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Calentamiento global: ¿seremos los próximos dinosaurios?

por 23 febrero, 2017

Calentamiento global: ¿seremos los próximos dinosaurios?
Si llegamos hasta acá quemando combustibles fósiles y emitiendo CO2, para salir de la crisis, debemos dejar de quemar gas, carbón y petróleo y aumentar la capacidad de la naturaleza de absorber el que hay.
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Hoy sabemos que los dinosaurios habitaron y dominaron la tierra por cientos de millones de años. Lo sabemos porque nosotros, los humanos, hemos encontrado sus restos bajo capas de piedra y sedimento y hemos desarrollado los medios para desentrañar el pasado. En comparación con su largo reinado, el nuestro lleva un puñado de miles de años y nada nos garantiza que seguiremos acá. Ya ha habido seis procesos de extinción masiva de especies, por lo que perfectamente puede haber otras. La diferencia con los dinosaurios es que somos nosotros los que estamos propiciando las condiciones para nuestra propia extinción.

Para mantener nuestra subsistencia como especie civilizada, hay que tener en cuenta que lo que somos hoy fue posible gracias a una serie de condiciones físicas presentes en el planeta en las últimas decenas de miles de años, tales como una temperatura acorde a nuestra temperatura corporal, una atmósfera que provee el oxígeno que evolutivamente nos hicimos aptos para respirar, agua que hace posible nuestros procesos biológicos, así como de los elementos que usamos para alimentarnos, etc.

Bastaría que las condiciones ambientales del planeta variaran un par de decenas de grados en cualquier dirección o que la composición de la atmósfera se enriqueciera de algún elemento tóxico para nuestros metabolismos, para que nos extingamos como especie en un proceso corto e indoloro o largo y plagado de sufrimiento. De hecho, incrementos mucho más modestos (5 grados) son suficientes para que la habitabilidad del planeta sea un tema complicado. Y ya hemos subido dos.

Dentro de los ciclos conocidos de la Tierra, en la escala de tiempo que los humanos manejamos como seres conscientes, las condiciones ambientales han sido bastante estables, debido a los diferentes mecanismos que llevan a converger los parámetros a una suerte de equilibrio.

El problema es que nuestra presencia y en particular nuestras actividades en los últimos 100 años, han empezado a generar cambios desestabilizadores en ese equilibrio, abriendo la pregunta aterradora acerca de si la Tierra buscará un nuevo punto de equilibrio en el cual la civilización humana que conocemos no sea viable.

Deberemos enfocar nuestros esfuerzos para dejar de usar gas, carbón y petróleo para generar electricidad, cocinar, calentar nuestras casas, desplazarnos y mover carga, reemplazándolos por electricidad generada con fuentes “limpias”. Esta transición requerirá de decisiones audaces y drásticas, porque el tiempo ya escasea. Por suerte para nuestro país, tenemos acceso casi ilimitado a estas fuentes limpias de energía, por lo que la solución es viable.

En lo específico, lo que ha sido más desestabilizador para nuestras condiciones de habitabilidad son las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y otros gases que producen el llamado efecto invernadero, que elevan la temperatura en la atmósfera (calentamiento global).

El CO2 es parte del ciclo biológico global. Los animales consumimos oxígeno para nuestros procesos biológicos y liberamos CO2, mientras que las plantas requieren este compuesto para realizar sus procesos y nos devuelven oxígeno. Como todos los seres vivos, estamos compuestos en parte por carbono; cuando morimos y nos degradamos nos llevamos nuestro carbono bajo tierra. Desde Adán hasta las algas en el fondo del mar. Por lo tanto, a nivel atmosférico mantenemos una cantidad estable de CO2 que es procesado y reprocesado por los diferentes seres vivos.

Cuando los humanos descubrimos las bondades energéticas de compuestos sobre la base de carbono para generar energía, empezó un rápido despegue tecnológico de la humanidad, pero, a su vez, el inicio de su impacto desestabilizador.

Conocimos el carbón mineral, el gas y el petróleo, todos venidos desde el subsuelo, que al ser quemados nos dieron energía para hacer funcionar cosas fantásticas, pero a su vez liberaron (y liberan) billones de toneladas de CO2 que el planeta no está en condiciones de absorber.

Y ahí empezaron nuestros problemas. Primero en una forma tan tímida que no nos dimos por enterados, pero en los últimos años la acumulación de CO2 y el aumento de la temperatura global han empezado a retroalimentarse, iniciando un proceso de desequilibrio que nadie está en condiciones de predecir con certeza dónde terminará.

Pero todo este largo preámbulo muestra a su vez el camino de salida de la crisis. Si llegamos hasta acá quemando combustibles fósiles y emitiendo CO2, para salir de ella debemos dejar de quemar gas, carbón y petróleo y aumentar la capacidad de la naturaleza de absorber el que hay.

Para lograr lo primero, gracias precisamente al avance tecnológico de la humanidad, ya descubrimos otras fuentes de energía que nos permiten mantener y proyectar nuestro nivel de vida, sin tener que recurrir a los combustibles fósiles.

Sabemos cómo extraer la energía del movimiento del viento y del agua, así como de la luz del sol y de la corteza terrestre. La cuestión hasta ahora había sido un tema de costos, ya que generar energía quemando combustibles fósiles resultaba barato (aunque ahora sabemos que era bastante caro). Por lo tanto, para “descarbonizar” la economía global se necesita la voluntad de todos y de poner las palabras en acción, castigando primero y prohibiendo en el futuro, el uso de esta fuente de energía.

Es una cuestión de sobrevivencia de nuestra especie. El planeta se cuida solo.

Específicamente, deberemos enfocar nuestros esfuerzos para dejar de usar gas, carbón y petróleo para generar electricidad, cocinar, calentar nuestras casas, desplazarnos y mover carga, reemplazándolos por electricidad generada con fuentes “limpias”. Esta transición requerirá de decisiones audaces y drásticas, porque el tiempo ya escasea.

Por suerte para nuestro país, tenemos acceso casi ilimitado a estas fuentes limpias de energía, por lo que la solución es viable. Tendremos que movernos en autos, buses, tranvías o trenes eléctricos, bañarnos con agua calentada con termos o calefón eléctricos, cocinar en cocinas encimeras u hornos eléctricos y calefaccionar nuestras casas con alguna de las muchas alternativas eléctricas que hay. Y, a la par, generar electricidad con viento, agua y la luz del sol. Es posible.

En paralelo al proceso de abandonar los combustibles fósiles, que no debe durar más de 20 o 30 años, debemos en forma inmediata detener la deforestación que se ve en grandes extensiones del planeta y recuperar la capacidad de los ecosistemas (árboles en particular) de absorber el CO2 que emitimos y regular los ciclos del agua, nutrientes y acoger la biodiversidad.

Debemos reforestar las zonas devastadas por los incendios forestales, pero, por sobre todo, debemos volver a “plantar ecosistemas” que restituyan lo que hemos destruido con el paso de los años. Restaurar ecosistemas, con su flora y fauna, que se desarrollen en forma saludable lejos de la acción humana.

Así lograremos paulatinamente devolver las condiciones de habitabilidad que nos permitieron llegar hasta donde llegamos como especie, y que no les entreguemos a nuestros nietos un planeta inhabitable. Porque precisamente de lo que se trata no es de salvar el planeta, es de salvar nuestra presencia en él.

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