la izquierda u obligar a esta a seguir subordinada al modelo neoliberal.

El PS tiene su propio debate identitario. Su consulta ciudadana para elegir entre Insulza y Atria es parte de ello.

Uno expresa la tradición de la renovación socialista que devino en administración del “modelo neoliberal corregido” y, el otro, la recuperación del allendismo actualizado para el Chile actual. Uno es la continuidad de la gestión con adecuaciones y mejoras en las políticas públicas sectoriales; el otro, impulso reformista del cambio constitucional y de la economía para combatir la desigualdad. Aquel es gestión política de Palacio y los pasillos; el otro, la reanimación de la voluntad popular de participación en el proceso de reformas.

Una es identidad socialista para aproximarse al centro político, manteniéndolo como un partido pequeño, pero bisagra de una alianza de centroizquierda; y la otra es identidad socialista que busca recuperar el vínculo con lo popular, lo progresista, lo libertario, situándose en un lado inequívoco de apostar por los desheredados, los indignados, los abusados, las excluidas, dótandolos de un proyecto político de otro país posible y desde allí construir acuerdos de mayorías.

Hoy, en un contexto de fracturas profundas del viejo cuadro político, en que el “progresismo histórico” se ve quebrado con las candidaturas de Lagos e Insulza, y la “izquierda de Estado” enfrentada entre Escalona y Andrade, hay una oportunidad para que emerjan un discurso y un proyecto de fuerte identidad con el allendismo en sus valores y convicción, junto con propuestas programáticas y de vinculación social democratizadoras y libertarias.

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