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El aborto y el concepto de vida

por 8 marzo, 2017

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La “defensa de la vida” ha sido el estandarte retórico de los opositores frente a la despenalización del aborto. En efecto, nos dicen que habría en quienes estén a favor de esta legislación una contradicción insalvable entre la defensa de los derechos humanos y el hecho de anular un proceso de gestación humana, enrostrándoles una maligna vocación mortífera. Poco han contribuido estas acusaciones a una reflexión política profunda sobre la problemática y, a su vez, han exacerbado las pasiones frente a un tema que, por sentido común, concita rechazo a nivel popular.

En un viejo debate entre los filósofos Michel Foucault y Noam Chomsky, el concepto de vida aparece como el eje de la polémica entre ambos. Mientras que para Chomsky había un impulso creativo inscrito en la “naturaleza humana”, para Foucault la noción de vida no era un concepto científico, “sino un indicador epistemológico que permite la clasificación y la diferenciación; sus funciones ejercen un efecto sobre las discusiones científicas, pero no sobre su objeto”.

Lo relevante de este diálogo –que resulta atinente para esta polémica sobre la despenalización del aborto– es que develaba, una vez más, la pretensión de asignar al ser humano valores esenciales a su existencia, de modo que la discusión referente a la estructura social es en qué medida esta permite potenciar un conjunto de características que aparecen como intrínsecas y naturales (prefigurando, en consecuencia, modelos de sociedad ideales).

De ahí que se insista en apelar al “derecho a la vida”, derecho que garantizaría la vida de un feto que está por nacer. Este argumento resulta siempre confuso en la medida que alguien que no ha nacido difícilmente pueda poseer algún grado de significación jurídica.

La relación entre biología y política es antigua. Concierne al momento que Foucault va a denominar como nacimiento de la biopolítica, en que el poder toma como su objeto a la vida para brindarle protección (tras la disolución del paradigma soberano, que se centraba en el derecho a dar muerte), mediante la introducción de un conjunto de saberes y tecnologías destinados a este objetivo.

La biopolítica ha transcurrido por variadas etapas de elaboración teórica. En el caso de la tendencia norteamericana –la de mayor repercusión en la actualidad– la naturaleza aparece como la propia condición de existencia de la política, de modo que sus postulados deben dirigirse a cualificar la vida como vida puramente biológica.

Esta configuración biológica del poder que hace del cuerpo un espacio contingente, consiste, para Roberto Esposito, en mantener el control de la acción humana “dentro de los límites de determinadas posibilidades anatómicas y fisiológicas; pero también a la configuración biológica, o incluso —en el léxico de la naciente sociobiología— al bagaje genético del sujeto” (Bíos. Biopolítica y Filosofía, 2004, p. 38).

La estimación de la vida humana como un valor en sí misma, supone la existencia de una realidad metalingüística (o una capa prehumana) que, per se, estaría provista de virtuosismo, y que sirve como punto de apoyo para quienes abogan por los “derechos del feto”. Desde aquí han surgido los presupuestos de esa pretendida “naturaleza humana”, y cómo olvidar que los totalitarismos se fundaron, entre otras cosas, sobre la base de estas ideas, en su irrisorio afán de superar los conflictos y antagonismos y avanzar hacia una plenitud social cerrada sobre sí misma (esa plenitud imposible de Lacan).

El impacto que trajo el surgimiento de la Biología en las postrimerías del siglo XVIII produjo transformaciones significativas al interior de los debates científicos, afectando con ello el ejercicio del poder. La psiquiatría con sus facultades punitivas y sus criterios de normalización social, así como otros saberes destinados a conformar un orden social biopolítico, han operado por fuera de las instituciones tradicionalmente vinculadas al gobierno, naturalizando la ejercitación de sus prácticas. Es decir, la articulación del poder es una relación social, por lo cual no debe ser visto como una exterioridad a los oprimidos y explotados.

Destacable es cómo hoy en día, por ejemplo, el argumento genético exprese una racionalidad hegemónica que se anida y fluye en el sentido común, que tiende a explicar los rasgos cualitativos del ser humano, determinándolos de acuerdo a un código genético; seguramente por ello resulte más aceptable al interior de la comunidad científica el debate sobre la regulación de las prácticas eugenésicas que pensar la libertad e imaginar la emancipación social, que transforme radicalmente las condiciones políticas de la comunidad, para desde allí plantearse la construcción de un ser humano de nuevo tipo.

Prácticas eugenésicas como la esterilización de mujeres con discapacidad mental en hospitales chilenos no concitan el mismo y enérgico rechazo, incluso cuando extraer las trompas de Falopio consista en anular la posibilidad para la fecundación, es decir una forma de aborto que se anticipa a la propia gestación. Según establece la normativa, de lo que se trata es de proteger a estas personas.

Si se está atentando o no contra la vida mediante la práctica del aborto terapéutico, se debe considerar que, siguiendo esta línea argumentativa, la vida es un punto de cruce entre naturaleza y política, de modo que no es ni historizable ni ontologizable por completo. De más está mencionar que el concepto de vida ha cambiado a lo largo de la historia, razón por lo cual la vida tal como la entendemos hoy es el resultado de una construcción social hegemónica (como todo lo relativo a la producción de significados), por lo cual termina siendo esclarecedor cuando Esposito indica que “no existe una naturaleza humana definible e identificable en cuanto, con independencia de los significados que la cultura, y por ende la historia, han impreso en ella a lo largo del tiempo” (Bíos. Biopolítica y Filosofía, 2004, p.50).

Por cierto, de lo que no dan cuenta los detractores del aborto y “defensores de la vida”, es de las múltiples formas en que vida y muerte se relacionan a lo largo de la modernidad, llevada a grados extremos con la tanatopolítica nazi, tal como lo define Esposito desde el paradigma de inmunización (por eso la clasificación de “proaborto” y “provida” es burda). A la pregunta foucaultiana respecto a por qué la política de vida amenaza siempre con convertirse en acción de muerte, el filósofo italiano toma como referencia la condición refractaria de los sistemas inmunitarios ante los elementos patógenos que le circundan, definiendo el comportamiento del poder para su autopreservación a través de la producción de sus propios elementos antígenos.

Visto así, la inmunización política consiste en la capacidad que tiene un cuerpo político de protegerse y preservar su identidad, mediante la persecución y rechazo de unos enemigos que resultan útiles al interior del mismo sistema, en cuanto permiten visibilizar las diferencias entre un “nosotros” frente a unos “otros” distintos, anormales, enfermos o antisociales.

Desde mi punto de vista, la protección de la vida es el eje de la democracia biopolítica contemporánea, de modo que disputar los significados de la misma –en el entendido de las cadenas equivalenciales de Laclau– resulta fundamental desde una perspectiva agonal, deslindando las fronteras de una contrahegemonía sostenida sobre la base de un proyecto político que establezca como su horizonte estratégico la emancipación del orden del capital.

De este modo, la inmunización implica la construcción discursiva de enemigos biopolíticos desde donde trazar las fronteras de su hegemonía, porque potenciar la vida requiere identificar a quienes la ponen en peligro (y es que como sostenía Hobbes, el temor es productivo políticamente). La sensación creciente de amenaza (debido a un exceso de inmunización) viene a sobredeterminar las demandas por protección en diversos ámbitos, legitimando el biopoder que actúa en esa dirección.

Desde mi punto de vista, la protección de la vida es el eje de la democracia biopolítica contemporánea, de modo que disputar los significados de la misma –en el entendido de las cadenas equivalenciales de Laclau– resulta fundamental desde una perspectiva agonal, deslindando las fronteras de una contrahegemonía sostenida sobre la base de un proyecto político que establezca como su horizonte estratégico la emancipación del orden del capital. Dicho así, cambiar el enfoque de la biopolítica consiste no en negarla u omitirla sino en situarse al interior de esta para resignificarla.

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